Limpiar el alma

Limpiar y purificar

La fregona y el paño también pueden ser nuestros maestros

El mundo externo es un espejo de lo que somos. Limpiar es algo cotidiano que, con la actitud adecuada, podría ser una tarea casi espiritual.

Jesús Aguado

Muchos pueblos africanos se entregan periódicamente (cuando comienza un año nuevo y en otros momentos relevantes) a una limpieza a fondo de sus poblados: barren hasta el último rincón, recogen las inmundicias acumuladas, apisonan la tierra de sus calles, lustran sus cacharros de cocina, orean las telas y sacuden sus esterillas.

Esa limpieza ritual del territorio común y de los objetos de uso cotidiano no es para ellos tan importante por sí misma, aunque también, sino, sobre todo, por los efectos higiénicos que tiene sobre el alma de cada cual y sobre el alma colectiva.

Al quemar desperdicios o lavar ollas renegridas o retirar telarañas y nidos de avispas están haciendo todo eso y, además, eliminando sentimientos negativos, tachando ideas negras, espantando todo aquello que les entristece o que les divide.

Limpiar es, para ellos, un acto de carácter casi sagrado porque sin él sería imposible la felicidad individual y la cohesión del grupo, dos requisitos imprescindibles para que la aldea resista los embates del paso del tiempo, pueda proveerse de alimentos, sea protegida por sus dioses y se enfrente con garantías de éxito al ataque de sus enemigos.

Cuando nosotros nos concentramos en las alegrías, y en los esfuerzos, del verbo limpiar hacemos algo parecido aunque no reparemos en ello (y no estaría mal que lo hiciéramos aunque fuera de vez en cuando): al limpiar lo de fuera (la copa, el jersey, el azulejo, el grifo, la estantería, la lámpara) limpiamos lo de dentro, esa red de sentimientos, emociones, pensamientos y proyectos que dibujan nuestra vida.

Limpiar el alma con fregona y paño

La fregona, el paño, el estropajo, el jabón, la cera, el agua o el detergente actúan sobre las distintas superficies a las que son aplicados y, como maestros invisibles que son, también sobre las insondables profundidades de quienes los usan.

Esta es una de las lecciones más importantes sobre los misterios de la trascendencia (la del amor, la de lo otro, la del espíritu, la de la verdad) que nos dan las actividades aparentemente intrascendentes de la vida cotidiana.

Limpiar es algo que también se hace con las escamas y las espinas de un pescado, con las vainas u hojas de verduras y legumbres o con las ramas de los árboles. Limpiamos, en los dos primeros casos, para separar lo comestible de lo que no lo es: la luz que alimenta de las tinieblas que hacen enfermar, la parte del universo que podemos asimilar de la que nos podría matar.

Limpiamos, en el tercer caso, para que el tronco, liberado de las extremidades superfluas, crezca pujante hacia el sol que le reclama y acabe confundiéndose con él, abrazándose a él.

Limpiamos, siempre, para despejar el camino que nos separa de nosotros mismos, para ser nuestro yo más saludable; y para desterrar de nuestro interior las escamas de las impurezas y los fracasos, las espinas de los venenos y las zancadillas, las vainas de los odios y las decepciones, las ramas sobrantes de las manchas y los malentendidos.

Cada uno debe asumir su limpieza

Limpiar es, entre otras cosas, sinónimo de hurtar y, cuando nos referimos al juego, de ganarle a alguien todo su dinero. Al limpiar, en efecto, es fácil que nos convirtamos en ladrones o en tahúres, ya que no todas las suciedades nos pertenecen.

Cada cual tiene las suyas y es responsable de ellas. Por eso tampoco es demasiado beneficioso que venga alguien de fuera (ya sea un dios salvador que limpia nuestros pecados o una persona que cobre por limpiar nuestras habitaciones) a hacerse cargo de tareas que solo uno mismo debe realizar.

Ya sea con las malas intenciones de esos ladrones y tahúres o con las buenas intenciones de esos dioses o empleados de hogar, cuando delegamos en otros la limpieza de nuestros espacios exteriores o interiores perdemos la gran oportunidad de iluminar territorios en sombra de nuestras horas y de nuestra alma.

El ritual profano de autorregeneración

Esas aldeas africanas de las que hablábamos al principio ponen en práctica de manera sencilla y natural algo que nosotros, en nuestras sociedades sofisticadas y poshistóricas, hemos olvidado o estamos a punto de hacerlo: el poder catártico y revelador que tiene, a todos los niveles, el hecho de limpiar a fondo algo.

Por eso, si somos capaces de transformar esa obligación, no siempre encarada con buen ánimo, en una especie de ritual profano de autorregeneración, habremos conseguido, además de una casa más limpia y presentable, una visión y una vivencia de los asuntos del mundo también más limpios y verdaderos.

Sin olvidar, claro, que un exceso en esta actividad tampoco es deseable: los que se obsesionan con la limpieza acaban siendo víctimas de ella y, en vez de aprender mientras restriegan o pulen, se ciegan a sí mismos y se pierden en un laberinto de destellos sin finalidad y de impurezas que solo están en su imaginación.

Etiquetas:  Meditación

suscribete Julio 2017