Quién somos realmente

Autoconocimiento

¿Quiénes somos realmente detrás de la máscara?

Conocerse más allá de la superficie requiere estar abierto a aceptar y afrontar lo que surja, pero es difícil emprender un viaje más apasionante.

Víctor Amat y Bet Font

Carl G. Jung dijo en una ocasión que nos pasamos la primera parte de la vida intentando agradar a los demás y la segunda intentando agradarnos a nosotros mismos. La afirmación de ese psiquiatra y psicólogo suizo encierra mucha fuerza puesto que pocas cosas causan tanto sufrimiento como desear ser aquello que no somos.

Algunas personas sienten rabia al darse cuenta de cómo generan su propio malestar con algo tan sencillo como no estar bien en su propia piel. Querer a toda costa ser como otra persona para sentirse querido tal vez sea la más terrible de las soluciones.

Intentar ser uno mismo

En esta época de teléfonos móviles se dice que existen dos tipos de personas: las personas iPhone y las personas Samsung. Nada es más doloroso que, siendo un iPhone, querer ser un Samsung o, por el contrario, ser un Samsung y pretender ser un iPhone.

El quid de la cuestión radica en ser capaces de vivir nuestra propia vida más allá de las modas o las convenciones. Como escribió el poeta W.B. Yeats, el verdadero héroe es aquel que tiene el coraje de adentrarse en los abismos de sí mismo.

Ese viaje mítico permite descubrir, poco a poco, que no somos aquello que nos hubiera gustado ser, o bien que no nos aproximamos a lo que los demás esperaban que fuéramos.

La transición entre darse cuenta de que tal vez no estemos encantados con lo que somos y sin embargo aceptarse a uno mismo abre una etapa vital que puede estar salpicada de desengaños, ser dolorosa o presentarse como un periodo desconcertante, en que todo lo que tenía sentido hasta entonces se tambalea.

Cuando detectamos algo de nosotros que no nos gusta podemos preguntarnos qué buscamos con ese comportamiento. Muchas de las cosas que hacemos persiguen el amor o el reconocimiento del otro, o tal vez su entrega.

Descubrir este tipo de intenciones del comportamiento ayuda a "mejorarlo" y aceptarlo. Dejar de luchar con una actitud o una conducta es una vía regia para cambiarla. bajo nuestros pies. Este proceso de autodescubrimiento que lleva a madurar puede suceder a cualquier edad, aunque por regla general en la etapa adulta le dedicamos mayor atención.

Ocultarse tras una máscara

Una de las etapas de la vida que más importancia tiene en la construcción de la identidad es cuando, de niños, empezamos a tener uso de razón. A esa edad empezamos a alejarnos de lo que llamamos "la experiencia" para pasar a racionalizarla, a pensarla.

Reflexionamos sobre lo que nos sucede y olvidamos el disfrute de vivir. En función del entorno, intentamos ser aceptados por nuestros referentes adultos y nuestros seres queridos. Recibimos mensajes sobre lo que nos ocurre y los codificamos para adecuamos a ello, en nuestra necesidad de ser cuidados.

Lo que usualmente sucede es que sacamos conclusiones sesgadas por el amor o el dolor que sentimos. Eso nos lleva a concluir cosas acerca de lo que somos sin tener los datos ni el conocimiento para ser ecuánimes. De ese modo configuramos nuestra personalidad, entendida como la manera en que nos presentamos al mundo.

Mitologías y religiones coinciden en que el miedo aparece al alejarse de los dioses o de la divinidad. Hoy podríamos decir que alejarse de la divinidad equivale en cierto modo a alejarse de lo mejor de uno mismo, lo que da lugar al temor. Cuando este surge, mostramos al otro lo que creemos que quiere ver.

El miedo al desamor y al abandono lleva a aferrarse a un concepto ideal de uno mismo que creemos que puede protegernos del rechazo.

Según Virginia Satir, creadora de la terapia familiar, llevamos en nuestro interior múltiples caras, diferentes identidades que presentamos en función del entorno.

Querer presentarse como "Buena Madre", alguien "Inteligente" o pensar que se es "Tonto de Remate" no es más que mostrar una de esas máscaras que hemos aprendido a lucir según la ocasión y que pueden hacernos sentir mal aunque creamos necesitarlas para ser aceptados por los demás.

Corremos el riesgo de perdernos tras esas máscaras. Pero, cuidado, quien nunca se extravía en la primera parte de la vida también asume el peligro de no hallarse jamás a sí mismo.

Querer ser otro

"Hemos encontrado al enemigo: somos nosotros", decía una viñeta del famoso historietista americano Walt Kelly.

No es raro que nos demos cuenta, con el paso del tiempo y la asunción de responsabilidades, de las situaciones en las que nuestro comportamiento nos incomoda.

Entonces uno no está conforme en ser como es y desea cambiar para actuar como cree que los demás le han dicho que actúe. Es habitual desear ser diferentes para afrontar las cosas que tememos o que nos duelen con otro talante.

"No debería importarme", dice la empleada ofendida por las palabras de su jefe. "He de ser valiente", dice el marido que quiere separarse de su esposa. Pero es fácil que ninguno de los dos consiga su deseo.

Con frecuencia, a a empleada sigue importándole el trato que le dispensa su superior, y el marido permanece resignado junto a la esposa. La sensación es terrible cuando una persona se pide a sí misma ser otra, tener recursos que nunca tuvo o que no son de su estilo... y no lo logra.

Es trágico fracasar en ser quien no se es.

Querer cambiar, sentir malestar

¿Quién no se ha acostado alguna vez pensando: "mañana cambiaré"? Sin embargo, ¿por qué no lo hacemos? Hay cambios aparentemente sencillos pero nuestra esencia interior los rechaza.

Para un creativo caótico, ser ordenado podría suponer ser aburrido. Para una joven tímida, convertirse en el alma de la fiesta podría entrañar un gran riesgo. Muchas personas no se caerían bien a sí mismas después de haber realizado el milagro de ser otras.

La clave radica, como diría Rilke, en iniciar el único viaje posible, aquel que se encamina hacia el interior buscando nuestra esencia genuina. En cada persona hay muchas pieles que cubren las profundidades de su corazón, escribió el teólogo alemán Maestro Eckhart.

Pieles acaso tan gruesas y duras como las de un buey, por eso no se conoce a sí misma. La persona debe entrar en su propio terreno, aprender a conocerse sabiendo que el primer paso hacia el autodescubrimiento nace con la comprensión del malestar que produce estar alejada de sí misma.

Alcanzamos la madurez cuando nos damos cuenta de que, en esencia, todo está bien en nuestro propio mundo.

Date permiso para ser tú mismo

Nunca es tarde para realizar algo tan osado y peligroso como permitirse ser uno mismo. En algunos momentos de ensimismamiento o contemplación atisbamos nuestro propio andamiaje y nuestra mente inconsciente nos envía símbolos e informaciones para que dejemos de caer en la lucha que mantenemos con nuestra naturaleza.

Ser uno mismo puede pasar por revisar todo aquello que experimentamos y atender a nuestros sentimientos y reacciones. ¿Qué cosas hacemos bien? ¿Qué cosas nos molestan? ¿Cómo queremos reaccionar?

Esas reacciones que deseamos, ¿las hemos llevado a cabo alguna vez en situaciones parecidas? Si nunca hemos actuado de la manera que pensamos, tal vez sea el momento de empezar a conectar con nuestro yo interno.

El secreto es reconocer aquello que nos surge con facilidad, la respuesta fluida. En nuestras acciones espontáneas suele radicar nuestra sabiduría interior. La naturaleza está reñida con la voluntad y eso significa que el cambio casi nunca es resultado de usarla.

Cambiar suele surgir del cese de la hostilidad y de la colaboración entre partes de nosotros mismos que en ocasiones parecen contrapuestas. Perfeccionar nuestros recursos, no cambiarlos por otros, puede ser la solución, sin rechazar a los demás ni a uno mismo.

Entregarse de corazón

La canción de Johnny Cash Take me home hace referencia a este punto cuando en una estrofa dice: "Cruce de caminos, llevadme a casa, al lugar que pertenezco".

Al encontrarnos con nosotros mismos empezamos a gozar de la sensación de retornar a casa y podemos afrontar la vida con menos esfuerzo y desgaste de energía psíquica. No es fácil aprender a no luchar y a vivir desde ese lugar genuino.

La meditación parece un camino para acceder a ese punto y una psicoterapia bien orientada también puede resultar una ayuda valiosa. El ejercicio permite abrirse al propio cuerpo y enseña a escucharse, al tiempo que modula las emociones e invita a ser constante en la práctica disfrutándola por sí misma.

Dejar de ser otro pasa por aflojar el miedo al rechazo y, en pequeños pasos, abordar el hecho de que tal vez no todos estén contentos con uno. Aprender a frustrar al entorno de un modo moderado y experimentar el aceptarse profundamente puede llevar cierto tiempo.

Por ello la transición a una postura más madura ha de llevarse con determinación, ternura y humor. Esas tres energías facilitan la asunción del propio ser y permiten que los demás puedan acompañarnos mejor en ese viaje casi mítico hacia el bienestar.

Asumir las propias emociones y dejar de luchar para cambiarlas es el paso crucial para la autoaceptación, pues solo cuando reconocemos nuestros sentimientos podemos perfeccionarlos.

Así, por ejemplo, la persona que se enfada puede perfeccionar al guerrero que lleva dentro: ¿está luchando contra el enemigo adecuado y puede usar esa energía en una lucha que lo merezca?

La persona que duda, ¿puede aprender a sostener la duda y vivir sin certezas?

El que ama sin ser correspondido, ¿puede regalar su amor sin esperar nada a cambio?

Estos son algunos ejemplos de cómo "mejorar" sin necesidad de forzar nada en contra de nuestro espíritu. Se trata de un gran reto. Ser uno mismo para disfrutar de la vida es una cuestión que requiere valor, porque el héroe es el que descubre su mundo y se entrega a él con todo su corazón.

La importancia de disfrutar

¿Qué cosas disfrutabas en tu infancia?¿Y en la adolescencia? En la edad adulta es probable que hayas dejado de hacer muchas de esas cosas.

Una buena manera de recuperarse a uno mismo es dedicar unos minutos para pensar en ello. Volver a hacer alguna de las cosas que nos complacían es una manera de comenzar a ser uno mismo.

Pensar el peor escenario también ayuda: ¿qué pasaría en esta situación si me muestro como soy?

Existen prácticas que ayudan a contactar con nuestro verdadero ser. Tomar clases de teatro puede ser útil. Muchos ejercicios de PNL reconcilian con lo mejor de uno mismo.

Cuando el dolor es grande y dificulta la vida cotidiana, un psicoterapeuta o un experto en salud o medicina puede ampliar la visión.

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