Terrores colectivos

Nuestras niñas de Alcásser

El caso de las niñas de Alcásser lo cambió todo. A partir de entonces las niñas dejamos de hacer cosas, convencidas de que somos nosotras las responsables de que no nos pase aquello, en lugar de señalar a los verdaderos responsables.

Mentes insanas

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Brigitte Vasallo

Queridas Mentes Insanas:

El domingo pasado, 27 de enero se cumplieron 26 años de la aparición de los cuerpos de Miriam, Toñi y Desirée, las niñas, nuestras niñas de Alcásser. Habían desaparecido casi tres meses antes, cuando hacían autostop para ir a una discoteca.

Tenían apenas 15 años y fueron torturadas y asesinadas.

He estado atenta a la fecha porque estoy leyendo el libro Microfísica sexista del poder, de Nerea Barjola, la obra definitiva sobre este caso. No, esta obra no investiga quién las asesinó, no es un libro policíaco ni sensacionalista. Es una análisis de cómo aquel crimen nos aleccionó a todas. Es un libro que habla sobre tu vida y sobre la mía.

Para la Barjola, la cobertura mediática de aquel triple asesinato fue una herramienta para aleccionarnos a todas en los peligros de vivir, sin más.

Se puso el foco en las niñas, en sus decisiones “equivocadas” que las llevaron al castigo final, por haber hecho autostop, por haber querido ir a una discoteca, por haber salido de noche.

Se exprimió la historia de una cuarta amiga que aquel día estaba enferma, y cómo “se salvó” por no haber salido. El disciplinamiento del que habla Foucault y que Barjola retoma y aplica con una lucidez pasmante.

Coincidí con Barjola en el Feministaldia de Donosti hace nada. La suya fue la primera conferencia de la jornada ante un auditorio lleno y con mujeres de varias generaciones. Y a medida que la Barjola iba desgranando su pensamiento, nosotras nos íbamos poniendo enfermas, físicamente enfermas.

En el año 1993 yo tenía 19 años y me estaba escapando de casa.

Recuerdo perfectamente el terror dentro y fuera, el pánico a huir hacia un mundo lleno de asesinos de niñas siendo una niña yo también. Recuerdo perfectamente esa sensación de desprotección total y ahora, por fin, entiendo de dónde venía.

Durante todo el día no hablamos de otra cosa y cada una de las muchísimas que estábamos en aquella sala teníamos una historia relacionada con aquel crimen.

Una compañera vasca mayor que yo me contaba la tradición de ir al monte a buscar setas y cómo desde entonces el monte se convirtió en un sitio siniestro y peligroso, a través del recuerdo hiperexplotado de la casa de campo donde las niñas fueron torturadas.

Me contaba que incluso hoy en día aún tiene esa sensación enganchada al cuerpo cada vez que sale al monte, y que pocas veces lo ha vuelto a hacer sola desde entonces.

Pero las compañeras más jóvenes también lo recuerdan perfectamente.

Nunca han hecho autostop, convencidas de que es exponerse a un castigo claro e inminente. El foco en que somos nosotras las responsables de que no nos pase aquello, en lugar de señalar a los verdaderos responsables.

Para la Barjola, el tratamiento mediático de este caso supuso un antes y un después.

Un después del que nunca hemos regresado.

El pasado verano escribí un Mentes Insanas sobre el autostop, después precisamente de haber leído una entrevista con la autora y haberse puesto la máquina de significados en marcha.

Hay maneras de hacer resistencia a toda esta violencia, a la física, a la simbólica, a los terrores colectivos que nos imponen para hacer de nosotras su proyecto de mujeres. Y esta resistencia solo puede ser colectiva.

Entender qué nos ha pasado, organizar nuestras redes de apoyo, y honrar a nuestras muertas con nuestras vidas.


¡Feliz semana, Mentes!

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