El veganismo, una opción ética

Contra la crueldad

No, el veganismo no es solo dejar de comer carne

Esta forma de vivir favorece la salud y el bienestar personal, y aleja al planeta del desastre ecológico. Pero, ante todo, es más justa

Lorena Ortiz H. Alcázar

Bill Gates, vegano convencido, lo tiene claro. «A menos que toda la población mundial se haga vegana en pocos años, la vida tal y como la conocemos terminará. La producción de leche y carne provoca más sufrimiento y daño medioambiental que todas las guerras juntas habidas en la historia. El veganismo no es una elección, se trata de nuestra única opción». Y tiene razón. Esta opción de vida que propone no consumir ningún producto de origen animal forma parte de las soluciones que necesitamos.

No es solo no comer carne. La alimentación ocupa un lugar predominante dentro del veganismo (dieta basada al 100% en alimentos vegetales, sin carne, pescado, huevos ni lácteos), pero no termina aquí. Los seres humanos nos vestimos, utilizamos productos de higiene personal, belleza y cosmética, y tomamos medicamentos para mejorar la salud. También necesitamos limpiar nuestro hogar. Y tenemos otra serie de necesidades menos esenciales: llenar nuestro tiempo de ocio, viajar y realizar actividades de entretenimiento y desarrollo personal.

Una alternativa factible. El objetivo es no usar nada cuya fabricación haya conllevado explotación animal para su fabricación, así sea un alimento (carne del propio animal) o sus derivados (lácteos, huevos...), cosmética que haya sido testada en animales, textiles como pieles, plumas y lana, actividades de ocio donde se utilicen y expongan animales privados de libertad (toros, circos, delfinarios, acuarios, zoos, criaderos), ni productos de higiene doméstica probados en animales.

La salud se benecia. Un vegano no solo se libra de hacer sufrir a los animales, sino que se aprovecha de las ventajas que supone para su salud alimentarse con productos de la tierra (verduras, hortalizas, frutas, legumbres, setas, semillas, cereales, frutos secos...). También se beneficia de productos para la belleza que aportan una vitalidad que no tienen los cosméticos manufacturados a través de procesos sintéticos. Estos son la mayoría de los que se distribuyen en superficies comerciales y de los que desconocemos su proceso de fabricación y muchos de sus ingredientes. Si los conociéramos, los descartaríamos de la cesta de la compra por una cuestión de ética, de calidad y de salud.

Ante todo, por empatía. Aunque los beneficios de hacerse vegano sean claros y múltiples, el motivo fundamental de esta decisión personal es la empatía, el respeto, defensa y preocupación por el bienestar de los animales.

Los números de la crueldad. Cada segundo en el mundo mueren aproximadamente 2.000 animales terrestres, unos 63.000 millones al año, y el doble de peces, según estadísticas de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura).

Más justo y limpio. El veganismo no solo evita el sufrimiento animal. También disminuyen el hambre, la esclavitud infantil, la deforestación, la contaminación de las aguas, el efecto invernadero... Todas estas lacras sociales y ambientales tienen una relación directa o indirecta con el consumo creciente de carne, así como con la masiva industrialización alimentaria.

El planeta está al límite. La actividad de las granjas industriales genera contaminación por nitratos en el suelo y derroche del bien más preciado del planeta: el agua. El uso de fertilizantes y pesticidas, la actividad digestiva de los rumiantes y el estiércol generan una gran cantidad de metano, uno de los gases responsables del calentamiento de la atmósfera y el cambio del clima. Un estudio conjunto de la Universidad Nacional de Australia y la Universidad de Cambridge del Reino Unido destaca que la actividad ganadera genera una quinta parte de las emisiones totales de gases con efecto invernadero, sin dejar de lado la deforestación para reconvertir bosques en pastos para ganado y la escasez de agua potable.

Una pregunta incómoda. Mientras los niños mueren de hambre, los países más pobres venden cereales a las naciones ricas y estas lo utilizan para alimentar su ganado. «Cada bocado de carne es una bofetada en la cara de un niño hambriento». Son palabras de Philip Wollen, ex vicepresidente de Citibank y hoy un destacado activista medioambiental y de los derechos de los animales.

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