Josan Ruiz
  DIRECTOR
  josan-ruiz@rba.es
Editorial junio Nº 218
Cada vida es un jardín

Vivir se parece a cuidar un jardín. Disponemos de un espacio –la vida– y podemos organizarlo en función de nuestros gustos y circunstancias. Algunas plantas crecen magníficas, otras languidecen, pero cada año depara nuevas oportunidades. La tarea empieza por conocer el lugar, escucharlo y apreciarlo. Para que el proyecto prospere conviene alimentar la fertilidad del suelo, es decir, de la base que todo lo sustenta. La experiencia y los consejos son de agradecer, así como trabajar con buen criterio, pero nada garantiza los resultados. «La felicidad requiere que el futuro sea impredecible», escribió Jorge Wagensberg. Y debe de ser cierto. Muchos de los mayores regalos de la vida –los padres, la pareja, los hijos, los amigos, las personas con que trabajamos, ¡algún vecino!...– escapan a nuestra imaginación.
La naturaleza es generosa, no escatima recursos para que la vida prosiga. Podemos comprobarlo ahora que la luz alcanza su clímax: las semillas devuelven ciento por uno, los paisajes se revisten de fragante verdor. Un optimismo casi instintivo se abre paso entre los habitantes de este mundo azuzado por el miedo al futuro o la insatisfacción.
Hay jardines sin vestigios de su pasado esplendor. Otros viven una segunda juventud. La mayoría simplemente existen, a caballo entre lo estético y lo práctico. Lo importante es que, mientras haya jardineros, hay esperanza. Y es tanto lo que nos podemos llegar a conceder, hay tanto amor para repartir. Incluso, cuando morimos, la naturaleza nos acoge. Entonces nos propone una fusión, religiosa o bioquímica según las creencias, con el espíritu o la materia. Pero no hace falta esperar tanto: en estos días luminosos ambos reinos son difíciles de separar y pueden disfrutarse juntos. Como en un jardín.