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Alma vegana, vivir sin dañar

El autor de "En defensa de los animales" y asesor del Dalái Lama, Matthieu Ricard, asegura que estamos ciegos ante el sufrimiento que ocasionamos a los animales

Matthieu Ricard, monje budista

Algunos nacen con tendencias naturales a la compasión. Desde su más tierna infancia dan muestras de una benevolencia espontánea respecto a quienes les rodean, incluidos los animales. No fue mi caso.

Toma de conciencia

De familia bretona, fui a pescar hasta los catorce años. A esa edad, una amiga me comentó a bote pronto: "¿Cómo? ¿Así que pescas?". Su voz y su mirada, a la vez sorprendidas y reprobadoras, resultaban suficientemente elocuentes. "¿Así que pescas?".

De repente la escena me pareció muy distinta: el pez arrancado de su elemento vital mediante un gancho de hierro que le traspasa la boca, asfixiándose en el aire como nosotros nos ahogamos en el agua. ¿Cómo había conseguido apartar durante tanto tiempo mi pensamiento de esta realidad, de estos sufrimientos? Renuncié de inmediato a la pesca, con el corazón encogido. Para mí fue un primer clic.

La vía del amor y la compasión

A los veinte años dispuse de la gran oportunidad de conocer a maestros espirituales tibetanos que desde entonces han inspirado mi existencia. Su enseñanza estuvo centrada sobre la vía real del amor y de la compasión universal.

La enseñanza de mis maestros espirituales tibetanos se centró en la vía real del amor y de la compasión universal

Aunque durante mucho tiempo no supe ponerme en el lugar del otro, estudiando con esos maestros poco a poco aprendí el amor altruista abriendo, de la mejor manera que pude, mi mente y corazón al destino de los otros. Me he formado en la compasión y he reflexionado mucho sobre la condición humana y la de los animales.

Condicionados por la cultura

Es muy difícil asociar los objetos y productos de consumo más corrientes, incluyendo alimentos y remedios que a veces nos salvan la vida, a los sufrimientos animales que entrañan su producción en muchos casos.

Algunas sociedades han desarrollado esquemas de pensamiento colectivo que incitan a considerar que todos los animales están ahí solo para servir a los humanos. Otras tradiciones consideran desde hace tiempo que todo ser, humano o no humano, debe ser respetado.

Ampliar la base del altruismo

Nadie duda de que existen tantos sufrimientos entre los seres humanos en el mundo que podríamos pasarnos la vida entera tratando de aliviarlos, aunque solo fuese una cantidad ínfima. Aun así, preocuparse por la suerte de los 1,6 millones de otras especies que pueblan el planeta no resulta ni irrealista ni fuera de lugar, pues, la mayor parte del tiempo, no es necesario elegir entre el bienestar de los humanos y el de los animales.

Extender la benevolencia

Vivimos en un mundo esencialmente interdependiente, donde la suerte de cada ser, sea el que sea, está íntimamente ligada a la de los demás. No se trata, pues, de ocuparse más que de los animales, sino de ocuparse también de los animales. Tampoco se trata de humanizar a los animales o de animalizar al ser humano, sino de extender nuestra benevolencia a ambos.

Parar esta locura

Todos los años se matan 60 mil millones de animales terrestres y un billón de animales marinos para nuestro consumo. Además, esas matanzas masivas y el consumo excesivo de carne en los países ricos son una locura global: alimentan el hambre en el mundo, aumentan los desequilibrios ecológicos y son nocivas para la salud humana.

El impacto de nuestra manera de vivir es considerable: el 30% de las especies animales habrán desaparecido en 2050

La falta de respeto por los animales también conduce a matar y hacer sufrir a un gran número de ellos, utilizados en experimentos animales, en el tráfico de animales salvajes, la caza y la pesca deportivas, las corridas, el circo y otras formas de instrumentalización.

Por otra parte, el impacto de nuestra manera de vivir en la biosfera es considerable: al ritmo actual, el 30% de todas las especies animales habrán desaparecido del planeta de aquí a 2050.

Desconocimiento y doble moral

Mantenemos una forma de esquizofrenia moral que nos empuja a ocuparnos enormemente de nuestros animales de compañía a la vez que hincamos el tenedor a los millones de cerdos que se envían al matadero, aunque no son menos conscientes o sensibles al dolor e inteligentes que nuestros perros o gatos.

El sufrimiento es el mismo

No existe ningún «momento mágico» que nos permita atribuirnos una naturaleza fundamentalmente distinta de las numerosas especies de homínidos que nos han precedido. Nada justifica el derecho de supremacía sobre los animales. El punto común más sorprendente entre el humano y el animal es la capacidad de experimentar sufrimiento.

Sin justificación alguna

¿Por qué seguimos ciegos, a principios de este siglo XXI, a los inconmensurables dolores que les ocasionamos, sabiendo que una gran parte de los sufrimientos que les infligimos no son ni necesarios ni inevitables? Además, no existe justificación moral alguna al hecho de imponer sin necesidad el sufrimiento y la muerte a nadie.

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