Alberto Peláez

Reto Solidario

Atravesar los Pirineos para defender a los animales

Alberto recorrió sin pausa 657 km por los Pirineos para ayudar a los animales y demostrar que veganismo, salud y deporte son compatibles

Alberto Peláez

Los ojos se me cierran, la cabeza me pesa, estoy empezando a soñar con un ciclista que va delante de mí, me intento poner a su rebufo, pero no me quita el viento, oigo un pitido, miro hacia atrás, no estoy soñando, estoy despierto, pedaleando y Fran me grita sacando medio cuerpo por la ventanilla: «¡Ya lo tienes!».

Volvamos dos días atrás. El reto que Pedro Jesús López-Toribio –diseñador de la ruta y ciclista de ultrafondo– y yo tenemos delante no es fácil: 657 kilómetros que unen el Mar Mediterraneo con el Cantábrico, subir 17 puertos de montaña, hasta ascender un total de 15.500 metros y así cruzar la cordillera Pirenaica en su totalidad, en una sola etapa, sin parar más que lo necesario para hacer nuestras necesidades o tomar un refrigerio. Para conseguirlo, Pedro y yo contamos con un auténtico lujo de equipo. Gonzalo como fotógrafo y periodista. Marcos para ayudarnos durante el trayecto. Fran, que se unirá en bici de vez en cuando. Y mi madre, cocinera y apoyo moral imprescindible.

Un reto a favor de la salud y la ética

El desafío que nos hemos propuesto tiene dos vertientes. Por una parte, seguir demostrando que los atletas veganos, que llevamos una dieta libre de sufrimiento animal, somos capaces no solo de tener un perfecto estado de salud, sino también de emprender retos de esta magnitud. Probamos que una vida de total respeto a todos los animales no es solo posible, sino aconsejable y saludable.

A través de un blog, creado por Irina, por otra parte, vendemos kilómetros de forma simbólica y el dinero recaudado se empleará en ayudar a cuatro santuarios de animales rescatados de la explotación industrial.

Partimos de Argeles Sur Mer con la moral por las nubes. Los primeros kilómetros apenas tienen desnivel, pero el viento sopla con fuerza totalmente de frente.

Alberto Peláez en plena Transpirenaica por los animales
Alberto Peláez en plena Transpirenaica por los animales

Afrontamos el primer puerto y el tiempo se recrudece. Necesitamos reponer las calorías empleadas para mover los músculos y mantenernos calientes. Mi madre ha preparado una sopa de miso y verduras con tofu que nos salva la vida. Cae la noche con 220 kilómetros en las piernas, pero curiosamente están frescas.

Siguiendo el fino haz de luz de nuestra linterna, subimos el Col de Core. La noche es fresca y nos espabila. Me siento feliz, no hay coches que molesten. Hemos visto un venado y a una familia de jabalíes dar un paseo tranquilamente por la noche.

Con el dinero recaudado seayudará a cuatro santuarios de animales rescatados de la explotación industrial

Paz absoluta. Amanece y Fran se prepara para acompañarnos unos kilómetros. Ahora seremos tres y nos ayudaremos mutuamente. Pero a los pies del Tourmalet, Pedro siente cómo le faltan las fuerzas. La noche lo ha consumido y tiene problemas para mantenerse despierto.

Ante la posibilidad de una caída si continúa en ese estado, se ve obligado a retirarse y me deja la responsabilidad de finalizar el reto. Aún quedan más de 300 kilómetros y todavía no hemos subido los puertos más duros, pero algo sucede en mi cabeza. La posibilidad de retirarme ha desaparecido, ni siquiera la contemplo, solo tengo la duda del tiempo que tardaré. No podemos dejar el reto a medias después de todo el trabajo que ambos hemos hecho.

peña cuadrada

Fran ha llamado a Sahar, mi novia, y me pasa el móvil. ¡Gestos como este me ponen las pilas! Me explica el revuelo que se ha creado: la gente nos está apoyando a muerte, me da más energías si cabe. Con toda esa fuerza, salgo como un sputnik al ritmo de Marcos Dj. No tengo duda ninguna, ¡vamos a llegar! El punto más crítico sucede a menos de 100 kilómetros para el final. El track en el GPS no está claro y nadie en la furgoneta sabe cuál es el siguiente pueblo. Tras los nervios, encontramos el camino de nuevo, pero mi cerebro no está a pleno rendimiento. Parece que el final no va a ser tranquilo en la penúltima bajada. Unos ojos brillan en la oscuridad. Me detengo al instante… ¡es un gatín!

Busco la playa, la oscuridad refleja las luces en el mar Cantábrico, me bajo de la bici, el cuentakilómetros marca 657 km, ¡lo hemos logrado!

Lo cojo y casi todos se bajan de la furgo. Mi madre lo tiene en sus brazos, no podemos dejarlo atrás. A los pocos kilómetros aparecen unos amigos que nos han ido a recibir y, además de cargarnos de moral, adoptan al gatito. ¡Solo por eso ya ha merecido la pena esta transpirenaica!

Solo quedan 10 km. Estoy a punto de dormirme sobre la bici. Me estimulo haciendo sprints hasta cada señal de tráfico que veo en la carretera. Volando y cargados de adrenalina entramos en San Juan de Luz. Busco la playa, la oscuridad refleja tenuemente las luces del paseo en el mar Cantábrico, me bajo de la bici, el cuentakilómetros marca «657 km», ¡lo hemos logrado!

Lo hemos conseguido entre todos y a pesar del cansancio estamos felices. Nos miramos y nuestras caras lo dicen todo: hemos recaudado casi 4.000 euros, hemos demostrado que se puede pedalear, correr, saltar, escribir, luchar, vivir, ser feliz sin que ningún corazón deje de latir. Gracias a todos, en mi nombre y en el de miles de millones de animales que gracias a vosotros algún día dejarán de ser explotados.

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