Foto: Josep Pedrol
 
Guía de terapias naturales

Morfoanalítica, terapia

Atiende a la persona en su componente emocional combinando la terapia corporal con el psicoanálisis.

Guía práctica
 
Buen profesional
Debe de haber completado sus estudios de formación como terapeuta morfoanalista. Asimismo tiene que haber realizado un trabajo personal profundo en la resolución de sus propios conflictos. Finalmente debe tener una gran capacidad de empatía que le permita un contacto físico y emocional con su paciente, para ayudarlo en el proceso terapéutico en la forma que le necesite.

Precio por sesión
Entre 5.000 y 7.000 pesetas cuestan las sesiones de 60 a 90 minutos.

Sesiones necesarias
Depende del paciente. Pero, como media, se puede hacer una sesión semanal durante seis meses. Aunque la mejoría se hace evidente enseguida, es recomendable continuar durante ese tiempo con el proceso para afianzar los resultados.

 
Para qué sirve
Para tratar dolores musculares, óseos y orgánicos que tienen su origen en un nivel más global y profundo. También para tratar trastornos que se manifiestan de manera emocional y para personas interesadas en crecimiento interior.

A quién dirigirse
  • Centro Class (información y formación de terapeutas)
    Tel: 93 217 70 97 (Barcelona).
  • José Rezzonico
    Tel: 93 665 74 16.
  • Chus Torralba
    Tel: 93 210 02 72.
  • Rosa María Calderón
    Tel: 93 837 01 14.
  • Emilia Alonso (Pontevedra)
    Tel: 986 63 34 25.
  • Jaume Pons
    Tel: 972 19 80 38 (Girona).

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    Juan, de 28 años, era reacio a visitar al terapeuta morfoanalítico. Sin embargo, no entendía el origen de sus crisis depresivas periódicas y ninguna radiografía reflejaba el dolor que padecía en las dorsales. La primera sesión de la terapia se inició con un ejercicio de conciencia corporal. Se trataba de averiguar cómo se sentía Juan dentro de sí mismo. Para llevarlo a cabo, el joven se echó en el suelo y cerró los ojos. Seguidamente, el terapeuta le instó a tomar conciencia de cada parte de su cuerpo, una a una, poco a poco... Al final, Juan tomó conciencia de todo su cuerpo. En este preciso momento, el terapeuta se sentó a su lado y le pidió permiso para poner la mano en su abdomen. Tras el consentimiento, el terapeuta le preguntó a su paciente cómo vivía el contacto. Pero Juan no pudo responder porque empezó a llorar intensamente a la vez que se encogía hasta adoptar la postura fetal. El terapeuta vio entonces que era el momento de abrazarlo. El llanto, de muchísimo sufrimiento, se intensificó.
    Al sentir una emoción fuerte, aunque dolorosa, Juan vivió una reconciliación consigo mismo, con sentimientos postergados. Y, al tiempo, estaba sorprendido porque hacía años que no lloraba. En sesiones posteriores, Juan supo el porqué de su llanto. Prácticamente no había tenido contacto físico con su padre. En su estado especial de sensibilidad, el contacto con una mano masculina, le evocó aquella carencia. En sesiones posteriores, también reconoció que jamás se había sentido valorado por su padre y éste, incluso, ironizaba sobre las capacidades de su hijo. Juan nunca se sintió con derecho a enfadarse, pero con la terapia descubrió cuánto le afectó a la seguridad en sí mismo.

    Un conflicto escondido

    A los cuatro meses de haber iniciado la terapia, durante un trabajo de reeducación postural, afloró una emoción antigua que tenía escondida. El terapeuta ya había notado que su paciente estaba encogido y su respiración era muy superficial. Por eso, antes de empezar el trabajo, siempre tenía que hacerle un pequeño masaje por encima del pecho para que después pudiera apoyar los hombros en el suelo. Pero, esta vez, tras el masaje, comenzó a llorar de manera compulsiva. Al cabo de un rato, lloraba y reía.
    Juan contó entonces que había vivido un recuerdo infantil olvidado. A los siete años, descubrió en su casa a su madre con otro hombre. Ella le dijo que olvidase esa escena, que eso no había sucedido. El pequeño no entendía nada. Idolatraba a su madre que, además, le había inculcado fuertes principios religiosos. El ídolo cayó con su mentira. Y el niño le hizo caso. Negó lo sucedido ya que ni siquiera su propia madre podía contener la emoción que había sentido. El reencuentro intenso con esta vivencia ponía a salvo al niño, que estaba negado. Eso le produjo una felicidad enorme, a pesar de lo terrible que fue aquel momento.
    Después de ese día, el dolor de espalda desapareció. Es decir, a Juan lo que le curó fue la toma de conciencia de una emoción reprimida que salió a la luz gracias a un trabajo físico. Pero, sobre todo, fue de gran ayuda su relación con el terapeuta. Él le escuchaba y le valoraba. No le juzgaba y podía contenerlo y acompañarlo. Esta acogida le hizo confiar en sus emociones y a partir de ahí se permitió llorar y enfadarse, sintiendo que eso también podría ser válido.

    Araceli Domínguez

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