La ética del acoso

Hombres, poder y acoso sexual: ¿por qué nadie dijo nada?

Todos participaron de algún modo en alimentar una masculinidad triunfante que incluye el poder sexual ligado al poder económico y al poder social: por omisión, por no decir nada, por hacer la vista gorda, por mirar hacia otro lado, pero también de manera activa.

Mentes insanas

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Brigitte Vasallo

Cuando hace unos meses saltaban las acusaciones por acoso sexual contra Plácido Domingo, él se defendía en estos términos: “Las reglas y valores por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado”.

Estas declaraciones, que nos pusieron los pelos de punta a muchas y muchos de nosotros, apunta a una cuestión importante: la diferencia entre ética y moral. La ética recoge aquello que consideras que está bien y que está mal, mientras que la moral apunta a aquello que está permitido y a lo que no está permitido. Es un conjunto de normas sociales que, efectivamente, cambian con el tiempo y el contexto.

¿Una cuestión ética o moral?

Lo que estaba diciendo el tenor con estas declaraciones es que él se ciñó a las normas del momento, las normas que él conocía, pues posiblemente las normas de las acosadas fueran distintas, y no se preocupó de nada más. Lo que le reprochamos es que no hubiese una ética tras esas normas que le hiciese saltar las alarmas respecto a su conducta, más allá de si había normas que la alimentasen como correcta.

La ética, lanzo solo un hilo, no es única, ni apunta siempre al bien común.

Pero si hubiese habido una ética tras la conducta de Plácido Domingo, sus explicaciones hubiesen sido distintas. Tal vez igual de espeluznantes, pero nos hubiese contado por qué lo hacía más allá de referirse a las normas sociales.

La serie “The morning show” trata el tema del acoso sexual en el trabajo bajo esta perspectiva. Salta la denuncia hacia una estrellota televisiva en tiempos del #metoo y todo el mundo pone el grito en el cielo al descubrir que bajo ese personaje tan conocido había un depredador sexual. Pero vamos viendo a través de los capítulos que todo el entorno alimentaba esa conducta.

Por omisión, por no decir nada, por hacer la vista gorda, por mirar hacia otro lado, pero también de manera activa, alimentando esa masculinidad triunfante que incluye el poder sexual ligado al poder económico y al poder social.

Es decir, que mucha gente estaba en el ajo, y que nadie, especialmente el sujeto central, el depredador, fue capaz de atender a una ética que fuese en contra de ese desastre.

Una ética que atendiese al daño que hacía a las personas acosadas, que se comprometiese con las consecuencias las propias acciones más allá de si iba a ser sancionado socialmente por ello. Y en esa sanción no podemos olvidar la posición de poder de algunos personajes, que dificulta aún más la sanción, y de la que se aprovechan ampliamente.

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Todo esto ya lo explicó Hannah Arendt cuando habló de la banalidad del mal. En el juicio contra el nazi Adolf Eichmann, encargado de la deportación de las personas judías de Hungría hacia los campos de exterminios, toda la prensa apuntó a la maldad del personaje. Solo Hannah Arendt apuntó a la ética y la moral. Eichman era un moralista, un legalista, sin ética alguna. Obedecía órdenes, sin más. Era un buen ciudadano, en su forma más peligrosa: la de la obediencia sin criterio.

En la sociedad que habitamos, que nos alimenta el éxito social como único horizonte, que promueve el “ganar”, así, en abstracto, como sinónimo de felicidad, de plenitud, y dónde el propio deseo se entiende como una forma de esencia de nosotros y nosotras, la ética personal puede estar muy en contra de la moral imperante.

Hay una masculinidad triunfante que se construye a través del acoso.

Tal vez no directamente (que también) pero sí a través de un montón de atributos que se exigen a los hombres para tener éxito social. La competitividad, de ahí que los deportistas sean semidioses, la chulería, de ahí que el personaje del chico malote protagonice tantísimas películas y las protagonice en positivo y, por supuesto, la conquista de mujeres como otro atributo más de la conquista, del ganar. Y que genera una resistencia bajísima a la frustración, una poquísima aceptación de no poder con todo, de no llegar a todo, de que hay deseos que no se pueden cumplir y que está bien que no se cumplan. Incluido, por supuesto, el deseo hacia otras personas.

¿Cómo podemos luchar todos contra el acoso?

El centro de la cuestión es el sujeto que asume ese rol. Pero el resto de la sociedad no está exenta de responsabilidad. Y eso es una buena noticia, porque significa que también somos parte de la solución. Por un lado, podemos mover las normas de conducta. No solo en la superficie, señalando que el acoso sexual en concreto es inaceptable.

También mirando el problema en su conjunto y entendiendo que esa masculinidad no se puede alimentar más. No se puede aplaudir más. No se puede desear más. Asimismo, poniendo el foco en esa diferencia entre ética y moral, y dando espacio a una construcción crítica de la ética del cuidado que no derive en normas que podamos seguir sin atender a nada más.

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Pero también necesitamos de una reflexión sobre el éxito y sus atributos. Ya he escrito alguna vez sobre los valores éticos que atribuimos, de manera inconsciente, a la belleza física estandarizada. Es decir, cuando alguien tiene un cuerpo acorde con los cánones de belleza del momento, algo en nuestro interior le atribuye una cierta “bondad”.

El malote de la película siempre es guapo. Por eso tiene una chica enamorada que le hará de madre y sacará de él lo que tiene de bueno en el fondo. Si el malote es feo (socialmente feo) ya sabéis que la trama irá por otro lado. Será el mal encarnado, sin nada que rescatar. Y cuidado, porque esta “fealdad” a menudo tiene formas racistas, clasistas y capacitistas. El malo como loco, el malo como vagabundo, el malo como negro o gitano, por poner ejemplos desgraciadamente típicos.

Del mismo modo, atribuimos al éxito social algunas formas de “bondad”, y uso esta palabra que no me gusta demasiado para señalar a alguien inofensivo, a alguien que no daña, que no perjudica de manera intencionada. Alguien con quien podemos bajar las defensas y confiar de que estamos en buenas manos. Plácido Domingo es alguien que canta bien, y que ha tenido los recursos económicos para cultivar esa cualidad.

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Ni más ni menos. Todo lo demás es un espejismo de su éxito social. Escandalizarnos porque no tuviese una conducta ética más allá de la moral de la masculinidad triunfante forma parte de ese espejismo. Esto no lo exculpa en absoluto, pero sí debería poner en guardia nuestra mirada y nuestra confianza.

La otra cara de la moneda es el riesgo que corremos de suponerle una falta de ética a aquellas personas que no tienen éxito social, ni laboral, ni económico. La estigmatización de las clases populares y el miedo a los y las pobres, cuando la gente rica es más peligrosa porque tiene medios para concretar, en caso de maldad, su maldad.

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