Abrirse a la naturaleza

Al aire libre

¡Sal de casa! La naturaleza nos aporta energía física y mental

8 ejercicios para abrir los sentidos y que la energía de la naturaleza nos traspase y vitalice nuestro ser entero.

Gerard Arlandes

El intercambio de aire, luz y calor remoza nuestras estructuras internas dotándolas de nuevos impulsos que nos facilitan la vida. Abrir nuestro espacio físico, mental y espiritual a la naturaleza nos proporciona una mayor capacidad de adaptación al entorno, de manera que la interrelación con él se hace más fluida.

Naturaleza y salud van de la mano

A aquellos espacios de nuestro cuerpo que se quedaron angostados por el estrés el contacto con la naturaleza les proporciona un ansiado respiro: un descanso sereno, amplio y generoso que nos permite vivir mejor.

Pero ¿cómo podemos abrirnos a la naturaleza para que nos aporte realmente energía física y mental? Lo que nos pide es una actitud cuidadosa y a la vez valiente. Debemos ser precavidos para no dejarnos envolver por la euforia de lo que nos rodea, y a la vez prepararnos para disfrutar de la naturaleza, porque es germen de salud y vitalidad.

Una de las mejores maneras de beneficiarse del contacto con la naturaleza es aprovechando la salida para realizar ejercicios que abren nuestros sentidos y que nos ayudan a revitalizarnos. A menudo caemos en la tentación de salir al aire libre a hacer ejercicios que requieren un gran esfuerzo, porque eso produce sensaciones de liberación y euforia. Pero después, el día que no lo hacemos, puede ser que el estrés vuelva renovado y más potente.

Es importante saber dónde estamos anímicamente, aprender a despertar de manera paulatina a lo que nos rodea, para relacionarnos con la tierra, que siempre está ahí para echarnos un cable. Esto lo conseguiremos con ejercicios en los que la atención pueda permanecer abierta tanto a lo que ocurre en nuestro interior como a todo lo que nos depara el camino.

8 ejercicios para revitalizarse en la naturaleza

Con estos ejercicios invitamos a las energías del cielo y de la tierra a atravesar nuestro cerebro y nuestro ser entero. Aunque al volver a la «realidad» no lo recordemos, la memoria corporal conserva la experiencia en forma de conexiones nerviosas sutiles.

1. Tomar conciencia

Para entrar en contacto con el aire libre precisamos de una serie de puntos de partida internos y externos.

  • En cuanto a los internos, debemos observar nuestras superficies de contacto con la tierra, la forma en que respiramos y cómo estamos anímicamente. Los tres aspectos están interrelacionados, de manera que si actuamos positivamente sobre uno de ellos mejoran los otros dos.
  • Los puntos de partida externos tienen relación con los cinco sentidos. Son los que reciben el primer impacto, decisivo para adaptarnos al cambio que se nos ofrece. Darnos cuenta de estas impresiones abrirá de manera paulatina y sólida el camino fundamental para la adaptación y el disfrute del medio ambiente: es el camino que se crea entre los sentidos, el sistema nervioso y el cerebro.

2. Conectar nuestro interior y el exterior

Se trata de conectar nuestro cuerpo y mente (interior) con la naturaleza (exterior). En este proceso perceptivo iremos pasando de fuera adentro y de dentro afuera. No nos absorbemos totalmente ni en el interior ni en el exterior.

Seguimos el ejemplo de las representaciones de Buda japonesas o chinas en las que, mientras meditan, mantienen los ojos ligeramente abiertos. Están con el interior, pero también ven la luz y registran el exterior.

No se trata de controlar los dos espacios, sino de dejar que la percepción fluya de un espacio a otro y al revés. En algún momento esta encontrará su ritmo, como la respiración cuando andamos.

  • La primera toma de contacto con el exterior la realizamos delante de la ventana, en el balcón o en un lugar recogido del aire libre para ir acoplando el cuerpo paulatina y suavemente a la temperatura, al aire y a la luz.
  • Miramos al frente, sin desear fijar nada de lo que vemos. Enfocamos un punto lejano en el horizonte y vamos abriendo el campo de visión, de manera que vemos el cielo, el suelo y a los lados sin esforzarnos.
  • Dejamos que nos traspasen la luz y los colores del espacio casi infinito que se despliega delante de nosotros. Así entramos en ese gran espacio, lo que nos proporciona una sensación de libertad, tanto de movimientos como de pensamiento, emociones y ánimo. Nos acoplamos a ese espacio y el espacio se introduce en nosotros imprimiéndonos una pauta ligera, abierta, grácil y generosa.

3. Cerrar los ojos para visualizar el entorno

Es el momento de volver al interior. Si cerramos los ojos e intentamos comprobar cómo y hasta dónde podemos sentir el propio cuerpo, observaremos que podemos ir un poco más allá de la piel. La percepción interior del cuerpo puede ser más amplia (si estamos relajados) o más estrecha (si estamos estresados) que el cuerpo físico.

  • Si comparamos la percepción de la parte delantera con la de la parte trasera de nuestro cuerpo, una resultará seguramente más nítida y amplia que otra. Seguidamente realizamos el mismo ejercicio percibiendo a derecha e izquierda y comparando.
  • A continuación intentamos visualizar el espacio que tenemos por encima hacia el cielo. Después realizamos el proceso hacia la tierra, intentamos advertir si estamos simplemente sobre el suelo o podemos percibir más allá. Comparamos de nuevo.
  • Por último acompañamos la percepción de cielo y tierra con una visualización: flexionando ligeramente las rodillas, sentimos que nos enraizamos en la tierra; a continuación imaginamos que crecemos desde la tierra hacia el cielo y experimentamos la corriente que nos recorre desde abajo arriba, estirando a su paso las rodillas y todo el cuerpo.
  • Repetimos tres veces la visualización, recordando que el movimiento exterior es pequeño, el interior, grande y que ambos van poquito a poco.

4. Observar la respiración

Es hora de adecuar la respiración, vital en el proceso de vivir. Lo mejor que podemos hacer por la respiración al aire libre es observarla sin intentar manipularla.

Vamos advirtiendo los tres aspectos de la respiración (localización, ritmo y cualidad) desde que salimos de casa hasta que volvemos a entrar. La simple observación de los cambios en el proceso respiratorio ayuda a que estos se produzcan mejor.

  • Localización: ¿En qué lugares del cuerpo podemos respirar más fácilmente? La respuesta siempre es diferente, dependiendo de lo que hay en nuestro interior y en el entorno. Intentaremos sentir por dónde entra el aire, por qué orificio la sentimos más holgada, hasta dónde llega, en qué lugar del tronco se expande, dónde está el núcleo del espacio respiratorio y qué forma toma.
  • Ritmo: ¿Qué momento dura más, la inspiración, la espiración o las pausas? ¿Cuál es la cadencia de la respiración?
  • Cualidad: Su ligereza o pesadez, su sonido o síncopa, la avidez al inspirar o la explosividad al espirar.

5. Contactar con la tierra

Las técnicas corporales más antiguas se ocupan de la respiración como lugar de transformación. El yoga, el chikung o el kumnye (un tipo de yoga recreado por la filosofía budista tibetana) poseen ejercicios para devolver a la respiración su valor primigenio.

Por otra parte, la ciencia ha ido profundizando en el conocimiento de las influencias recíprocas entre el ser humano y la tierra. En este marco, las técnicas corporales modernas han comprobado cómo al actuar positivamente sobre la tierra se benefician la respiración y el estado de ánimo.

Las técnicas corporales modernas han comprobado cómo al actuar positivamente sobre la tierra se benefician la respiración y el estado de ánimo

Cuando el ánimo no nos permite escuchar la respiración porque solo conseguimos empeorarla con nuestro apremio, la medida más fiable consiste en mejorar el apoyo que nos da el suelo a través de las superficies de contacto, porque no depende solamente de nosotros, sino también de la tierra. Esta no la podemos manipular a nuestro antojo y siempre está ahí para echarnos una mano con generosidad.

El objetivo de este ejercicio de contacto con la tierra es que el cuerpo recupere las sensaciones primigenias del contacto con la tierra, como si fuéramos de nuevo niños que intentan dar sus primeros pasos:

  • Con los pies algo separados, llevamos la atención a las plantas de los pies. Sentimos primero las partes de la planta derecha que tocan el suelo y después las del pie izquierdo. Observamos las diferencias.
  • Después imaginamos cinco líneas que van desde cada uno de los dedos hasta el talón.
  • Colocamos el peso del cuerpo en los dedos gordos para llevarlo hacia atrás siguiendo una línea que va por la parte interna hasta los talones.
  • A continuación llevamos el peso a los segundos dedos de los pies y seguimos la segunda línea y así sucesivamente hasta completar las cinco.
  • Después ejecutamos el camino contrario.
  • Finalmente comparamos las percepciones que tenemos ahora con las anteriores. Observamos que el contacto es mayor y que la respiración gana amplitud y tiempo para cada fase.

6. Abrir los sentidos

En la naturaleza, si mantenemos los sentidos abiertos, nos penetran los más diversos aromas, el de la tierra mojada, el del tilo o la madreselva, la resina de los pinos, la sal marina, el aroma de flores mezcladas que impregna el aire en capas. Podemos escuchar el canto de los pájaros, el temblor de los bosques, los gritos de los niños, la estridencia de las cigarras o el crepitar de las piñas bajo el sol.

Al reconocer las sensaciones que nos produce el entorno, sin bloquearlas, mejoramos nuestra capacidad para adaptarnos y gozar.

En este ejercicio nos ayudaremos de las palmas de las manos para centrarnos en nuestros sentidos, primero en el de la visión y después en el del oído. Luego, una ligera frotación de la cara nos ayudará a despertar el resto:

  • Para abrir la visión, frotamos las palmas de las manos una contra la otra haciendo círculos hasta que se calientan. Las separamos lentamente y las colocamos sobre los ojos cerrados. Observamos la oscuridad que aparece ante la mirada.
  • A continuación, alejamos lentamente las palmas de los ojos. Veremos con los ojos cerrados la entrada de colores que van del lila al rojo fuego, pasando por todos los matices y llegando casi al amarillo cuando las palmas están lejos.
  • Tomamos el camino inverso, es decir, vamos acercando las palmas a los ojos con velocidad lentísima y observamos cómo cambian los colores.
  • Realizamos el proceso tres veces. Después abrimos los ojos, la visión se habrá liberado y gozará de lo que la naturaleza nos depara.
  • Seguidamente realizamos un ejercicio similar para abrir los oídos. Formamos un cuenco con las palmas de las manos sobre las orejas y las alejamos muy paulatinamente, sintiendo cómo los sonidos cambian. Lo realizamos tres o cuatro veces y después aceleramos el movimiento para oír el silbo del viento.
  • A continuación dejamos los oídos libres para sentir la dirección e intensidad de los distintos sonidos que nos llegan.
  • Para abrir los demás sentidos, pasamos las manos por la cara desde el centro hasta las orejas, realizando una frotación ligera, y advertimos las impresiones que van llegando.

7. Dar el primer paso

Dice un viejo proverbio taoísta que un camino de diez mil kilómetros se inicia con un paso. Si lo realizamos conscientemente, advirtiendo cómo damos y recibimos el peso, abriremos la puerta para que los siguientes sigan esa pauta.

  • Con los pies separados a la distancia de un pie transversal y mirando hacia delante, nos enraizamos, doblando las rodillas hasta que queden por encima del dedo gordo.
  • Dejamos el peso en el pie izquierdo y extendemos hacia delante la pierna y el pie derechos, poniendo el talón en el suelo. Como si alguien nos empujara desde la cadera, pasamos lentamente el peso al pie derecho y dejamos la pierna izquierda estirada hacia atrás.
  • Después pasamos de nuevo el peso atrás, doblando enseguida la pierna izquierda. Pasamos sucesiva y lentamente el peso de un pie al otro. Observamos cómo cambia la sensación de contacto de los pies en el suelo al cambiar el peso y cómo se accionan los músculos de la pierna, la cadera, la espalda, las cervicales y la cabeza.
  • Repetimos el ejercicio adelantando el pie izquierdo y después caminamos normalmente para fijarnos en cómo han cambiado las sensaciones.

8. Caminar energético

Una de las mejores maneras de abrir el cuerpo energéticamente a la naturaleza es reconociendo con el pie la superficie sobre la que caminamos.

  • Nos descalzamos y vamos pasando el peso poco a poco de un pie a otro, como si camináramos sobre un elefante al cual no deseamos despertar.
  • Esto nos permitirá sentir con el pie la rugosidad de la tierra, de la hierba o de la arena de la playa. Veremos que se adapta a cualquier eventualidad, incluso a las piedras de un sendero.

La atención puede permanecer abierta tanto a lo que ocurre en nuestro interior como a todo lo que nos depara el camino

El contacto con el suelo nos sirve como masaje de los terminales nerviosos del pie y de los correspondientes puntos de acupuntura, lo que desbloquea y apoya la circulación de la energía por todo el cuerpo. Se abren espacios que desde el pie se dirigen al sistema nervioso, al cerebro y a todo nuestro ser.

La naturaleza: experiencia sensorial total

En nuestro deambular por el aire libre observaremos que el cuerpo se mueve más libremente y a la vez recuperamos la atención tanto hacia nuestro interior como hacia el camino. Podemos ver las piedras o la tierra del lugar, observar las hacendosas hormigas, hacer altos en el camino para palpar las cortezas de los árboles o sumergir las manos en los arroyos.

Volver al aire libre puede convertirse en una experiencia sensorial total que no escapa a ninguno de los sentidos. La energía del aire, lo que los chinos denominan chi, se funde con nuestra piel produciendo una ósmosis en la que nos renovamos interior y exteriormente.

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