Crear comunidad

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Menos soledad y más comunidad: el poder sanador del grupo

La vida en comunidad puede erigirse en el sostén que evite el vacío de la soledad personal y dote de sentido a la existencia de cada uno.

Silvia Díez

El vaivén del mar puede contemplarse como una ola que se alza y se desvanece en solitario o como un movimiento infinito de cada ola con las demás. En la sociedad occidental predomina hoy la primera percepción.

Estamos en la era del "yo puedo", "yo sé", "yo soy"... Se prioriza el "yo" ante el "nosotros". El poder del individuo se exalta continuamente y todo parece justificado en nombre de la autorrealización.

Pero esta ganancia histórica derivada de la apuesta por la libertad individual ha traído consigo un tipo de individuo predominantemente narcisista, más cercano al egoísmo que a la solidaridad.

"El individualismo es el producto de un mundo en el cual los individuos carecen de lazos profundos y viven la sociedad como una entidad ajena. Es la moral de una sociedad que pretende ser civilizada, pero que se sostiene sobre un latente egoísmo y una mal disimulada hostilidad ", advierte la socióloga Helena Béjar en su libro El ámbito íntimo. Privacidad, individualismo y modernidad.

De hecho, algunos expertos aseguran que es el momento de la historia en el que más personas viven solas. Las relaciones están impregnadas de escepticismo y temor.

Necesitamos compartir las penas y las alegrías

Sobonfu Somé, una de las principales voces de la espiritualidad africana, recorre el mundo explicando las tradiciones de su país, Burkina Faso, y de su tribu, los dagara.

Cuando llegó a Estados Unidos no daba crédito a algunas de nuestras costumbres. Conoció a una chica que tenía un grave problema. La oyó llorar sola en el baño y le preguntó si se encontraba bien. Ella le dijo que sí, pero algo no cuadraba.

"Las personas que deberían apoyarla no estaban allí –cuenta Sobonfu–. Sentí el conflicto. Cuando murió mi abuela me vi sobrepasada por una pena inmensa, devastadora, que no podía superar. Estaba bloqueada por un sentimiento de rabia, de traición e incluso de odio. Todo el mundo se lamentaba a mi alrededor e hicieron turnos para consolarme".

En su paupérrimo país de origen, explica Sobonfu, no hay agua ni habitaciones, pero todo se comparte.

"Todo lo tuyo pertenece a la comunidad, incluso los hijos. Creces entendiendo que tienes cientos de padres y de madres y un sinfín de hermanos. Tampoco los problemas son privados. Si tienes un problema nunca podrás resolverlo solo, te falta la distancia necesaria para comprender su origen y encontrar una solución. Tienes que dejarlo en manos de la comunidad. Por eso, cuando aquí oí por primera vez a alguien decir ‘Tengo un problema’, me asusté mucho".

En otras culturas, la comunidad es vista como la luz que guía, el sostén que da consuelo, un lugar donde las personas se unen para cumplir la misión de su vida y para cuidarse unas a otras.

Está permitido mostrarse vulnerable y no es obligatorio ser siempre autosuficiente. Uno se siente acompañado y menos solo tanto en la alegría como en la dificultad.

Para Sobonfu, "si tienes un grupo de personas a tu alrededor que se preocupa por ti y te dice: ‘¡Estás haciéndolo bien! Queremos que estés con nosotros y que nos ofrezcas tus dones’, eso te ayuda a dar lo mejor de ti".

Los momentos más significativos en la vida de un ser humano se celebran en comunidad mediante distintos rituales y se viven de una u otra forma en función de los valores del grupo.

De hecho sin contacto con otros humanos no podríamos aprender a hablar. Y el lenguaje es la base del pensamiento. Sin él no tendríamos identidad.

El grupo es el lugar donde dar y recibir

Desde esta perspectiva, el poder del individuo no puede desligarse de la comunidad que le ayuda a nacer y a crecer y que contribuye a que sus miembros descubran sus valores innatos para que los entreguen a la vida. Sin esa ofrenda la comunidad muere.

Y sin la comunidad, el individuo carece de lugar donde hacer su contribución. El grupo equilibra: es el lugar donde se da y se recibe. Ofrece seguridad, confianza y consuelo.

Hay un profundo anhelo en todo ser humano de creer en algo más grande que él y una incomodidad latente ante el vacío que ha generado nuestro estilo de vida actual. Al menos eso denotan algunos movimientos sociales que se están desarrollando en la actualidad.

Uno de ellos es la proliferación de ecoaldeas, una apuesta por vivir en una comunidad que respete a los demás y a la naturaleza.

"Hay una tremenda efervescencia por romper con el individualismo y la competitividad y vivir con más conciencia", declaraba recientemente a La Vanguardia Kevin Lluch, portavoz de la Red Ibérica de Ecoaldeas.

Lo hacía en un artículo que reflejaba la necesidad para muchas personas de hoy de crear una comunidad en la que las relaciones sean más genuinas y el vínculo con la naturaleza más estrecho y armonioso.

En Francia cada vez se habla más de "realianza", un término que expresa un retorno al "nosotros ", la necesidad de un nuevo individuo que se despliega hacia al exterior buscando una comunidad que integre no solo a las demás personas, sino también a los animales, la naturaleza, el planeta, el cosmos…

Tras un trabajo de desarrollo personal (en el que a menudo está presente la meditación), se aprende a revincularse con los otros en un marco de interdependencia, de intercambio y de colaboración, sin relaciones de dependencia o de dominación/sumisión.

Anhelan disfrutar de un trabajo que tenga sentido, desean ser útiles al mundo y, sin renegar del placer, consumen con moderación.

La Tierra es la gran comunidad

Los seguidores de la "realianza" creen que una ola no se entiende por sí sola, sino en movimiento con las demás, y sienten que todos los seres del universo conforman una comunidad en la que cada uno tiene un rol, ocupa un lugar y ejerce una influencia, al igual que misteriosamente el aleteo de una mariposa en Londres puede desatar un huracán en Honk Kong.

Su concepción de una "comunidad" recuerda a la definición que da la biología: la interacción de organismos vivos que comparten un hábitat común.

Y se remonta al origen de la palabra, que procede del latín communitas, que a su vez surge del prefijo latino cum –con– unido al vocablo munus –carga, deuda, obligación mutua–.

El vocablo munus era entendido entonces como "un regalo que obliga al intercambio", de manera que el adjetivo derivado communis significaba en realidad el que tiene regalos para intercambiarse.

No sería una falacia asegurar que la Tierra es el entorno que comparten todos los organismos que viven en ella; es decir, constituimos una comunidad.

En efecto, cuando un individuo considera que forma parte de una totalidad, buscar el bien de todos es desear su propio bien. No vive de forma escindida el interés propio y el interés de la comunidad a la cual pertenece.

Cuidar de los demás representa cuidar de uno mismo. Puede intercambiar regalos en el seno de su comunidad sintiendo la reciprocidad.

El maestro Thich Nhat Hanh, activista por la paz, ha contribuido sin duda a desarrollar esta interpretación de la Humanidad como una gran comunidad.

Haciendo gala de su sabiduría, llena de sencillez, explicó en uno de sus encuentros multitudinarios que su mano derecha había escrito muchos poemas. "Mi mano izquierda no ha escrito ninguno. Pero mi mano derecha no piensa que la izquierda no sirve para nada. No tiene ningún complejo de superioridad y por ello es muy feliz. Y mi mano izquierda no se siente inferior. Ambas poseen la sabiduría de la no-discriminación".

"Recuerdo que un día –continuó– golpeando un clavo me di en un dedo de la mano izquierda. Dejé el martillo para que la mano derecha acogiera la mano izquierda con cariño". "La mano derecha no le dijo a la izquierda: ‘Sabes, yo he cuidado de ti y tienes que devolverme este favor en el futuro’. ¡No piensan así! Mi mano izquierda tampoco le espetó: ‘Mano derecha, me has hecho mucho daño, ¡dame ese martillo! ¡Quiero justicia!’. Y es que ambas manos saben que están unidas y son iguales".

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