El rincón de Roy

Ahora con la herida

Que no está preparado para una relación, te dice. Te juzgas y te culpas y te llamas idiota y es que no aprendes. Si habías jurado que jamás volverías a estar así por nadie. Arrastrándote, dolida y llorando. Ahora con la herida.

Conoces a alguien.
Por fin.
Después de cientos, de miles, de millones de ranas besadas.

Alguien que parece que merece la pena.
Alguien educado, que pone comas, que te da los buenos días y las buenas noches.
Alguien que no tiene una mochila del tamaño de Europa a sus espaldas.
Alguien que tiene una conversación superior a la de un simio.
Alguien.

Y te ilusionas, claro, joder, cómo no te vas a ilusionar.
Porque sola estás bien, pero es que la vida es mucho mejor en compañía.
Y necesitas que te toquen y tocar para sentir que estás viva.
Todo el mundo lo necesita.

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Porque después de aquel primer amor que te hizo darte cuenta de que lo que sucedía en las películas románticas era un engaño manifiesto.
Después de comprobar que nunca acabas de conocer a nadie y que puedes dormir durante años al lado de un auténtico desconocido.
Después de la incredulidad y del daño.
Después de verte en un juzgado con alguien que un día te susurraba te quiero al oído.
Después de reproches varios y discusiones absurdas por el papel higiénico.

Después de separarte y decir se acabó.
Después de quedar con otras personas y comprobar lo mal que está todo madre mía del amor hermoso.
Después de encerrarte sobre ti misma.
De coserte la decepción a la piel y hacerte un escudo a prueba de imbéciles.

De pasarte años ocupada en subir y bajar montañas, conectar con tu yo interior haciendo yoga, pintar bodegones, salir de fiesta, hacer puzles y cursos online, de apuntarte a inglés, de hacer maratones solitarios de series, de comprobar el gas antes de salir de casa diez veces.

De amar a tu gata aunque sea arisca y te tenga totalmente arañada, de masturbarte en la ducha antes de enjabonarte, de estar siempre disponible para los demás.

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Después de todo eso.
Por fin alguien que no eres tú.
Y entonces te abres.
Muestras a esa niña ilusionada, miedosa, frágil y vulnerable que eres.

Muestras lo que te pasó, lo que te sucede y lo que te gustaría que ocurriera.
Tu interior y tu exterior de pronto son uno. Qué bien.
Te lanzas y te arriesgas y extiendes tu cuerpo para recibir el abrazo.
Porque ya estás preparada de nuevo para el amor.

Y entonces ese alguien educadamente, con sus comas y sus puntos y sus tildes y su todo, te dice con un mensaje que es que tiene dudas, que no eres tú, es que él es complicado, es que va muy deprisa, es que sigue colgado de su ex, es que no está preparado para una relación y un emoticono picando el ojo.
Que no está preparado para una relación, te dice.

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Mejor hazlo aquí y ahora

Después de haberte follado, de haberte repetido lo maravillosa que eres, de haber pasado fines de semana en su casa, de haberle sacado al perro, después de haberle comprado antibióticos y haberle llevado un caldo por sorpresa, después de recogerle en el aeropuerto, de imprimirle la declaración de la Renta porque no tengo tinta mil gracias eres la mejor.
No está preparado.

Y tú es que no te lo puedes creer, claro, joder.
¿Otra vez aquí?
¿Otra vez esta mierda?
Y te juzgas y te culpas y te llamas idiota y es que no aprendes.
Si habías jurado que jamás volverías a estar así por nadie.
Arrastrándote, dolida y llorando.

Con lo bien que estabas subiendo y bajando montañas, con el curso on-line y las maratones de series.
Y ahora mirando la hora de su última conexión.
Ahora con su nombre grapado en el tablón de la mente cada mañana.
Ahora releyendo una y otra vez sus mensajes en busca del sentido oculto de los mismos en el que se confirma que de verdad te quiere.
Ahora con la herida.

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Ser amable es gratis y salva vidas

Maldiciendo el día en el que te decidiste a confiar.
Y te prometes que es la última vez y que nunca más.
Pero la última vez será cuando ya no estés.
Porque amar es es el riesgo de existir para los valientes.
Y es mejor haber apostado que haber sido un miedica que no comparte.

Ahora viva.
Y lo que siempre, siempre, siempre te queda.
Son las amigas.
Para curarte.
De todos esos seres llenos de cobardía.
Que no supieron valorarte.

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