Un juego de hormonas

Amor y sexo: por qué están relacionados

Ignacio Morgado. Catedrático de psicobiología

Detrás de nuestras elecciones de pareja se esconde un impulso que gobierna a todo el reino animal, incluidos los seres humanos: la sexualidad.

El amor es un sentimiento, una emoción social y consciente que implica lujuria, pasión y vínculo entre los miembros de la pareja. Antropólogos, como la popular Helen Fisher, han sugerido que en los seres humanos el atractivo con base sexual ha evolucionado hacia el amor romántico o pasional, una forma de lazo o unión que, en perspectiva evolutiva, tiende a asegurar la estabilidad de la pareja para garantizar el cuidado paternal de la prole.

Hormonas, la química del amor

El cerebro de los enamorados origina reacciones fisiológicas y libera sustancias químicas que son importantes para crear ese sentimiento de amor. Por un lado, induce la producción gonadal de hormonas, como los andrógenos masculinos o los estrógenos femeninos, que aumentan el deseo sexual.

En el amor romántico inicial, el cerebro produce también sustancias estimulantes, como la feniletilamina o la dopamina, inductoras del estado de euforia y pasión. Y el contacto sexual y la copulación producen la liberación cerebral de hormonas, como la oxitocina y la vasopresina, que contribuyen al deseo de permanencia junto al otro, es decir, a la unión o vínculo entre esos individuos.

Además, la pasión inicial se caracteriza por la inhibición de sustancias cerebrales, como la serotonina, estabilizadoras del humor, o la desactivación de regiones del cerebro, como la corteza frontal, implicadas en la lógica y el razonamiento. Quizá por ello se ha dicho que el amor es ciego.

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Amor y sexo: dos mecanismos cerebrales distintos

Amor y sexo son diferentes en cuanto a que el uno puede darse sin el otro; funcionan de modo diferente y dependen de mecanismos cerebrales y hormonales que, aunque solapados, son en buena medida distintos.

Así, si bien ambos tipos de motivación, la amorosa y la sexual, demandan urgente satisfacción, la sexual suele saciarse con el coito, mientras que la amorosa puede durar incluso años.

Con todo, el amor cambia con el tiempo: la fogosidad y pasión iniciales dejan paso a un amor más maduro, a una emoción más relajada y consistente, donde los cerebros enamorados segregan ya sustancias diferentes, como las endorfinas y encefalinas, inductoras de estados menos pasionales de relajación, satisfacción y bienestar.

Tales sustancias tienen también un carácter más adictivo, lo que hace difícil la superación de la separación o la pérdida del ser querido.

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Emociones sociales: una respuesta adaptativa

¿Pero, para qué sirven las emociones sociales, como la culpabilidad o el amor romántico? Al igual que las emociones más básicas, las sociales también han sido favorecidas por la selección natural, pues tienen un valor adaptativo.

El psicólogo evolucionista Robert Trivers afirma que, sin culpabilidad, nuestra tentación de mentir podría ser mayor, ya que, aunque a corto plazo mentir sea beneficioso, a la larga puede ser muy perjudicial.

Además, es más probable que los demás cooperen con nosotros al saber que el sentido de culpabilidad reduce nuestra tendencia a mentir. Y si mentimos y mostramos culpabilidad, podemos ser también perdonados.

La culpabilidad es, entonces, un tipo de emoción social que aumenta la probabilidad de cooperación y reciprocidad futura entre las personas, de ahí su valor adaptativo.

Una explicación similar podemos dar del amor romántico.El también psicólogo evolucionista Robert Frank cree que este tipo de amor ha evolucionado para garantizar la unión y la cooperación entre dos personas.

Ciertamente, el amor dificulta la infidelidad y el riesgo de encontrar en cualquier momento una pareja mejor. Y si bien las parejas no tienen por qué permanecer unidas toda la vida, el amor crea la impresión de que así es y, por eso, contribuye a estabilizar la unión. Asimismo, los celos ayudan a impedir que las parejas rompan esos compromisos.

La antropóloga estadounidense Helen Fisher popularizó la frase “No hagas el amor con la persona de quien no quieras enamorarte”, pues está convencida de que la copulación crea vínculos y apego entre los miembros de la pareja al liberarse oxitocina y vasopresina.

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Pero, al mismo tiempo, el mayor desarrollo de la corteza cerebral humana modifica las conductas instintivas y aumenta la relevancia de los estímulos y los condicionantes sociales.

En la práctica, parece incluso más probable que la infidelidad romántica lleve a la sexual, y no al revés. Podemos afirmar, por tanto, que, aunque diferentes y, en cierto modo, independientes, amor y sexo se relacionan evolutivamente, al funcionar en la práctica con un alto grado de acoplamiento que origina una gran influencia mutua.

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