Crecer juntos

10 pautas para practicar un consumo sostenible con los niños

Las próximas generaciones van a heredar un planeta en peores condiciones. En nuestra mano está enseñarles a cuidarlo mientras cuidan de sí mismos.

Brenda Chávez
Brenda Chávez

Periodista especializada en consumo y sostenibilidad

El consumo responsable y sostenible se conoce también como consumo consciente, crítico o transformador. Y es que si estamos bien informados sobre qué nos conviene apoyar con nuestro dinero, y con nuestro consumo, nuestras elecciones pueden ser una herramienta de transformación social.

Consumiendo de forma responsable no solo reduciremos los impactos ecosociales de nuestros hábitos de consumo sino que ganaremos en calidad de vida. Una lección importante que compartir con las nuevas generaciones para construir juntos una mayor resiliencia en nuestras comunidades.

Consumo responsable con niños

La mejor forma de transmitirles ese mensaje a los niños es practicando con el ejemplo y aplicando el consumo consciente ya con ellos. Aquí van algunos consejos:

  • Llevar una alimentación sana y sostenible. Es la base de la salud. Consumir alimentos frescos de temporada, a ser posible agroecológicos, y de cercanía, genera menos impacto ambiental, además de favorecer un tejido productivo y comercial sostenible en cada territorio. Si favorecemos el comercio local en vez de las grandes superficies, también contribuimos a crear más resiliencia en nuestras comunidades, pues redistribuye la riqueza tres veces más. Algo muy necesario en los tiempos que corren.
  • Aprovechar ropa usada y adquirir artilugios de segunda mano. Los peques crecen tan rápido que muchas prendas se quedan casi sin utilizar. Por eso, es interesante heredar ropa de la familia, amistades, compañeros... Y, cuando se le ha dado todo el uso posible, si sigue en buen estado, compartirla de nuevo con alguien que la necesite.

    Como en los primeros años de vida requieren muchos artilugios (cunas, bañeras, carritos, sillas de coche, etc.), a menudo se pueden adquirir de segunda mano, y/o revender cuando no se les da más uso. Opciones que salen más económicas para bolsillo, y para el planeta.

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  • Recordar que, con los productos de higiene, menos es más.​ Evita los productos que contienen sustancias sospechosas en su INCI, como los que aparecen en esta guía de bolsillo de la Asociación Vida Sana. Los niños tienen la piel diez veces más fina que los adultos. Un jabón neutro ecológico (que sirva de champú y gel) y algún aceite orgánico (como el de coco), o manteca de karité para la piel, es todo lo que necesitan. La pasta de dientes (preferiblemente ecológica) se puede hacer incluso en casa, en cinco minutos, con ellos.
    Para minimizar el impacto de los pañales hay alternativas: los pañales desechables biodegradables ecológicos y los reutilizables. Los bebés gastan de media seis al día. Es decir, 5.400 en sus 30 primeros meses: una tonelada de ellos cada dos años, unos dos estadios de futbol por criatura, que tardarían 300-400 años en degradarse por sus plásticos, celulosa, derivados químicos polipropileno, polietileno, elásticos, adhesivos y demás materiales.
  • Elegir juguetes y juegos para tomar conciencia. El juego es un derecho reconocido por la UNESCO y el 81% de los progenitores ya considera importante comprar juguetes y juegos "responsables", sin impacto ambiental o social y con cuya compra se colabore en el desarrollo integral de los niños y niñas, incluidos sus aspectos éticos.

    Tengamos presente que detrás de cada juguete hay una concepción del mundo. Pensemos en cómo el Monopoly acostumbró, a varias generaciones, a la especulación inmobiliaria; el Risk, a las luchas geoestratégicas de poder, o la Barbie, a ideales estéticos tóxicos.

    Es preferible potenciar el juego frente al juguete, es decir, potenciar la creatividad y la imaginación frente a lo material y la posesión. Del mismo modo, es más recomendable no promover modelos de ocio basados en el consumo, darles herramientas para no realizar un consumo acrítico, e implicarse, porque jugar en familia crea vínculos de complicidad, ayuda a conocerles mejor y a que ellos nos conozcan mucho más.

    En las navidades se suelen organizar intercambiadores en diversas provincias, a menudo de juguetes y ropa. En ellos se deja aquello que está en buen estado que no se utiliza, y se recoge lo que se necesita.

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  • Optar por material escolar de largo recorrido. Existen plataformas colaborativas donde conseguir el material escolar de segunda mano (se pueden consultar en consumocolaborativo.com). También muchas asociaciones de padres y madres de los centros promueven este tipo de intercambios. Con ello, se optimizan los recursos empleados en esos materiales y se alarga su vida útil. Un gesto que siempre es sostenible.
  • Reusables. Si la botella de agua del colegio y el tupper para comer son de acero, o de cristal, ahorramos cada curso escolar muchísimos plásticos al medio ambiente. Asimismo, contribuiremos a minimizar la plaga plástica si utilizamos bolsas de tela y mascarillas reutilizables (que además suponen un ahorro), y evitamos pajitas, bastoncillos, envases innecesarios y plásticos de un solo uso.
  • Conectar con la naturaleza. Los niños y niñas sienten un biofilia natural: les gusta la naturaleza, les atraen los animales y cualquier ser vivo. En su libro El ultimo niño de los bosques(2005), Richard Louv se refirió al "Síndrome de Heidi" o "Trastorno por déficit de naturaleza" que sufren los niños a los que se priva de la naturaleza. Se trata principalmente de carencias de conocimientos sobre el mundo natural (no saber de dónde vienen los alimentos, cómo funcionan las cosas...), lo que configura un pensamiento limitado, rígido y desligado de una parte esencial de la realidad. Por tanto más vulnerable, por la dificultad de entenderla. Según el autor, cuanto menos tiempo pasan en ambientes naturales, más se reducen sus percepciones físicas y psicológicas, mermando su experiencia humana, lo cual conecta con problemas de ansiedad, obesidad, depresión, hiperactividad, etc.

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  • Juntos mejor. Como padres y madres podemos dar ejemplo cada día: cerrar el grifo al lavar, no usar el WC como basura, apagar las luces que no usemos o el stand by, comprar alimentos sanos y ecológicos, evitar empaquetados, cocinar juntos, reciclar, hacer la decoración navideña, ir a la compra con una lista de lo que se necesita... Todas estas actividades pueden ser lúdicas y educativas.

    El consumo responsable permite cubrir nuestras necesidades sin dañar la Tierra ni poner en peligro la supervivencia de las generaciones futuras. Se promueve como herramienta para paliar el agotamiento de los recursos, la pérdida de biodiversidad, la contaminación o el cambio climático. Enseña a ser críticos y buscar soluciones respetuosas con el entorno y los derechos humanos.
  • Movilidad activa. Conducir nuestro coche es el acto individual más contaminante que podemos realizar, por no hablar de que el coche es el bien de consumo central de una economía basada en energías fósiles que asfixian al globo, causa principal del cambio climático. La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de que un tercio de los ciudadanos de la Unión Europea estamos expuestos a niveles excesivos de partículas nocivas en el aire. Además, en el mundo, 100 millones de personas viven en zonas donde el aire es insano según la OMS, que alerta de que siete millones mueren al año por su mala calidad.

    Priorizar los desplazamientos a pie o en bicicleta (lo que se conoce como movilidad activa), así como coger el transporte público, son hábitos sostenibles que repercuten en el aire que respiramos y en nuestra salud: cada kilómetro a pie reduce un 5% la posibilidad de sobrepeso. Y cada hora en coche la aumenta 6%.

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  • Tecnología con sentido común. Aunque no lo parezca, los nativos digitales necesitan que les acompañemos a digerir críticamente el consumo tecnológico, los mensajes egoístas, insolidarios, violentos, sexistas, manipulatorios, etc., que pueden llegar a ver, o a recibir, para poder gestionarlos adecuadamente.

    A la hora de adquirir tecnología, es interesante optar por aparatos de segunda mano, negociar las horas de uso de la consola, del móvil o la tablet, y compensarlas con horas de lectura, actividades sociales, deportivas, en familia, o al aire libre.

    Educar implica crear ciudadanos felices, participativos, formados, informados, comprometidos y críticos, así como dejar a las siguientes generaciones un mundo mejor, o por lo menos en las mismas condiciones que lo encontramos. Si queremos hijos e hijas estables y sólidos, creemos entornos que lo sean, para que vivan en un círculo de redes sociales intergeneracionales que les nutran y mantengan conectados a lo real.

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