En equilibrio

La dieta del yoga te aporta lucidez y prana

Ramón Roselló

El yoga también investiga cómo influye la dieta en el bienestar y el efecto sutil que la esencia de cada alimento ejerce sobre la mente.

En las últimas décadas, el yoga ha renovado la visión del cuerpo que tenemos en Occidente. Esta ciencia milenaria incluye un programa de ejercicios de innumerables beneficios (asanas), que flexibilizan y fortalecen el cuerpo sin sobrecargarlo ni quitarle energía.

A eso se añaden técnicas refinadas para mejorar la respiración (pranayama) y calmar la mente (meditación, mantras), junto a efectivos métodos de higiene y depuración (kriyas). El yoga cuida el cuerpo y mejora sus funciones pero lo hace sin perder de vista la mente y las emociones. De hecho, acrecentar la conciencia y el sentimiento de unidad con el universo es su meta principal. La palabra yoga, que deriva del sánscrito yug, significa literalmente "unión".

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Las 3 pautas dietéticas de la dieta del yoga

Lo que muchas personas desconocen es que esta ciencia del arte de vivir también aborda en profundidad la alimentación. Sus pautas y principios, ya milenarios, siguen aportando un modelo dietético plenamente vigente, saludable y fácil de aplicar.

Conocerlo puede ser útil tanto si se tiene interés por el yoga como si no. La dieta que propone el yoga es lactovegetariana, es decir se compone de cereales, legumbres, frutas, hortalizas, frutos secos, semillas y productos lácteos (esta es la tradicional, pero se puede veganizar). Se trata de una dieta sencilla en sus preparaciones, natural y saludable, que tiene en cuenta los efectos que ejerce la comida tanto sobre el cuerpo como sobre la energía y la conciencia.

Aparte de ser una dieta habitual en la India –donde el 30% de la población es vegetariana–, resulta especialmente saludable y muy válida para prevenir y tratar las dolencias más extendidas hoy en Occidente, como la hipertensión arterial, la arteriosclerosis o la artrosis.

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Qué son las tres gunas

El hinduismo afirma que la energía tiene tres cualidades o gunas que coexisten en equilibrio. Son sattva (la pureza), rajas (la actividad, la pasión, el cambio) y tamas (la inercia, la indolencia, la oscuridad). Cuando esa energía se materializa en un ser vivo suele prevalecer una de estas tres cualidades. Pero independientemente de cuál sea, las otras dos también se hallan presentes.

La teoría de las tres gunas puede aplicarse tanto a los alimentos y a la cocina como a las personas y sus actividades y tendencias mentales, y recalca la idea de que todo está interrelacionado.

  • La dieta pura (sátvica) según el yoga es la que nutre al organismo a la vez que le aporta paz, equilibrio y tranquilidad. La digestión no es pesada, apenas genera toxinas y favorece la verdadera salud: una mente en calma que controla un cuerpo en forma, con un adecuado flujo de energía entre ellos. Los alimentos sátvicos por excelencia son las frutas y verduras frescas, los cereales integrales, los frutos secos, las legumbres, las semillas germinadas, la miel, la leche, el yogur y el queso fresco, en especial si procede de ganadería ecológica.
  • La dieta estimulante (rajásica) es la que impulsa a la acción en el mundo exterior y al goce sensual, favoreciendo la actividad al estimular el sistema nervioso. Su consumo suele generar pasión y alegría, pero también puede alentar los altibajos de ánimo. Se consideran rajásicos los alimentos muy especiados (salados, ácidos, picantes, amargos...), el pescado, la carne de animales recién cazados, los huevos frescos, el pan blanco, los pasteles, el azúcar blanco, el chocolate, el café, el té, las bebidas de cola, el ajo y la cebolla.
  • La dieta pesada (tamásica) tiende a producir adormecimiento, inercia, desmotivación. Conduce a una pérdida de energía o prana, con lo que la mente pierde claridad y el cuerpo envejece antes de lo deseable. Los alimentos tamásicos son los poco frescos, desnaturalizados, recalentados varias veces, rancios, muy cocidos o muy fritos. Es el caso del pescado y la carne de animales criados en cautividad y sacrificados hace días, los quesos curados (en especial los azules), las setas, las carnes grasas, las conservas de calidad mediocre y las bebidas alcohólicas.

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La actitud al cocinar y al comer

La dieta ideal del yoga se compone de alimentos sátvicos. Sin embargo, que una comida pertenezca o no a este grupo no es tan simple, pues la forma de prepararla y comerla también cuenta. Así, una comida de tipo sátvico engullida deprisa actúa como si fuese rajásica (excitante), mientras que si es muy copiosa resulta tamásica (genera somnolencia y abotarga la mente).

Un mismo plato a base de verduras puede ser sátvico si se prepara al vapor, o perder buena parte de sus propiedades si se cuece en una olla a presión. Y el esmero o el amor que pone el cocinero también dejan su estela. El yoga considera por tanto que la forma y la actitud con que nos alimentamos repercute en el cuerpo y la conciencia.

Ventajas de la opción vegetal

El yoga opta por una dieta vegetariana por razones morales, espirituales y de salud, dado que está en armonía con el principio espiritual de no-violencia y respeto a la vida (ahimsa). ¿Cuál es la forma más natural y pacífica de comer?

El sol, el aire, el suelo y el agua interactúan para producir los frutos de la tierra en su casi infinita diversidad. Todo lo bueno que obtenemos de los vegetales nos llega de primera mano, a menudo sin tener que sacrificar la planta. Por el contrario, al comer carne o pescado se consumen tejidos animales que antes procesaron la energía extraída de diferentes plantas –no deja de ser significativo que se prefiera la carne de animales herbívoros, así como que los peces depredadores más voraces, como el atún o el pez espada, sean los más contaminados–.

La carne aporta al cuerpo más proteínas de las que precisa y puede sobrecargar sus órganos de eliminación. Metabolizarla para obtener energía en vez de proteínas genera residuos de nitrógeno, cosa que no sucede con los hidratos de carbono de los vegetales. Los excesos de ácido úrico y otras sustancias se depositan en las articulaciones y merman la flexibilidad y la movilidad.

La dentadura y el sistema digestivo humanos difieren de los de un animal carnívoro y están mucho más próximos a los de los primates, para los que los alimentos de origen animal son más la excepción que la norma. Pero, además, consumir carne implica un derroche de recursos. Un terreno sembrado de cereales puede alimentar a muchas más personas que ese mismo espacio dedicado a cultivar piensos con los que se criarán animales, a menudo en condiciones penosas y muy alejadas de lo que corresponde a un ser dotado de movilidad y conciencia. Para el yoga, cada criatura es una entidad viviente, con corazón y emociones, que respira y siente.

La cuestión de los lácteos

Los productos lácteos (leche, mantequilla, yogur, queso fresco) siempre han sido parte esencial de la alimentación en la India y entre los practicantes de yoga. Junto a las legumbres y los frutos secos suelen ser los alimentos más concentrados en nutrientes que suelen ingerir. Sin embargo, gran parte de la industria lechera moderna confina a los animales en espacios mínimos por imperativos económicos, los alimenta con piensos no exentos de plaguicidasy los medica con fármacos de forma sistemática o preventiva.

Buena parte de esas sustancias pasan a formar parte de la grasa de la leche, que además, al homogeneizarse, reduce tanto el tamaño de sus partículas que estas pueden incluso atravesar la mucosa intestinal humana. Quizá esa sea una de las razones de que la intolerancia a los productos lácteos vaya en aumento. En una dieta de tipo yóguico se puede sustituir perfectamente la leche de origen animal por leches vegetales, como las de avena o de almendra.

Una elección personal

La aventura existencial del ser humano implica clarificar la mente y armonizar el cuerpo y las emociones para lograr la unión con su verdadera naturaleza. El yoga ofrece un camino accesible y seguro hacia esa paz interior. Los grandes textos clásicos –desde los milenarios Vedas, hasta los Yoga-Sutras de Patanjali, el Hatha-Yoga-Pradipika de Svatmarama o el Jivan-Mukti-Viveka de Vidyaranya– establecen la importancia de mantener un cuerpo flexible y saludable, con el fin de poder mantener una postura, con la máxima relajación y el mínimo esfuerzo, que permita entrar en estados de tranquila meditación, el verdadero objetivo de la práctica del yoga.

El cuerpo humano, afirma el yoga, no es solo un conjunto de músculos y órganos coordinados por los sentidos y un sistema nervioso organizado, sino que también está formado por una red de canales energéticos cuya energía, que fluye de manera constante, es influida sobremanera por los alimentos que se ingieren.

Por último, es preciso mencionar que aunque la dieta sátvica sea ideal en muchos aspectos, eso no significa que todo lo demás esté vedado. Los alimentos –sátvicos, rajásicos, tamásicos– son recursos que conviene saber utilizar y armonizar. Ciertas especias hacen más grata una comida; una taza de té puede dar un impulso que a veces el cuerpo agradece; siempre habrá ocasión para un menú festivo…

Todo es cuestión de proporciones y depende, a la postre, de lo que uno busque y sienta en un momento dado. En esencia, cada persona ha de adaptar su dieta a sus necesidades y su momento vital actual.

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