Jardines

Más naturaleza

Los jardines dicen mucho de nosotros y de la sociedad

Cada jardín representa un ideal social y personal: refleja cómo somos y nos ofrece numerosas leciones de vida, como la humildad, la paciencia y el cuidado.

Yvette Moya-Angeler

Según el relato bíblico del Génesis, Dios plantó un jardín en un lugar llamado Edén y puso en él al hombre que había modelado.

Nadie sabe dónde pudo haber estado este paraíso oriental en el que nuestros más viejos ancestros tuvieron la posibilidad de vivir despreocupados, pero se diría que no hemos dejado de buscarlo: hace al menos tres mil años que insistimos en recrear en toda clase de jardines aquel primer vergel feliz y dadivoso.

La felicidad parece haber estado siempre ligada a la versión doméstica y amable de la naturaleza que ofrecen los jardines.

Probablemente al acotar la vida vegetal en cercados ("cercado" es lo que significa en lengua persa pairidaeza, de donde viene la palabra "paraíso"), y al someter así a las plantas a cierto control humano, podemos entablar un diálogo más cómodo con el mundo natural.

Como dice el monje budista Keisuke Matsumoto,

"Los humanos no pueden vivir en medio de la naturaleza salvaje pero tampoco aislados de ella"

Los jardines son un reflejo de cada sociedad

Jenofonte fue el primero en describir en el siglo IV a.C. los refinados jardines persas protegidos del desierto mediante muros. Cuatro mil años antes de nuestra era, los monarcas se embriagaban allí con el perfume de las plantas aromáticas y hallaban reposo a la sombra de palmeras datileras y granados.

También hace más de tres mil años los delicados jardines chinos suscitaban la admiración de los viajeros y poblaban las fantasías de la gente cultivada.

El microcosmos sensual del jardín ha materializado desde tiempos inmemoriales el sueño de un lugar de descanso y reflexión en el que encontrarse con uno mismo y con los demás, y en el que renovar los vínculos con el mundo esencial de la naturaleza.

"Hay una corriente subterránea que une la felicidad con el jardín desde los inicios de la civilización", escribe Santiago Beruete en su libro Jardinosofía (Turner, 2016). "Muchos de los placeres físicos y de los beneficios psicológicos que depara un jardín –serenidad, libertad, reposo, inocencia– constituyen ingredientes esenciales de una buena vida".

Quizá por esa concreción de ideales que los entornos verdes y floridos hacen posible, la filosofía se haya paseado muchas veces por los jardines. Las primeras grandes escuelas filosóficas griegas nacieron a la sombra de los árboles en las inmediaciones de los gimnasios y en los parques de la Academia o el Liceo atenienses.

En ese contacto con la naturaleza suponemos que encontraron el escenario perfecto para aprender sobre el frágil equilibrio en el que vivimos y darlo a conocer.

El modo en que cada civilización hace suyos los jardines traslada fielmente su interpretación del mundo, de la belleza y hasta de lo sagrado.

Los hay absolutistas, como los famosos jardines del palacio de Versalles; austeros y temerosos de Dios, como los que el medievo encerró en claustros; dedicados al disfrute, como fue el caso de los romanos; jardines abiertos al horizonte y a la exploración, como los renacentistas; y teatrales, como los del Barroco.

Cada época ha dejado su impronta particular e identificable en la historia de los jardines. A veces, incluso, las calamidades y la hambruna son tan extraordinarias que no hay ni esperanza para un jardín que no sea utilitario, hecho de plantas medicinales.

Ocurre en el largo letargo medieval, cuando el paraíso deja de estar al alcance y asciende a los vitrales de las iglesias y catedrales.

El jardín es un lugar controlado, seguro y bello

A menudo estos espacios que aspiran a ofrecer un lugar a salvo de las vicisitudes del mundo intentan ordenar el caos, y florecen en periodos muy inestables, de una gran violencia militar, política y social.

Cuanto más convulso y difícil de manejar se vuelve el entorno, más geométricos y armónicos parecen tornarse los jardines, con setos perfectamente recortados y árboles dispuestos en hileras, como en el Renacimiento, o con límites estrictos y protectores, como en el hortus conclusus en torno al que gira la vida monacal del cristianismo durante siglos.

La simetría y el orden arquitectónico transparentan este anhelo de control y seguridad que surge cuando todo alrededor se tambalea.

La gran aportación de nuestro país al arte de la jardinería son los jardines hispanomusulmanes.

Como señala el escritor italiano Umberto Pasti en su libro Jardines. Los verdaderos y los otros (Elba, 2014), no hace falta "llegar a Afganistán, donde alrededor de las pequeñas mezquitas construidas en la Ruta de la Seda las princesas timúridas plantaron rosales en los que detenerse a meditar cuando iban de viaje hacia Pekín o Palmira".

Basta con entrar en la Alhambra. "En pocos jardines el hombre ha logrado estimular al mismo tiempo, y con tal intensidad, la vista, el oído, el olfato y el tacto. Pocos lugares creados por el hombre logran expresar al mismo tiempo, y de manera tan completa, una idea de tranquilidad y esplendor, de santidad y de placer, de lo formal frente a lo natural".

Lo sorprendente de esta excepcional belleza poética que nos legaron los andalusíes es que nació de un poder político y militar decadente, moribundo en realidad.

Pero quizás esto no tenga nada de extraordinario y los jardines y las plantas sean –lo ha sugerido la escritora Kristin King y lo recoge Beruete en su libro– una de las maneras en que las civilizaciones escapan al olvido y siguen extendiendo su influencia de una forma más sutil, al igual que la quinoa o las semillas de chía continúan hoy reivindicando antiguas culturas derrotadas.

En cualquier caso, los jardines islámicos recoletos, de escala humana, sembrados de rosas de damasco y de claveles, continúan haciéndonos admirar la mente y la sensibilidad refinadas que supieron darles vida.

Como desarrolla profusamente Santiago Beruete en su libro, cada tipo de jardín radiografía con precisión los miedos, el carácter y los sueños de la sociedad que lo ha levantado, de la misma manera que un jardín privado traduce el alma de quien lo ha diseñado.

Cuando el Renacimiento se abre a nuevos horizontes culturales y científicos a partir del siglo XV, el jardín también se interesa por el paisaje que lo rodea, lo deja avistar desde múltiples puntos según las recién descubiertas leyes de la perspectiva.

El mundo ya no es amenazante para los humanistas, y es invitado a entrar en los hogares.

Más tarde, el Barroco, en el siglo XVII y principios del XVIII, distorsiona las formas y recurre a los juegos ópticos y las sorpresas en consonancia con los cánones estéticos de su cultura turbada y desengañada.

Cada jardín es la expresión de un tiempo, casi su síntoma.

El jardín a la inglesa habla de una Ilustración que se ha liberado de toda constricción y que admira y respeta, aunque no completamente, la complejidad desordenada con la que crece lo vivo.

Algo ha ocurrido en el mundo que está ahí plasmado: el antiguo jardín francés, que parecía obra de un arquitecto, ha dado paso a este otro de sensibilidad pictórica o poética, fruto de un rapto más que de un plano.

Algo se ha movido y se lee en el sendero sinuoso con el que los liberales han puesto fin a la antigua línea recta del absolutismo monárquico.

Pero estas curvas nuevas en los jardines no son tan espontáneas como aparentan e intuimos una Inglaterra poco inocente, que entra de lleno en la revolución industrial y está necesitada de una idealización romántica que compense la progresiva degradación de su campiña.

Una vez más, en el jardín se vuelcan toda la culpa y también todas las esperanzas. A pesar del paisajismo inglés, el mundo prosigue su carrera fabril y los hombres siguen afanándose en crear jardines de acuerdo con sus necesidades y anhelos.

Nacen los parques urbanos y las zonas verdes que extienden a las clases medias y trabajadoras el que hasta entonces, durante milenios, ha sido un placer de pocos.

Y cuando esta clase media logra cierta prosperidad, sus residencias empiezan a ser concebidas con un pequeño jardín propio que les acerca esa naturaleza que ya va quedando cada vez más lejos.

Seres humanos, filosofía y naturaleza

Pasan las épocas, con sus cambios y novedades cada vez más acelerados, y los creadores de jardines se nutren de todo eso que hace bullir al mundo: ideas arquitectónicas, urbanísticas, estéticas y hasta intelectuales.

Nuestro paisajista más internacional, Fernando Caruncho (Madrid, 1957), empieza su formación como filósofo y durante un seminario sobre la tragedia griega siente que le llega, como una revelación, la conciencia del fuerte vínculo que une al hombre con la naturaleza.

Da entonces un giro a su vida y se vuelca en el diseño de jardines esenciales, a veces mínimos pero llenos de sentido, encaminados a propiciar el retorno a lo primigenio y a la conexión con nuestra esencia.

Todos los grandes jardines del mundo, ya sea la Alhambra con sus mirtos y fuentes o el que plantó Monet en Giverny y que creía su "obra de arte más hermosa", surgen de un pacto con la naturaleza por el que el responsable del jardín se ocupa de identificar y obedecer las intenciones específicas de cada lugar.

Toda su difícil labor parece consistir, de hecho, en descifrar esos mensajes que el jardín le va revelando poco a poco y sutilmente, y que constituyen su alma.

Como dijo el filósofo Francis Bacon, quizá la única manera de controlar la naturaleza sea obedeciéndola.

La larga cadena de preciosos y variados jardines que nos preceden hace suponer que seres humanos y naturaleza seguiremos cooperando en favor de la belleza: el mundo natural, quizá porque a sus plantas les convenga llamar nuestra atención y recibir nuestros cuidados.

Y nosotros, tal vez porque necesitemos el consuelo de lo vivo y de lo hermano, de lo bellamente posible en un mundo que, fuera de ese cercado que define al jardín, nunca es perfecto.

El placer de escuchar a los jardines

Cada jardín tiene incontables lecturas. Se puede abordar con un gran bagaje intelectual y cierta experiencia, o a partir de lo que simplemente sentimos que nos transmite. Para esta comunicación sutil no hay más que vaciarse de uno mismo y abrirse a una escucha amplia, dirigida a lo indecible que da carácter a cada lugar.

Ya dijo Aristóteles que "habría bastado a muchos filósofos que discutían sobre la naturaleza haberla mirado para disipar su ignorancia".

Incluso viviendo en una gran ciudad, podemos acercarnos a un parque o jardín y limitarnos a escucharlo, sin hacerle preguntas ni esperar nada de él. Podemos apreciar cómo cambia con la luz, cómo hay belleza también en sus detalles menos sofisticados o cómo la vida y la muerte se dan la mano en la tierra de la que todo brota.

Hay otra experiencia de los jardines menos evidente incluso, y con la que es posible igualmente sentir esa conexión con algo mayor que nosotros.

Se da cuando reconocemos una voluntad de belleza en los bidones de flores que alguien ha cultivado en el extrarradio de una ciudad, o cuando nos percatamos del balcón abigarrado de una anciana que se aplica a la recuperación de plantas descartadas.

Escribe Umberto Pasti que este tipo de gestos más populares y humildes le emocionan, porque "expresan amor". Estos "oasis de elegancia" que él reconoce en medio de un "desierto de vulgaridad materialista", le parece que "revelan la necesidad de tierra que tiene el hombre, de moverla, de tocarla: la necesidad de volver a las raíces".

Etiquetas:  Placer Plantas Felicidad

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