Mentes insanas
Brigitte Vasallo
Escritora
Brigitte Vasallo

El conocimiento en tiempos de Google

El aula como espacio de conmoción

Una clase debería ser algo que honre el momento único en que todas esas personas estamos compartiendo tiempo y espacio al servicio de una idea. Un momento que Google no nos puede dar.

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Queridas Mentes Insanas:

Uno de los regalos que me ha dado la vida es la posibilidad de dar clases que, a ver, no me voy a poner aquí bucólica y negar el hecho innegable de que a veces acabo hasta el moño y se me pasan las ganas de relacionarme con el ser humano nunca más en mi vida.

Eso también sucede, pero eso es cuando estoy quemada porque voy con demasiado estrés y pierdo la paciencia, incluso la mínima.

Trabajando de camarera me pasaba lo mismo: a principio de temporada de verano, cada vez que un turista confundía la paella con la sangría yo me partía de risa, pero llegaba un momento del verano, después de centenares de horas trabajadas y dolor de cuerpo general que sentía la violencia subirme por el cuerpo cada vez que se repetía la historia:

- Y ¿para beber?

- Paella por favor

Cuando ahí sentía ganas de cargarme a alguien quería decir que estaba quemada y tocada aflojar el ritmo.

Pues con el alumnado lo mismo, porque no es plan de ponerse violenta por una paella/sangría. No es plan ni para los demás ni para mí.

Total, que en general dar clases es una maravilla.

En mi caso, el alumnado es gente adulta que lleva muchos años en la universidad y tienen muchos títulos y saben mogollón de lo suyo, lo cual es un reto que no veas porque te pillan todo el rato y no hay trampas que valgan.

La gracia es, también, precisamente eso: que ya no hay nada teórico que explicar, que lo único interesante es lo que debería ser siempre la enseñanza y que se ha perdido en algún lugar del camino: un espacio de creación comunitaria de pensamiento.

En realidad venía a contaros otra cosa pero sigo por aquí y ya os cuento lo de la masturbación la semana que viene, que era lo que iba a contaros pero ya no.

En tiempos de Google, de Mendeley y de todas estas cosas, las clases que son resúmenes de autores y autoras sirven para poco más que para cubrir la papeleta.

Lo grave es que alimentan la idea de que hay gente que tiene acceso al conocimiento (el profesor o la profesora) y que el resto de la gente tiene que recibirlo mediado por esa persona, masticado.

Esto no va solo de pereza intelectual, que también, pero mira, ni tan grave, sino de esa tremenda inseguridad que se genera en gente que llevan décadas dedicada al recorrido académico.

Esta gente, en lugar de sentirse más suelta y más segura ante el conocimiento académico, se siente cada vez más indefensa, más cohibida y menos empoderada para criticar a los tótems del conocimiento así, sin más.

Supongo que hay un tema de base sobre nuestra relación con el conocimiento.

Si es un tema de status, está claro que a los tótems no se les critica sino que se les supera cuando estamos preparadas para superarlos, así, en términos patriarcales porque la competición es patriarcal y ya.

Pero si nuestra relación con el conocimiento viene por una necesidad de entender el mundo, la realidad o la irrealidad de todo, en ese caso no hay superación posible, porque no es ese el motor ni hay posibilidad de totemización.

Te acercas al pensamiento de otras personas sabiendo que es eso, pensamiento de otras personas.

Hay cosas que te resuenan y cosas que no, y da igual que se llame Beauvoir, o Foucault o M’bembe, y da igual que sea “obligatorio” conocer su trabajo, y da igual que a tu profesora le chifle, y da igual que esté de moda. Porque si no te resuena quiere decir que en ese momento no te está aportando nada trascendente.

Quiere decir que tienes que ir por otro camino, que tal vez te acabe llevando hasta ese trabajo en concreto, pero cuando tú estás resonando con él.

Una clase debería ser algo que honre el momento único en que todas esas personas estamos compartiendo tiempo y espacio y nos estamos poniendo al servicio de una idea.

Un momento que no se repetirá, un momento que Google no nos puede dar. Ponernos al servicio de una idea, con ayuda de gente que ha pensado ya esa idea, y entre todas y todos enamorarnos de ella o no, tomarla, darle vueltas, atravesarnos, dejarnos impactar y ver qué pasa.

Y cuando eso sucede, sea cuál sea el resultado práctico, estar en clase (que no solo dar la clase) es un regalo de la vida. Y un regalo, además, compartido con todas esas personas que han venido a clase a entregar un trocito de sí a ese momento único.

¡Feliz semana, Mentes!

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