Tomar el control

Ataques de ansiedad: cómo alejar la sensación de pérdida de control

Comprender los procesos "invisibles" de nuestro inconsciente nos ayuda a desmontar nuestros patrones nocivos y crear unos nuevos saludables.

Ramón Soler
Ramón Soler

Psicólogo

La mayoría de las personas acuden a terapia cuando tienen un problema que no comprenden y que, a pesar de intentarlo de muchas formas, no logran superar. Cuando llegan a la consulta, se sienten desbordadas, como si algo externo les controlara y fuera mucho más fuerte que su propia voluntad.

Muchas veces, lo que más les cuesta asumir no es el problema en sí, sino la sensación de pérdida de control. Darse cuenta de que no pueden dominar su cuerpo o su mente les crea un profundo sentimiento de vulnerabilidad e indefensión.

Un ejemplo muy claro de esta sensación de indefensión frente a lo imprevisible de ciertas reacciones de nuestro cuerpo, lo tenemos en los ataques de ansiedad. La mayoría de las veces, estos pueden aparecer de forma imprevista, sin dar ninguna señal de aviso y dejando a la persona con un sentimiento de incertidumbre y desprotección frente a la aparente condición caprichosa de la ansiedad.

¿Por qué se intala un sentimiento de pérdida de control?

En realidad, no existe un agente externo que les domina, sino que sus propios aprendizajes del pasado son los que, desde el inconsciente, siguen actuando y originando las limitaciones o bloqueos del presente.

Esta vida interior, más profunda y oculta, tiene sus propias normas de funcionamiento y es mucho más eficaz a la hora de tomar decisiones que nuestra parte analítica y racional. Por ello, el ataque de ansiedad se presenta de forma inesperada, lo que provoca que la persona se sienta incapaz de dominar la situación.

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Descubrir cuál es el catalizador de la crisis

Cuando Raúl vino a consulta había sufrido dos ataques de ansiedad con apenas tres meses de diferencia. Ambas situaciones fueron completamente inesperadas para él. La primera le sucedió mientras esperaba en la cola del supermercado y la segunda mientras conducía hacia su trabajo.

Raúl se vio incapaz de encontrar un nexo común entre ambos ataques. No comprendía qué podía haberlos causado. Además, le resultaba imposible quitarse de la cabeza la idea de que, en cualquier momento, volvería a sufrir una nueva crisis sin que él pudiera prevenirla o evitarla. Sentía que había perdido el control sobre su vida y que algo (o alguien) podía decidir cuándo volvería a sufrir otro ataque de ansiedad.

Al trabajar en terapia vimos que, en su caso, el catalizador de la crisis no era el lugar en el que se encontraba, sino la tensión acumulada que llegaba al punto de saturarle el cuerpo y desbordarle.

Su primer ataque fue en la cola del súper, pero podía haber sucedido media hora antes o tres horas después, en su casa.

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Desprogramar los aprendizajes dañinos

El principal trabajo que realizamos en terapia es el de entender los aprendizajes dañinos que la persona ha ido interiorizando a lo largo de la vida y los procesos inconscientes que funcionan para acumular tensión o preocupaciones sin tener una válvula sana para ir descargándola.

Es necesario comprender estos mecanismos para desmontar los patrones que no son saludables y buscar alternativas más adultas y conscientes que ayuden a la persona a recuperar el control.

En el caso de Raúl, aprendió a relativizar lo que sucedía a su alrededor y a no tomárselo todo de forma tan extrema como antes. También redujo uno de los factores que más tensión le provocaba, su enorme carga de trabajo. Tenía su propia empresa hortofrutícula y comenzó a delegar tareas secundarias entre sus ayudantes. Además, también trabajamos ejercicios de respiración y concentración para, en caso de que apareciera de nuevo, poder manejar la ansiedad.

El cambio más positivo que experimentó Raúl fue el de recuperar la sensación de control en su vida.

Ya no vivía asustado por tener otra crisis de ansiedad. Se sentía más confiado porque estaba trabajando los motivos profundos que le habían provocado sus niveles tan elevados de estrés.

Sabía que, como todo el mundo, podía tener días mejores y peores, pero, por fin, volvía a caminar seguro. Había recuperado el control en su vida. Este cambio, según sus palabras, le supuso una diferencia abismal: “fue pasar de la oscuridad a la luz, de sentirme muerto a sentirme vivo”.

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