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De vuelta a las raíces

6 tesoros enterrados que enriquecen tus platos

Consumir raíces y bulbos nos aporta vitaminas y nutrientes en cantidad. Pueden prepararse de formas muy distintas para disfrutarlas también en el plato.

Para protegerse del frío, las plantas guardan su energía bajo tierra, donde desarrollan potentes sustancias defensoras. Raíces y bulbos se convierten así en joyas nutricionales listas para salir a la luz y enriquecer tus mejores platos.

Zanahoria, una campeona en carotenos para la piel

Su color naranja revela su mayor tesoro: su riqueza en betacaroteno. Este pigmento es precursor de la vitamina A, que protege la piel y la vista y ayuda a prevenir el deterioro celular. Aporta también potasio, hierro, vitamina C y ácido fólico. Un par de zanahorias (150 g) aportan toda la vitamina A que se precisa al día.

Si la cueces perderás vitamina C pero podrás asimilar mejor el betacaroteno.

Remolacha, energía dulce con abundante ácido fólico

Esta raíz de sabor dulce y ligeramente terroso obtiene el color morado de sus antioxidantes, las antocianinas. El dulzor se lo dan sus azúcares (8,5%), que se acompañan de abundante fibra (2,5%).

Pero sobre todo es rica en vitaminas: una ración de 100 g cubre el 37% de las necesidades diarias de ácido fólico y el 17% de las de vitamina C. Puedes aprovechar las hojas, si están tiernas, en la ensalada.

En zumo: bebido con regularidad contribuye a reducir la tensión arterial. Puedes licuarla con apio y manzana, por ejemplo.

Cebolla tierna, amiga de tus defensas y vías respiratorias

Esta cebolla, recogida cuando el bulbo aún es joven, es ligera, depurativa y rica en vitamina C y fibra prebiótica. Pero lo que la hace más medicinal son sus compuestos azufrados y sus flavonoides, grandes protectores de las defensas, las vías respiratorias y el sistema circulatorio. Se ha considerado tradicionalmente muy eficaz contra los resfriados.

Las capas externas tienen más flavonoides. ¡Aprovéchalas!

Apionabo, un desconocido que triunfa en la alta cocina

Puede que este tipo de apio, popular en Centroeuropa, te haya pasado inadvertido en el mercado con su humilde aspecto, pero vale la pena descubrirlo. Hasta los grandes chefs se han fijado en él.

Es ligero, remineralizante y, como el apio en rama, rico en apigenina, un flavonoide antiinflamatorio y anticancerígeno.

En la cocina: puedes tomarlo en ensalada a láminas o tiras, o hervirlo con patata y hacer puré. También puedes gratinarlo con unas chirivías u hornearlo con aceite y hierbas aromáticas.

Rábano, una delicia rica en hierro y vitamina C

Los rábanos de invierno, más grandes que los de primavera, crecen lentamente durante el otoño. Si los cultivas tú mismo puedes incluso ir aprovechando algunas de sus hojas tiernas y cocerlas como si fueran acelgas. Aunque se pueden comer crudos, son más adecuados para cocinar.

Aportan vitmina C y hierro, así como sustancias que al estimular los jugos gástricos facilitan la digestión. Como las coles, poseen glucosinolatos, unos compuestos azufrados de efecto protector frente al cáncer.

Puerro, protege el corazón y calma el estómago

Los puerros de invierno, más gruesos que los de verano, son imprescindibles en caldos y potajes.

Digestivos y depurativos, se consideran una buena opción si se sufre del estómago. Como el ajo y la cebolla, poseen también compuestos azufrados que refuerzan las defensas y mejoran la circulación. El bulbo es especialmente rico en kamferol, un flavonoide que protege y relaja los vasos sanguíneos.

Pruébalo crudo en la ensalada, es otra forma sabrosa de disfrutarlo y permite aprovechar mejor su ácido fólico y vitaminas B6 y C.

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