NO ME AVERGÜENZO MÁS

El #metoo de la violencia en la infancia

¿Haber vivido violencia en la infancia nos tiene que dejar inevitablemente secuelas para toda la vida? Pues yo me planto: aquello que pasó, ya fue. Y lo explico orgullosa de haber sobrevivido.

Mentes insanas

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Brigitte Vasallo

Queridas Mentes Insanas:

He tardado muchas décadas, muchas lágrimas, muchas ostias, muchas violencias, mucha terapia y mucha amistad recogiéndome una y otra vez pero, por fin, he visto una lucecita allá al fondo.

Yo viví violencia en la infancia. Eso fue así. Una de las cosas que pasan con la violencia es que, en cuanto la nombras, te saltan todas las alarmas y esa sensación de estar falseando la cosa, de que no fue para tanto, de que lo tuyo tampoco fue tan grave.

Y como andamos todo el mundo en esas, pues nos faltan historias compartidas para darnos cuenta de que todas y todos los que vivimos violencias en la infancia pensamos que lo nuestro no fue para tanto.

Que eso forma parte del proceso.

Pues mirad, no sé si fue para tanto o para tan poco, pero crecí en estado de miedo perpetuo y en varias ocasiones, ya de bastante adulta, sentí mi vida en riesgo. Y eso no me parece que tenga que ser lo que pasa en una familia, la verdad.

Total, que he leído un montón de cosas sobre las consecuencias de haber vivido estas situaciones y me he dado cuenta de que hay algo en el relato que nos falta. Y son nuestras historias.

Porque todo apunta a que haber vivido esto nos deja secuelas de por vida, y te acabas convenciendo de que eres una secuela con patas, una persona con una tara, con un vacío que tienes que llenar pero que nunca llenarás porque eso ya pasó y ya me dirás cómo vuelves atrás para llenarlo.

Y me he dado cuenta, o me estoy dando cuenta ahora, a mis 45 años, de que esas narrativas no me han hecho del todo bien, porque han ido reafirmando la idea de una huella de la violencia perpetua, de que ese agujero, ese vacío es real.

Y no lo es.

Aquí me planto. Aquello ya pasó, ya fue. Aquello fue una experiencia vivida que tenemos que situar en su lugar en el tiempo y el espacio, una experiencia que hemos vivido para contarla, que tenemos que estar orgullosas de haberla sobrevivido y estar aquí, de pie.

Que ese agujero es un vacío fantasma, que no existe, que no es real.

Que la violencia misma nos ha hecho creer que el agujero existe y no paramos de darle bola. Basta. Hay que devolverle el agujero a quien lo creó y decirle que no es nuestro, que no es mío.

Que crecí falta de amor, o con un amor violento, que he aprendido un montón de aquella experiencia, que la voy a explicar todas las veces que haga falta porque no me avergüenzo ya más, que cada cual cargue con su fardo, y ese fardo no es mío.

Que no estoy tarada, que no estoy vacía.

Que no me falta nada, que no hay nada que llenar, que no me voy a seguir pensando como víctima y culpándome, además, por victimizarme, que no voy a seguir ponderando si fue para tanto o para tan poco. Que ya fue.

Aún estoy entendiendo todo el proceso y me falta la perspectiva del cierre. Pero ahora mismo estoy aquí, en un lugar que ni había sospechado que existiese.

Y estoy aquí no solo por mí, sino por las amigas con las que hemos compartido historias, porque nos hemos contado, hemos hablado, nos hemos llorado juntas y nos hemos reconocido.

La maravilla de ponernos de pie, a tientas, sí, dubitativas, sí, pero estar ahí y acabar de completar nuestras historias desde el presente, desde lo que hemos logrado ser.

¡Feliz semana, Mentes!

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