Educación

"En el colegio me etiquetaron de fracasada y me hicieron creer que lo era"

Si pasaste tu infancia escuchando que eras "mala" estudiante, esto pudo afectarte emocionalmente de forma negativa. Ya de adulta, puedes deshacerte de esta etiqueta y comenzar a apreciar tus verdaderas cualidades.

El fracaso en el sistema escolar no determina el futuro de niñas o niños. Dividir a los estudiantes en buenos o malos, además de ser reduccionista, solo crea insatisfacción y baja autoestima en los estudiantes que no logran integrarse en el sistema escolar.

Además, el niño o la niña que se pasa años escuchando que es “malo”, inferior a los demás, acaba por creer a sus mayores y pensar igual que ellos. También, termina por asimilar la idea, no solo de que es peor a los demás, sino que no es bueno para nada y que siempre será una fracasada.

Los exámenes, el comportamiento en clase, la motivación para desarrollar las tareas, no debería determinar de esta forma el futuro de los niños. Nuestro sistema escolar, es un sistema rígido, unidireccional, que no le ofrece ninguna oportunidad a las personas de inteligencias, cualidades o talantes diferentes.

El sentirte siempre juzgado y rechazado por no ser “bueno”, además de afectar a la autoestima, hunde la imagen que el niño tiene de sí mismo.

Esto le impide, más adelante, poder reconocer de forma objetiva todos sus logros y cualidades.

Esto mismo le sucedió a Cristina. A pesar de que se había labrado una carrera sólida en el mundo del arte, era incapaz de ver las inmensas cualidades que tenía y todo lo que podía enseñarle a otras personas. Además de ser inmensamente creativa, le gustaba innovar, investigar, ir más allá en sus exposiciones. Sin embargo, siempre se sentía insatisfecha, le faltaba algo en su interior para ser consciente de su verdadera valía.

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Sentirse un fracasado en el colegio

Cristina acudió a mi consulta triste y ansiosa. A pesar de ser una artista reconocida y que se ganaba muy bien la vida, no lograba sentirse plena. En su primera sesión, me comentó que pensaba que era una fracasada, que no valía nada. De hecho, le acaban de proponer impartir una Masterclass de creatividad en una Universidad, pero no se sentía lo suficientemente buena para hacerlo.

Según me dijo, todas sus primas habían logrado terminar carreras universitarias y ella, aunque comenzó a estudiar Bellas Artes, no había podido terminarla. Siempre había sido, según sus palabras, una mala estudiante.

¿Cómo iba ella a poder enseñar cualquier cosa en la universidad si había sido tan mala estudiante?

Cristina no era la primera persona que acudía a mi consulta afectada por sus vivencias escolares. A lo largo de mis más de veinte años como psicólogo, he tratado cientos de casos parecidos. En esta esta etapa tan significativa, desde el punto de vista emocional, como es la infancia, el ser discriminado y etiquetado como “malo” crea muchos traumas y carencias.

El problema puede agravarse en casa

En su infancia, Cristina no solo había sufrido discriminación en el colegio, también en su casa se había sentido presionada. Sus cualidades artísticas no casaban muy bien en un ambiente familiar rígido, marcado por la profesión de su padre, militar de alta graduación.

Cada vez que Cristina llegaba con malas notas su padre la castigaba. A veces le pegaba mientras le decía aquello de que “la letra con sangre entra”. En ocasiones, la privaba de chucherías, otras le quitaba sus pinturas y pinceles durante días para que “se concentrara en estudiar”.

Cristina nunca recibió consuelo de sus padres, tampoco apoyo ni admiración ante su gran talento artístico. Sus padres querían que estudiara una carrera seria y sacara notas altas como sus primas. Nunca reconocieron que su hija tenía unas inmensas cualidades.

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Liberarse de la etiqueta de fracaso

El trabajo en consulta con este tipo de casos requiere paciencia, ya que estamos tratando de reprogramar ideas que arraigaron en la mente varias décadas atrás. En paralelo, vamos desactivando los mensajes negativos recibidos en el pasado y reforzamos las cualidades positivas que sí posee la persona, pero que no podía desarrollar o reconocer en su momento.

En el caso de Cristina, se liberó de la presión de tener que cumplir con las expectativas de los demás y de la idea de “torpe” y “mal estudiante” que le habían inculcado. Por otro lado, comenzó a valorar mucho más su trabajo y, varias semanas después de finalizar su terapia me llamó por teléfono muy emocionada, para contarme que había impartido la Masterclass en la Universidad y que había sido todo un éxito.

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