A voz alzada
Amanda Romero
Activista por los animales
Amanda Romero
caza galgos

No a la caza

La caza en España: violencia y dinero negro

Asesinatos, tortura, dinero negro y galgos abandonados son algunas de las cosas que componen el mundo de la caza en España.

Un cazador de 28 años ha matado a tiros a dos agentes rurales en un control rutinario donde le solicitaban la documentación. El trágico suceso tuvo lugar en una zona habilitada para la caza en Aspa, a 20 kilómetros de la ciudad de Lleida.

Los sindicatos han denunciado que con frecuencia se producen agresiones, amenazas y situaciones conflictivas con los cazadores y que durante las inspecciones rutinarias, más de uno “se ha puesto nervioso” y ha encañonado a un agente rural que iba a sancionarle.

Por desgracia, no es sorprendente que un colectivo unido por el placer de matar animales pueda desviar su conducta con facilidad hacia otras víctimas. La violencia engendra violencia y los cazadores la practican impunemente cada temporada.

Así, más de 30 millones de animales son matados anualmente en España, por no hablar de todos los que quedan malheridos y sufriendo durante días o semanas hasta que finalmente mueren agonizando.

Jabalíes, conejos, pichones, perdices, muflones, codornices, ciervos...animales que solo quieren vivir sus vidas y cuyos hábitats son invadidos durante varios meses al año por el sonido de las escopetas y las 6.000 toneladas de plomo que quedan como tóxico recuerdo al final de cada temporada.

Y cuando llega febrero, comienza una nueva pesadilla. Esta vez, para los perros que ya no son útiles como herramientas para perseguir, acosar y atrapar animales silvestres. Entonces son abandonados en carreteras, muchos de ellos mientras se desangran por los cortes que los cazadores les hacen en el cuello para arrancar brutalmente el microchip identificador y eliminar así cualquier prueba. Otros son ahogados en ríos, arrojados a pozos, apaleados hasta romperles el cráneo, quemados vivos, ahorcados en árboles.

El documental “Febrero, el miedo de los galgos” nos cuenta cómo aumenta desmesuradamente el número de galgos abandonados al terminar la temporada de caza y la angustia de las protectoras de animales que no dan abasto para socorrer a todos los perros encontrados en situaciones extremas. Quienes se dedican a ayudar a estos animales, saben muy bien que además de las heridas físicas que siempre acompañan a los perros que abandonan los cazadores, lo más doloroso es recuperarlos de los traumas psicológicos de una vida de maltrato.

¿Has mirado alguna vez a los ojos de un podenco recién rescatado? Suele haber en ellos una tristeza tan profunda que crujen los huesos. Esas miradas cuentan historias de encierro en oscuros cheniles, de hambre, de frío, de miedo a recibir más golpes. Y si prestas atención, hay también un fino hilo de esperanza; la dulce inocencia canina deseando confiar de nuevo.

Además de ser cruel con los animales silvestres, con los perros y con la naturaleza, la caza es mentirosa. Tal vez sea por la desesperación de un colectivo cuya Federación es la que más licencias ha perdido en los últimos cinco años.

Y es que en España, lejos de contribuir al equilibrio natural, como se empeñan en defender, es la principal causa de los problemas que luego el propio sector de la caza se ofrece a solucionar.

Ecologistas en Acción ha elaborado el informe "El impacto de la caza en España" en el que, a través de una revisión de 80 publicaciones científicas, técnicas y divulgativas, analiza los principales aspectos que definen el desarrollo de esta actividad y se valora de forma documentada el profundo y negativo impacto que crea en el equilibrio natural, la biodiversidad, el bienestar animal y el desarrollo rural.

Aproximadamente el 80% del territorio nacional se encuentra dentro de algún coto de caza, por lo que durante buena parte del año, los intereses de los cazadores entran en conflicto con otras muchas actividades de uso público que las personas no cazadoras desempeñan: senderismo, ciclismo, recogida de setas, ecoturismo, educación ambiental, fotografía, etc. Formas de ocio estas últimas que no entrañan riesgo alguno mientras que la caza es responsable de la muerte de una media de 28 personas cada año.

La exministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, respondía a Jordi Évole durante una entrevista en la que le preguntaban por el lobby del que más presiones había recibido que “quizá el que fuera más explícito fue precisamente el lobby de los cazadores.” Y es que existe un fuerte componente económico, todo un negocio que mueve fundamentalmente dinero negro, como ha llegado a reconocer el propio sector afirmando que de los nueve mil millones de euros de volumen, dos tercios escapan al control legal.

Mientras tanto, quienes no matamos animales, ni agentes rurales, ni ponemos en peligro las vidas de las demás personas para divertirnos, seguimos denunciando la urgencia de acabar con una práctica neolítica que ya en el siglo XXI resulta inaceptable por chocar frontalmente con los valores fundamentales para la convivencia. Por eso el próximo domingo 5 de febrero la Plataforma No A La Caza convoca manifestaciones en más de 25 ciudades, reclamando el fin de la caza y respeto para los animales.

De cómo nos comportamos con los animales podemos extraer mucha información relevante acerca de nuestro funcionamiento individual y social. A ellos nada les protege, ni tan siquiera las leyes. Son el último eslabón, las vidas irrelevantes que podemos arrebatar y torturar sin límite. Es ahí, en nuestra relación con los más débiles, donde mejor podemos apreciar la consistencia de nuestros valores.

Aún así, es habitual oír en cualquier debate eso de que “nadie ama tanto la naturaleza y a los animales como los cazadores”. Pero yo, cada vez que escucho algo así, solo puedo desear para mis adentros que por favor no me quieran nunca.

suscribete Julio 2017