Un placer saludable

Cocinar en casa es un privilegio, ¡no renuncies a él!

Santi Ávalos

Cocinar podría parecer un engorro pero es un privilegio. Elegir bien los alimentos y prepararlos con esmero aporta placer y salud a los seres que queremos, incluido uno mismo.

En estos tiempos de prisas cada vez es mas insólito encontrar una familia que se reúna en torno a una mesa para disfrutar de un sencillo manjar cocinado en casa a la antigua usanza. Esta costumbre cede terreno ante la comida rápida, la precocinada o la que sirve el restaurante, con el ya rancio argumento de que no se tiene tiempo para cocinar. Apenas somos conscientes de que esto supone una pérdida de bienestar, además de repercutir en la salud y el bolsillo. Por ello, te proponemos una guía para recuperar la costumbre de cocinar en casa.

Afortunadamente, parece que se está redescubriendo la motivación para crear y alimentarse entre cacerolas y fogones. Y aún quedan agraciados que han recibido clases de cocina de su abuela o su madre o bien poseen un don innato para la cocina.

A los demás, las nuevas tecnologías nos están dejando sin excusas: internet permite aprender o intercambiar recetas con personas de cualquier lugar del mundo.

Lo importante es aventurarse y, sobre todo, divertirse, de manera que los consejos y las normas no supongan un obstáculo sino un punto de partida.

Lo mismo vale para las recetas: salvo unas pocas excepciones, no deberían tomarse como fórmulas rígidas que es preciso seguir a rajatabla. Hay que dejar un espacio para poder expresarse y experimentar, aplicando el sentido común, pero sin miedo a cambiar detalles (algún ingrediente, cantidades, temperaturas...) en función del gusto personal o las circunstancias.

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La cocina como arte educativo

La cocina puede verse como una ciencia, porque hay mucho de química y de física en ella, pero sobre todo como un arte. No hay duda de que la técnica es importante, y de que cuantos más conocimientos se tengan, más satisfacción y mejores resultados se obtendrán.

Pero una vez que se hayan superado los primeros pasos y se dominen los rudimentos, será cuando disfrutemos de verdad. Al principio hay que apoyarse en alguna receta conocida, variando algún ingrediente; más adelante se crean a partir de cero.

Para inventar una receta lo idóneo es conectar con nuestros sentimientos y traducirlos en sabores, aromas y texturas, como si de un lenguaje se tratase.

Una buena forma de inspirarse, y otro de los grandes placeres de cocinar, es acudir a un mercado repleto de alimentos frescos, color e ingredientes exóticos, pasear tranquilamente con los sentidos bien abiertos y dejarse seducir.

Para idear un plato se puede partir del aspecto que queremos que presente en la mesa, escogiendo los ingredientes por su color y su forma. Otras veces el aliciente puede surgir de un maridaje de sabores que se antoja interesante. Aunque en la mayoría de ocasiones el reto consistirá en improvisar un plato apetecible con los pocos ingredientes que se tienen a mano.

La cocina es también un espacio muy interesante para educar a los hijos. Si les animamos para que participen ocasionalmente, como si fueran nuestros pinches, tendremos muchas oportunidades de transmitirles los valores que reflejan nuestra relación con el mundo y los alimentos. Se les puede dejar por ejemplo que decoren unas galletas, que mezclen una ensalada o que amasen pan o una pizza. Siempre tareas sencillas que no sean peligrosas.

Mientras se divierten y se sienten útiles, perciben la responsabilidad y el valor de colaborar en las tareas de casa, las propiedades y el origen de algunos ingredientes, y la importancia de no desperdiciar comida o de tratar los alimentos con respeto.

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Una despensa versátil

La despensa debe estar provista de una gran variedad de alimentos para que resulte fácil planificar un menú nutritivo y apetitoso. Sin embargo, hay que evitar caer en los excesos almacenando demasiados ingredientes que no tengamos costumbre de emplear, dado que ocupan un espacio valioso y acabarían estropeándose. A fin de que eso no suceda, pueden improvisarse recetas para hacer uso de estos ingredientes antes de que caduquen, o bien dárselos a una persona o a una entidad que los vaya a utilizar.

Una buena organización permitirá rentabilizar nuestro valioso tiempo; de esta manera acudir un solo día a la semana al mercado puede bastar para actualizar la despensa.

La mayoría de los alimentos frescos como verduras y frutas se pueden conservar en buenas condiciones durante 6 o 7 días en el frigorífico.

Otros alimentos son de fácil conservación como los frutos secos, las legumbres, los cereales, los aceites y el vinagre, las plantas aromáticas, productos desecados como las algas y, por supuesto, las conservas. También resulta crucial la pasta seca –de trigo, espelta, quinoa, alforfón…–, pues se conserva bien y es idónea cuando toca improvisar un plato rápido.

Sin embargo, para hacer uso de algunos ingredientes más perecederos, como ciertas hortalizas o frutas, habrá que hacer alguna que otra salida entre semana, o bien organizar los menús de modo que sean estos los primeros ingredientes que se empleen. Los congelados resultan también muy prácticos y ayudan a salir de muchos apuros.

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Guisantes, maíz o corazones de alcachofas son excelentes opciones para tener en el congelador, puesto que solo se han escaldado ligeramente para inactivar algunas enzimas. También podemos preparar nuestros propios congelados, sean alimentos crudos, que en la mayoría de casos deberán escaldarse antes, o platos ya cocinados.

Otra buena idea es congelar hierbas frescas (albahaca, menta…) haciendo uso de la cubitera para compartimentarlas (se colocan muchas hojas en cada cubito con agua). Cualquier alimento que almacenemos está vivo y en proceso de cambio, de manera que pierde vitaminas y cualidades organolépticas con el paso del tiempo, por muy buenas que sean las condiciones de conservación.

Por esa razón es útil etiquetar algunos productos con la fecha en que se adquirieron y llevar un recuento semanal para planificar las compras. Anotarlo todo en una pequeña libreta es una costumbre muy útil.

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Cocina con salud

Este principio también se aplica a la salud. Tener como objetivo disfrutar de una comida sana supone el primer requisito para que así sea. Y elegir cocinar nuestros propios alimentos es una de las decisiones que más beneficios puede aportar a nuestra salud. Veamos algunas razones:

  • Evitar aditivos químicos

En primer lugar, tomamos el control sobre los ingredientes de la receta, evitando aditivos químicos como conservantes, colorantes o emulsionantes habituales en la comida precocinada. Algunas de estas sustancias son sospechosas de causar daños a la salud, a pesar de estar aprobadas por los organismos oficiales de la Unión Europea.

  • Elegir bien el origen de nuestros alimentos

Podemos elegir la calidad y el origen de los alimentos. Esta es una de las fases más importantes en la cocina, porque la calidad de la materia prima es decisiva en el resultado final de la receta y en su efecto sobre la salud.

Al adquirir un ingrediente, sea una fruta, unos cereales o un aceite, tenemos la oportunidad de escoger un producto respetuoso con el medio ambiente y con nuestro organismo si optamos por alimentos libres de plaguicidas y productos agroquímicos. También contribuimos a una sociedad más solidaria eligiendo productos de comercio justo, y esto también puede incluir utensilios como un cestito de bambú para cocinar al vapor.

  • Escoger productos frescos y de temporada

Siempre que sea posible, preferiremos los productos frescos y de temporada. Además de ser más económicos, están en armonía con los ciclos naturales y favorecen la adaptación del organismo a las condiciones propias de cada estación.

Es importante buscar información sobre el producto que se necesite comprar, como propiedades, consejos de conservación, variedades..., a fin de elegirlo con mejor criterio. Puedes encontrarla en nuestro calendario de frutas y verduras.

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  • Decidir la técnica de cocinado más saludable

Podemos decidir la técnica de cocción y los ingredientes para adaptar los platos a nuestras condiciones. Si se tiene la necesidad de reducir peso, se opta por preparaciones al vapor, ingredientes poco calóricos y ricos en fibra y cantidades moderadas.

Si el problema es la tensión alta, se incluyen frutas y hortalizas ricas en potasio, se reduce la cantidad de sal o se sustituye por gomasio o sal de hierbas. Si se cocina para un niño en plena fase de crecimiento, se elige un menú lo más atractivo posible y que incluya alimentos energéticos y remineralizantes.

Si hace calor, se reduce la cantidad de comida y se aumenta la proporción de crudos, pero si nos sentimos destemplados y decaídos nos puede sentar bien una crema de calabaza caliente o un plato consistente preparado en el horno.

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