Enfrentarse a los retos

Atrévete a superarte y a cambiar

Paco Valero

Cambiar, mejorar, superarse en una dificultad... son deseos tan antiguos como la humanidad. Parten de un anhelo, pero solo se alcanzan después de un aprendizaje personal. La motivación es vital en ese proceso.

"Cunde el rumor de que la voluntad ha desaparecido...". Así comienza el libro de José Antonio Marina El misterio de la voluntad perdida (Ed. Anagrama). Y si hacemos caso a lo que dicen algunos psicólogos, sociólogos y otros científicos sociales, sigue perdida más de veinte años después. La voluntad, la palanca que hemos venido utilizando durante siglos para transformarnos y superarnos, la hemos perdido en algún recodo del camino.

Del mismo parecer es también el filósofo y sociólogo Gilles Lipovetsky, para quien el esfuerzo ya no está de moda: "Todo lo que supone sujeción o disciplina se ha desvalorizado en beneficio del culto al deseo y su justificación inmediata". Algunos hablan ya de una sociedad de perpetuos adolescentes, por la escasa resistencia a la frustración que mostramos. Al más mínimo contratiempo nos venimos abajo y abandonamos cualquier objetivo.

Es incluso peor, dicen otros, porque abunda una aceptación pasiva de la vida que cada uno tiene y de las propias limitaciones, como si nada pudiera cambiar y mejorar. Evidentemente esta afirmación es una exageración. No es difícil conocer a alguien que, a fuerza de voluntad y de trabajo, ha salido adelante aunque una crisis le haya golpeado de cerca, o alguien que ha alcanzado sus metas en unos arduos estudios o que se ha superado a sí mismo en cualquier aspecto.

¿Qué ha sucedido con la fuerza de voluntad?

La voluntad no ha desaparecido, pero ha perdido brillo ante un fenómeno en auge: el de la facilidad para todo. No hay que dar muchas vueltas para encontrar un mensaje que nos anima a aprender inglés en una semana, adelgazar comiendo a placer o aprobar unas oposiciones sin esforzarse... con la lógica frustración posterior de los que lo intentan.

Tampoco es difícil dejarse llevar por la idea de que lo auténtico es lo que se vive sin esfuerzo, de que nada merece excesivamente la pena ni nada requiere un compromiso sólido. Incluso el arte, como dice Marina, está dominado por la espontaneidad, la ocurrencia, el happening, y apenas quedan rastros en él del esfuerzo que supone aprender una técnica y dominarla para convertirla en un medio de expresión.

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La psicóloga Karen Horney llegó a decir incluso, hace décadas, que la autoimposición de deberes es un síntoma de neurosis. Su tesis es excesiva y quién sabe si de ella deriva la idea de que solo lo espontáneo es saludable y lo demás innecesario, patológico o esconde deseos inconfesables.

Si esta minusvaloración del esfuerzo prevaleciera, habríamos perdido una de las facetas más agradables de la vida: alcanzar unas metas propias después de haberlas deseado y haberse esforzado por ellas –uno de los mayores placeres que se pueden obtener según Aristóteles.

El valor del esfuerzo personal

Chus Lago fue la primera española en ascender al Everest sin oxígeno y en llegar al Polo Sur en solitario, después de 59 días de travesía por un desierto de hielo. Acceder a pie hasta ese extremo tan inhóspito le costó muchísimo, física y mentalmente, y cuando lo alcanzó no sintió la euforia de otras veces sino cierta sensación de vacío.

No era el premio que esperaba, pero supo valorarlo, porque era fruto de tantos días de soledad que le habían hecho entrar en una fase nueva de su vida. Se había superado a sí misma en un sentido que iba más allá de la proeza física.

El ejemplo de esta deportista de élite tiene algo que sirve para todos: sin motivación nada es posible. Para cambiar, para superarse y transformarse, lo primero que hay que vencer es esa especie de abulia o déficit motivacional del que hablaba al principio y que tanto se parece a una forma de anestesia: no sufrimos, pero tampoco le sacamos gran partido a la vida.

Y lo segundo es estar dispuesto a llevar nuestros límites un poco más allá, en un proceso que tiene más de aprendizaje paulatino que de ejercicio titánico de voluntad, pues este consume tanta energía que conduce al desaliento y la pereza.

Aprender del fracaso

Si la superación es un aprendizaje, vale la pena recordar el trabajo de la psicóloga Carol Dweck sobre las diferentes respuestas de los niños en edad escolar ante el fracaso. Unos afirman: "No valgo para esto", y acaban haciéndolo peor.

Y otros dicen: "Lo he hecho mal, pero la próxima vez lo haré mejor". Para los primeros, que ven la inteligencia como una entidad fija, lo significativo es el resultado; para los segundos, que ven la inteligencia como algo maleable, lo importante es la destreza.

En esa actitud positiva ante el fracaso radica muchas veces el secreto del éxito. Los objetivos van cambiando, y unos los lograremos y otros no, pero la experiencia que vamos adquiriendo nos otorga una confianza impagable en nuestra destreza y capacidad para asumir comportamientos nuevos.

Hay algunas reglas en ese aprendizaje. Podemos modificar cierto número de comportamientos o de pensamientos, a condición de formular bien lo que se desea. No hay que encaminarse hacia objetivos abstractos, del tipo "quiero tener más confianza en mí", sino definir exactamente lo que se quiere eliminar y lo que se quiere hacer: quiero dejar de comer bollería y perder dos kilos en un mes; quiero hablar en público sin bloquearme...

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Asumir el reto

La única condición para el cambio, como dijo Epicteto, es saber lo que es posible, porque está en nuestras manos, y lo que no depende de nosotros. Otra regla es que el objetivo sea propio o que lo hayamos asumido como tal. Los primeros en abandonar, como dice Chus, son los que van a remolque de iniciativas ajenas o presionados. Solo cuando el asunto es personal cuidamos los detalles, nos involucramos en el objetivo y vamos convirtiendo la dificultad abstracta en algo práctico que podemos abordar.

Una gran expedición comienza a gestarse en la cabeza, pero se concreta en infinidad de aspectos materiales. Todo hay que incorporarlo y de todo hay que responsabilizarse para ir sumando motivación. De la misma manera que un proceso de superación puede comenzar por algo tan aparentemente banal como modificar la apariencia personal o del lugar en que se vive. Es una forma sencilla de anticipar el cambio y al mismo tiempo de conseguir sensaciones que ayuden a ver la vida de otra manera.

La importancia de la atención

Nada importante se consigue, sin embargo, sin otro ingrediente esencial, del que andamos escasos según los expertos: la atención. Fijar un objetivo que tenga algo de reto personal es relativamente sencillo, pero hacerlo comprensible para nosotros mismos, con sus dificultades y múltiples aristas, requiere un esfuerzo de análisis e introversión que es una prueba en sí mismo.

Y no es fácil superar esa prueba, porque todo nos empuja a la dispersión en nuestra sociedad, que capacita para ver, oír y responder con prontitud y superficialidad, sin mirar, escuchar ni atender realmente. Vencer la dispersión, saber aislarse y concentrarse en lo que queremos, es, por eso mismo, un primer paso hacia el éxito.

Por otra parte, no debemos olvidar que no estamos solos. Hay gente que ha emprendido antes que nosotros un camino y contar con su apoyo añadirá información y motivación a la decisión. No hay que descartar ni minimizar nunca la ayuda de los demás.

¿Cambia el objetivo o nosotros?

A pesar de todo, más de una vez fallaremos y abandonaremos lo que nos habíamos propuesto hacer. Pero incluso de eso hay algo que podemos aprender, porque tal vez hayamos enfocado mal el objetivo, tal vez era demasiado ambicioso o, sencillamente, nos interesaba menos de lo que creíamos.

Muchas veces lo que ocurre es que ha cambiado nuestro estado de ánimo.No sentimos lo mismo que cuando tomamos la decisión. Aparece la dificultad y ya no bulle en nuestro interior la efervescencia del inicio ni el empuje para seguir adelante.

De las emociones a las actuaciones

Es algo que tendemos a olvidar: todos tenemos un estilo emocional que favorece la aparición recurrente de los mismos sentimientos ante las mismas o parecidas situaciones. Es como una respuesta emocional automática que nos hace tropezar repetidamente con la misma piedra, como afirma José Antonio Marina, no sin ironía, en El laberinto emocional (Ed. Anagrama).

Pero no debemos olvidar que ese mismo estado emocional es el que nos hizo soñar en algún momento del pasado con una posibilidad, un cambio, una superación... Solo tenemos que volver a él para convertir de nuevo nuestras emociones en actuaciones.

Es lo que Chus Lago cuenta en Sobre huellas de gigantes (Aguilar, 2016) de sus noches en la Antártida: agotada y hambrienta, tenía que pelear con el viento desenfrenado para fijar la tienda; si esta salía volando, ella moriría congelada al cabo de poco tiempo.

Todo le empujaba a abandonar y dejar de sufrir, pero entonces revivía la ilusión de la preparación, los pasos que había dado, el intenso entrenamiento al que se había sometido durante meses y se aferraba al sueño infantil que tuvo un día de emular a los grandes exploradores y pisar el Sur Absoluto. Y lo cumplió. Pocos se exponen a tamaños desafíos y a un desgaste físico y mental tan grande.

Pero todos podemos hallar en nuestro interior motivaciones para superarnos y seguir adelante, aunque los tiempos no acompañen. Todos tenemos por delante nuestro particular Everest.

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Estrategia para lograr un cambio personal

Los seres humanos disponemos de recursos para lograr las metas más diversas. Cuando algo nos interesa de verdad, hay que tener la capacidad para movilizarlos y el discernimiento para afrontar las posibles dificultades.

  • Objetivos propios. No todo depende de uno mismo. Por eso hay que ser realistas, y las metas deben responder a una necesidad realmente propia, para hallar en el interior la fuerza necesaria para afrontar las dificultades que puedan surgir.
  • Éxitos pasados. Quizá perseguimos cosas que creemos a nuestro alcance basándonos en el recuerdo de antiguos triunfos. Son un acicate, pero también un recordatorio del que conviene aprender.
  • Recompensas. La psicología conductista afirma que las respuestas se fortalecen cuando van seguidas de recompensas. Una buena práctica es no esperar a la recompensa final, sino darse pequeñas gratificaciones conforme vamos acercándonos al objetivo.
  • Gestión de las emociones. Las emociones nos proporcionan alas, sí, pero también nos pueden paralizar: frustración por haber sido «débil» al seguir una dieta, vergüenza por no avanzar en las clases de un idioma... Son sentimientos comunes que es preciso gestionar para que no frustren el afán de superación. Y para ello, nada mejor que recuperar los sentimientos iniciales que dieron impulso a esos deseos.

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