Emociones y dieta

Tus emociones determinan lo que comes (y viceversa)

Marga Roldán

Tus sentimientos te hacen sentir apetito por ciertos alimentos. Saberlo te ayuda a conocerte y también a elegir los ingredientes que te hacen sentir bien.

¿Alimentas tus emociones o los alimentos crean tus emociones? Si analizamos la gran cantidad de publicaciones científicas que hay sobre este tema encontramos que la relación entre lo que como y lo que siento es bidireccional.

Esta relación en ambos sentidos es una "bola de cristal" que, por un lado, nos muestra lo que realmente sentimos observando qué comida nos pide el cuerpo, y por otro, nos ayudará a sentirnos mejor si comemos cierto tipo de alimentos.

¿Qué emociones te llevan a comer lo que comes?

  • Lácteos: El deseo de leche, yogur cremoso, helados, batidos y quesos sugiere, por ejemplo, que se anhela calma y confort. Son alimentos que se asocian a lo que siente el bebé al estar en los brazos de la madre. Este afecto adictivo y relajante se debe a que la leche contiene péptidos con efectos opioides como la casomorfina. Estos péptidos tienen una estructura muy similar a la de las endorfinas, que se encuentran en la leche materna y son producidas por el propio organismo, y que generan una sensación de bienestar.
  • Azúcar o alimentos dulces. Se asocian al deseo de tener amigos, amor y sentir más amabilidad. Los efectos emocionales del azúcar están reflejados en múltiples publicaciones científicas. Es de sobra conocido el efecto adictivo,debido a su acción sobre el sistema opioide endógeno que produce una sensación temporal de bienestar. El incremento de los niveles de glucosa en sangre también se relaciona con la sensación de disponer de más energía.
  • Alimentos con harinas. El deseo de bocadillos, pizza y pasta indica que los sentimientos que predominan son soledad, tristeza o incluso depresión. Esta relación se basa en un efecto similar al del azúcar: son carbohidratos de cadena simple que acaban aumentando los niveles de glucosa en sangre. Pero, como en el caso anterior, eso provoca una sensación de bienestar y energía que es solo temporal. Además, el gluten de estos alimentos tiene un efecto depresivo, según un estudio publicado en Alimentary Pharmacology & Therapeutics.
  • Alimentos crujientes. Sean saludables (manzanas) o no tanto (patatas fritas), el apetito por ellos refleja frustración, enfado e ira, emociones muy ligadas al estrés. Al masticar alimentos crujientes se desbloquea y relaja la mandíbula, una zona que acumula muchísima tensión cuando estamos estresados, enfadados o rabiosos. Esta distensión va acompañada de una sensación emocional de relajación.

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Tu apetito revela tus sentimientos

En ocasiones podemos pensar que hemos superado una emoción porque no la expresamos. Pero esta falta de expresión, sea porque preferimos disimular o porque pensamos que es negativa, hace que quede bloqueada y, de forma inconsciente, condiciona nuestra forma de vivir. Los antojos irrefrenables que experimentamos son nuestro aliado para descubrir qué se esconde en nuestro inconsciente.

Cuando no sabemos qué sentimos o nos sentimos en un caos emocional, una buena manera de obtener información es parar un momento, respirar y ver qué nos apetece comer. Porque ese antojo hacia cierto tipo de alimentos seguro que nos está dando una idea de qué emoción es la que está encubriéndose y dominando la situación que vivimos.

La información sobre la relación entre emociones y alimentos me ha resultado tremendamente útil estos últimos años para destapar lo que estaba pasando en mi interior al afrontar las situaciones y conflictos del día a día. Ahora puedo observarme sin juzgarme. Si me apetece comerme unas patatas fritas (¡ecológicas!) cuando tengo estrés y voy de un lado a otro corriendo, lo hago.

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¿Comes por estrés?

Lo estupendo es que ahora me doy cuenta de que la causa es el estrés. Esas patatas fritas me están indicando que voy demasiado acelerada y que tal vez, si me paro un momento y hago unas respiraciones abdominales, si le digo a mi mente que deje de pensar que no llego porque tengo mil cosas que hacer, y me digo a mí misma «tranquila, al final todo sale bien», se me pasan las ganas de comer y logro sentirme relajada.

Como dice mi amiga Mireia Anglada: "¿Habéis visto a alguien que tenga un disgusto, como una ruptura de pareja, y se pegue un atracón de brócoli? En las películas siempre se pegan un atracón de helado". Pues eso nos pasa a todos. Lo que está claro es que no podemos ir por la vida de atracón en atracón, porque viviremos en una montaña rusa que difícilmente nos permitirá alcanzar el estado de bienestar que deseamos.

No ocultes tus emociones. Observa e intenta ver qué te está pasando sin culpabilizarte. Cuando prestas atención a lo que pasa por tu mente y a lo que siente tu corazón, no necesitas la comida como válvula de escape para tapar tus pensamientos o emociones desagradables.

¿Eso quiere decir que no puedes tomar alimentos que te hagan sentir mejor? No es eso. Seguro que has oído hablar de los alimentos reconfortantes, que ayudan a sentirse mejor.

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¿Por qué nos afectan los alimentos?

Las emociones primarias van asociadas a una serie de neurotransmisores: serotonina, dopamina, noradrenalina y GABA. Algunos alimentos ayudan a crear estos neurotransmisores y por lo tanto afectan directamente a nuestras emociones.

El triptófano es un aminoácido que permite la síntesis de la serotonina, un neurotransmisor directamente relacionado con el sentimiento de felicidad. Por tanto, cuando tomamos alimentos ricos en triptófano potenciamos nuestra felicidad. Y lo mismo sucede con alimentos que ayudan a la síntesis de los otros neurotransmisores.

Por eso, si nos sentimos algo tristes está genial tomar un buen plato de alimentos ricos en triptófano (cacao, aguacate, plátano…) para subir nuestra serotonina.

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Puedes cambiar tu relación con la comida

Después de todo tipo de dietas, de ejercicio, de probar lo último en terapias, suplementación y un largo etcétera, he comenzado a sentirme mejor conmigo misma y a no sentir esa necesidad imperiosa de comer cuando me encontraba mal o incluso cuando me encontraba feliz.

Uno de los efectos secundarios de esa nueva forma de relacionarme con la comida ha sido que he bajado de peso sin hacer esfuerzo alguno. Tal vez te cueste creerlo, así que te invito a probarlo.

Creo que comer ha de ser una experiencia emocionante. Se puede alimentar la mente y el cuerpo sin renunciar al placer de una deliciosa comida, sin sentirnos culpables y sin utilizarla como una anestesia emocional.

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