Hermanos

Consecuencias psicológicas de crecer a la sombra de un hermano

Crecer a la sombra de un hermano o hermana, que acapara toda la atención de los padres, puede producir mucho dolor. Recuperar su propio lugar en la familia, libera a estos niños de un gran sufrimiento.

Cuando uno de los hijos de la familia acapara toda la atención de los padres, los perjuicios para los demás hermanos son múltiples. Si los otros niños no reciben toda la atención que necesitan y, además, observan cómo uno de sus pares es favorecido y cuidado con más consideración y esmero, los problemas emocionales y de conducta no tardan en aparecer.

A veces, en las familias con varios hijos, los padres muestran una marcada preferencia hacia uno de ellos. Las causas pueden ser múltiples, por ejemplo, porque uno de los niños presente una condición especial (discapacidad, enfermedad, un talento sobresaliente, etc.), por su posición en la familia (el mayor, el menor) o porque sientan más afinidad hacia él o ella.

En estas familias, se produce un desequilibrio en los roles. Mientras un niño recibe mucha atención, el resto crece con una merma de la presencia y los cuidados de los padres, lo que acarrea problemas de conducta, autoestima, seguridad y autoimagen. Algunos niños muestran su frustración a través de la ira y la indignación, otros, a través de la sumisión y la resignación.

En todos estos casos se genera una ruptura del vínculo de confianza y respeto de los hijos hacia los padres.

Las personas que tendrían que cuidarles y cubrir todas sus necesidades físicas y emocionales, concentran toda su energía solo en uno de los niños, mientras que los demás crecen sintiéndose airados, solos y abandonados. También el niño favorecido recibe daño emocional, puesto que el vínculo que establece con sus padres y sus hermanos no es saludable.

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Un desequilibrio dañino

La familia González acudió a mi consulta porque los padres notaron que su hija menor, Araceli de 9 años, cada vez se mostraba más agresiva con ellos y con su hermano mayor, David, de 12 años. Además, de ser una alumna brillante, había pasado a ser una de las últimas de la clase. Sus notas habían dado un bajón tremendo y la niña, según me comentaron los padres, siempre parecía triste y desmotivada.

Indagando en la historia familiar, me encontré con una familia en la que los roles se habían desestructurado. En una familia sana, equilibrada, todos los miembros son igual de importantes para su funcionamiento. La diferencia entre ellos, únicamente la marcan la división de los diferentes roles (padres, hijos) y las responsabilidades que conlleva esta función paternal. Los padres están ahí para cuidar, por igual, a todos sus hijos.

Sin embargo, en la familia González se había producido un desequilibrio en la estructura de la familia, toda la energía de la familia estaba concentrada en el hermano mayor. Este era un muchacho brillante y talentoso que desde los seis años comenzó a destacar en el campo de la música.

Sus padres se volcaron en ofrecerle todos los cursos y medios a su hermano para que pudiera seguir su pasión.

Toda la vida de la familia giraba entorno a David. Las vacaciones familiares no podían realizarse porque los profesores particulares eran muy caros. Las extraescolares de los dos hermanos se elegían en función de las necesidades y preferencias del mayor. El horario de la casa se estructuraba a partir de los ensayos del niño.

De esta forma, desde que nació, Araceli creció a la sombra de su hermano. No podía ir a clases de pintura, que era lo que ella deseaba, porque a los padres les venía mejor, para llevar a su hermano a piano (al otro lado del pueblo), que ella estudiara flauta (que la impartían a la misma hora). Si quería ir a algún cumpleaños, siempre dependía de que no coincidiera con algún ensayo del mayor.

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Recuperar ela estabilidad emocional

Crecer a la sombra de David, poco a poco, fue apagando la luz de Araceli. Como le comenté a sus padres, para recuperarla, era necesario restaurar el lugar de la niña en la familia. Tenían que trabajar los cuatro para restablecer sus roles, encontrar el equilibrio familiar y recuperar un vínculo seguro y sólido de los dos niños con sus padres y de los niños entre ellos.

Tras una profundo trabajo terapéutico, la familia González logró recuperar su equilibrio emocional. Tanto David como Araceli reciben ya la misma atención y aunque, por supuesto, algunas veces se pelean, ya no es porque la niña se sienta ninguneada y sola. Por cierto, Araceli acude con regularidad a clases de pintura, no se pierde ningún cumpleaños y se siente mucho más feliz y realizada. Como me dijo en nuestra última sesión: “Ramón, ya me siento como una niña de verdad, ya soy yo”.

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