Joan Garriga

Joan Garriga

"Aceptar las pérdidas nos hace más humanos"

Terapeuta y uno de los fundadores del Instituto Gestalt de Barcelona, nos habla de cómo reconciliarse con uno mismo y con la vida para sentirnos más libres y felices.

Cristina Sáez

Tiene ese don de conseguir que, apenas sin haber cruzado palabra con él, uno ya se sienta como en casa. De hablar calmado y mirada cálida, este psicoterapeuta escucha, con atención y delicadeza, mientras lanza de ombligo a ombligo un cable invisible de empatía a quien tiene delante.

En su último libro, La llave de la buena vida, unos padres regalan a su hijo una llave para abrir todas las puertas que la vida le depare, tanto las de las pérdidas como las de las ganancias.
Todos queremos atravesar las puertas del ganar, las de que todo nos vaya bien, las que confirman nuestras suposiciones. Pero la vida es una gran danza, de acción y retracción, de alegría y lágrimas. Debemos aprender a dejar ir, a soltar, pues en la vida tenemos pérdidas muy poderosas.

¿No estamos preparados para atravesar las pérdidas?
En general es muy difícil atravesarlas sin perderse. La cultura mitifica un poco la superficialidad, la canalización de las cosas; nos dice que todo nos tendría que ir bien y nos prepara poco para estar con un latir más existencial que sabe acoger las cosas que vienen, a veces dolorosas y difíciles.

Cuando decimos «soy esto» o «soy aquello» nos identificamos con viejas pieles que arrastramos pese a que ya perdieron su vigencia

Prevalece, tal vez, el pensamiento positivo.
Soy muy crítico con la llamada «ley de la atracción», que asegura que nuestros pensamientos configuran nuestra vida. Esa creencia me parece un poco infantil, en el sentido de que va dirigida a aquellos que se quieren aferrar ciegamente a la idea de que si hacen las cosas correctamente, si piensan adecuadamente, encontrarán, por ejemplo, aparcamiento para el coche o… ¡el amor de su vida! Hay un exceso de egocentrismo en esa idea.

Entrevista a Joan Garriga

Tal vez sea una forma de intentar controlar aquello que nos ocurre...
A veces las cosas pasan porque pasan y no tienen explicación. Hay una parte de misterio en la vida que hay que respetar. Una madre que pierde a su hijo es muy probable que desee morir. Si ese sentimiento le dura tres, cuatro meses es aceptable. Pero después tiene que aprender a respetar el destino de su hijo y no quedarse enganchada en el sufrimiento.

¿Adoptamos ciertos papeles y nos aferramos a ellos con uñas y dientes?
Cuando decimos «soy esto» o «soy aquello» a menudo nos identificamos con viejas pieles que arrastramos pese a que ya perdieron su vigencia, sin percatarnos de que siempre estamos en movimiento, fluctuando, sujetos a metamorfosis. Ahora soy la pareja o el marido de tal persona, pero a lo mejor de aquí a tres años ya no. Cuando no lo sea, deberé aprender a soltar esa identidad.

La vida es una gran danza de acción y retracción, de alegría y lágrimas. Debemos aprender a dejar ir

La vida no solo la vivimos, también la pensamos.
Hay un momento para “comernos” la vida y otro para ir más ligero. Lo importante es caminar cada tramo siendo honesto. Y sabiendo quién eres, apartando la cobardía que te impide darle a la vida lo que tienes para darle. A veces es una cuestión de aceptar los propios límites. Y eso suele costar mucho de asumir.

Claro, siempre está eso de “¿los otros qué dirán?”
Mi experiencia me dice que los demás aceptan mucho mejor que seamos tal como somos en lugar de representar un personaje. Cuando somos capaces de estar en nosotros mismos, vivir desde nosotros, eso genera un respeto, una apreciación, una acogida, un amor espontáneo y natural.

¿Es por falta de honestidad con uno mismo?
Todos hacemos cosas por obligación. Pero eso es distinto de estar perdido de uno mismo, engañarse, identificarse con algo que queda muy lejos de nuestra propia voz interior. Hace poco me escribió un hombre que era directivo de una empresa. En los negocios le iba bien, estaba casado, con hijos. Pero él hubiera querido estudiar psicología. Al menos este hombre es capaz de decir: “hago esto porque me conviene en este momento”.

¿Sería responsabilidad de los padres por aconsejarle un futuro que no quería?
Hay un momento en que debemos emanciparnos de los padres, asumir qué queremos hacer con nuestra vida. Escudarse en el «decidieron por mí» y no posicionarse y tomar decisiones es muy infantil.

La gestalt considera que todo son proyecciones de nuestro psiquismo y ayuda a rescatarlas, a tomar responsabilidad

¡Pero mucho más cómodo!
Claro, porque así me siento como un satélite de otras personas y si algo no sale bien puedo echárselo en cara. Hace un tiempo, en el mundo de la terapia estaba muy de moda culpabilizar a los padres. Hay quienes han tenido heridas profundas con los padres y se desarrollan bien como adultos. Porque en el fondo no depende de las heridas, sino de lo que hacemos con ellas, cómo las cuidamos, cómo las tratamos.

¿En qué se diferencia la terapia gestalt de una terapia clínica clásica?
La clínica clásica seguramente te hará reflexionar sobre lo que te ha pasado con tu padre. En cambio, la gestalt te dirá: “pon a tu padre en esa silla vacía delante de ti, habla con él, dile lo que le tengas que decirle”. La gestalt considera que todo son proyecciones de nuestro psiquismo y ayuda a rescatarlas, a tomar responsabilidad, a integrarlas, a reconciliar voces contrapuestas.

¿En qué consisten las constelaciones familiares?
Se trata de una metodología escénica donde se hacen representaciones de tu sistema familiar, de tus vínculos. Permite detectar y calificar de forma rápida y precisa qué genera los problemas en las redes relacionales o la dinámica familiar. Normalmente se suele trabajar en grupo. A través de otras personas tú plasmas la imagen que tienes de tu sistema familiar o de las personas que están involucradas en el conflicto que sientes.

La gestalt usa el eneagrama, un sistema que clasifica la personalidad en 9 números. ¿Nos dice cuál es el suyo?

¡No! [ríe]. El eneagrama fue desarrollado por el psiquiatra chileno Claudio Naranjo, hunde sus raíces en antiguas tradiciones y establece nueve tipos de carácter, nueve pasiones dominantes que corresponden a los siete pecados capitales más el miedo y la vanidad.

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