Cómo equilibrar nuestro metabolismo

Apetito y saciedad

¿Qué es eso de equilibrar el metabolismo?

Transformar lo que comemos en las sustancias que necesitamos para vivir puede ser más o menos eficaz según los genes, la dieta y el estilo de vida.

Lucía Martínez

¿De qué hablamos cuando hablamos de metabolismo? Es probable que ahora mismo estés sentado mientras lees este artículo. Puede que sea un momento de calma y relajación. Quizá te sorprenda saber que, a pesar de lo tranquilo que te sientes, en realidad la actividad dentro de tus células es frenética.

Se están produciendo todo tipo de reacciones y transformaciones químicas de unas sustancias en otras, intercambios de las mismas; destrucción y creación constante. Tu metabolismo está funcionando y por eso te mantienes vivo y puedes realizar todas tus funciones vitales, incluidas aquellas que no dependen de tu voluntad como la digestión, el latido del corazón o el crecimiento del cabello.

Metabolizar quiere decir, literalmente, la capacidad de realizar cambios químicos en distintas sustancias. Cuando lo aplicamos a nuestro organismo nos estamos refiriendo al conjunto de procesos que nuestro cuerpo realiza para transformar aquello que ingerimos en las sustancias concretas que necesita, y cómo se encarga también de procesar los desechos que se producen.

Cómo funciona el metabolismo

El metabolismo es un proceso muy complejo, que implica a todas y a cada una de las células de nuestro cuerpo. Tenemos multitud de rutas metabólicas que se encargan de transformar distintas sustancias a través de procesos fisicoquímicos.

La mayoría de las veces son rutas de varios pasos en los que una sustancia se va transformando en otra, y en otra, y en otra… hasta llegar a una o varias sustancias finales.

Cada uno de estos pasos va mediado por una enzima que cataliza cada reacción. Las rutas, además, se entrelazan unas con otras y forman una red extremadamente compleja de reacciones y transformaciones que está siempre en funcionamiento.

En alguna de estas rutas puede haber fallos que provocan graves patologías. Algunas son debidas a trastornos genéticos de nacimiento y otras pueden sobrevenirnos en cualquier momento.

También podemos provocar el fallo de una ruta metabólica cuando no aportamos el sustrato (la sustancia necesaria para que la ruta funcione), como es el caso de muchas vitaminas, algunos ácidos grasos, algunos aminoácidos…

Reducir algunos problemas a un "metabolismo lento" o alguna expresión similar es, por eso, una falta de visión global de cómo funciona eso que llamamos metabolismo. De hecho, lo cierto es que aún hay cosas que se nos escapan en esa maraña de conexiones y transformaciones que se produce continuamente en nuestro interior.

¿Cual es su papel en el sobrepeso?

La obesidad causada por un defecto genético metabólico es una condición sumamente rara. Sí es cierto que determinados rasgos genéticos pueden favorecer el sobrepeso, pero no suponen una condena sin remedio.

Las elevadas tasas de obesidad actuales tienen principalmente una causa ambiental, lo que llamamos "ambiente obesogénico": un estilo de vida sedentario, bombardeado por información alimentaria errónea y multitud de productos insanos a nuestro alcance.

Tener unos rasgos genéticos que nos den mayor predisposición a la obesidad hará que tengamos que ser más cuidadosos con nuestro estilo de vida que aquellos que no los tienen, pero no es una condena en firme.

Los alimentos proporcionan energía y sustratos (sustancias iniciales) para que toda esa maraña funcione correctamente. La cantidad de energía que tu cuerpo necesita para llevar a cabo las funciones metabólicas que te mantienen vivo es el metabolismo basal.

Mientras estás tumbado sin hacer nada, durmiendo o descansando, tu organismo sigue respirando, pensando, viendo, oliendo, la sangre sigue su viaje por tu cuerpo, tu piel se renueva, tus uñas crecen, tus riñones siguen filtrando… Todo eso sucede sin que tú hagas nada, tampoco puedes evitarlo.

Y toda esa actividad tiene un coste energético. Ese coste es lo que conocemos como "metabolismo basal".

Metabolismo basal: ¿cuanta energía necesitamos a diario?

Para conocer cuál es la cantidad de energía que consume nuestro cuerpo en mantener ese metabolismo basal, tenemos varias opciones.

Hacer una determinación directa requiere un equipamiento complejo, disponible solo en centros de investigación. Estos equipos calculan la cantidad de oxígeno consumido en reposo y el calor perdido, y con esos datos pueden calcular la energía gastada. Este procedimiento se denomina "calorimetría".

Ese complejo procedimiento nos dirá la energía consumida en esas horas, pero nuestro metabolismo basal variará según nuestra composición corporal (a más masa muscular, más gasto en reposo para mantenerla), la temperatura ambiente, el estado hormonal…

Por lo que no dejará de ser una medida concreta de un momento concreto que no tiene por qué ser extrapolable al resto de nuestra vida.

La fórmula Benedict

Se realizan también cálculos con fórmulas matemáticas que tienen en cuenta sexo, peso, edad y altura. Una de las más conocidas es la de Harris Benedict, que data de 1918 y se sigue usando hoy con algunas correcciones.

La fórmula Benedict no tiene en cuenta las particularidades comentadas antes ni otras muchas, con lo que no podemos considerarla muy precisa. Pero, en general, no necesitamos conocer ese dato con exactitud para disfrutar de una buena salud ni para llevar una alimentación adecuada.

Al metabolismo basal habría que sumarle la energía consumida por la actividad diaria, el ejercicio físico y la consumida por el sistema digestivo para realizar sus funciones; esta última se estima en alrededor de un 10% del total diario.

Esas estimaciones se emplean en dietética clásica para calcular la cantidad de energía que una persona necesita y adaptar la dieta en consecuencia según los objetivos (perder peso, ganarlo, calcular la dieta de un deportista…).

¿Cómo se regulan el apetito y la ingesta?

El sistema hormonal de regulación del apetito y la ingesta es bastante complicado. Simplificando mucho, podemos decir que hay una serie de señales neuropeptídicas que estimulan el apetito y nos animan a comer, y otras que lo inhiben y nos incitan a parar de comer (o a no empezar).

Una de las hormonas más importantes de esta cascada de señales es la leptina, que se libera principalmente en el tejido adiposo y que, entre otras funciones, inhibe el apetito, estimula las señales de saciedad e incrementa el gasto calórico aumentando el metabolismo basal y la producción de calor.

Muchas personas obesas presentan resistencia a la leptina; es decir, su organismo produce la hormona, pero no reacciona adecuadamente a ella, con lo que no se producen ni la inhibición del apetito, ni la sensación de saciedad, ni el incremento del gasto…

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Cuando la leptina fue descubierta, a mitad de la década de 1990, se creyó que podríamos estar ante la solución a la obesidad, pero hoy sabemos que no es así en absoluto y que es solo un factor más. Son extremadamente raros los casos de obesidad debidos únicamente a un problema con la leptina.

Actualmente hay otras hormonas que se consideran "claves" para resolver problemas de peso: las melanocortinas y sus receptores. La compleja ruta metabólica mediada por ellas es, a grandes rasgos, la reguladora del peso corporal, y funciona en respuesta a las señales de la leptina y de la insulina.

A raíz de un estudio publicado en Frontiers in Endocrinology en 2015, parece que es posible modificar esta cadena de señales, aprovechando la plasticidad que parece tener el sistema mediado por melanocortinas, y mejorar el pronóstico de la obesidad, pero aún está en su fase preliminar.

Aunque abre interesantes perspectivas, no es posible hacer afirmaciones tajantes, ni asegurar que tenemos la solución a los problemas de exceso de peso.

El desequilibrio del sistema regulador

Este sofisticado sistema de regulación de la ingesta, que ni tan siquiera conocemos del todo bien hoy en día, puede estropearse y fallar debido a problemas hormonales o a causa de desequilibrios causados por alguna otra patología, como un cáncer o un problema de tiroides, por ejemplo.

O puede existir un fallo genético congénito en algún punto. De hecho, el estudio de los genes que codifican el funcionamiento de cada una de estas hormonas y receptores es uno de los campos más activos actualmente de la nutrigenómica, y probablemente nos va a dar muchas respuestas en un futuro cercano a la hora de dar recomendaciones nutricionales personalizadas.

El sistema de regulación de la ingesta también podemos "romperlo" nosotros mismos con nuestros hábitos. Cuando obligamos a comer a los niños por encima de su apetito, cuando basamos la alimentación en productos muy palatables (muy dulces, muy salados, ricos en grasa… es decir, ultraprocesados), cuando usamos la comida como consuelo o medio para calmar la ansiedad y comemos sin hambre…

Todos esos comportamientos se saltan el sistema de regulación del apetito y la ingesta. Lo bombardean. A la larga lo hacen menos eficiente y a nosotros menos sensibles a sus señales.

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Químicos y sobrepeso

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Cuando desde niños nos saltamos las señales de apetito-saciedad, y además comemos alimentos insanos y practicamos poca actividad física, estamos comprando muchos boletos para que nuestro organismo deje de ser capaz de regular la ingesta, y con ello regular el peso corporal.

Si a ello le añadimos alguna predisposición genética al sobrepeso, obtenemos un cóctel muy peligroso para nuestra salud.

Lactancia y obesidad

Sabemos que la lactancia materna protege de la obesidad, ya que los niños amamantados tienen menos posibilidades de ser obesos en la edad adulta que aquellos que tomaron leche de fórmula.

El mecanismo de dicha protección no está claro, pero un grupo de investigación del Laboratorio de Biología Molecular, Nutrición y Biotecnología de la Universidad de las Islas Baleares ha publicado varios trabajos en los que se muestra que hay leptina en la leche materna, y que es absorbida en las paredes del estómago inmaduro y llega al torrente sanguíneo.

La leptina de la leche materna realiza probablemente una función programadora del fenotipo del bebé que lo protege en el futuro y lo hace menos vulnerable a la obesidad. En cambio la leptina no está en la leche de fórmula. Una razón más de las muchas que hay para promover la lactancia materna.

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