Sin crear barreras

Estrategias sanas para proteger las emociones de los ataques externos

Los bloqueos y las barreras que nos creamos en la infancia no son métodos sanos para protegernos de los abusos y ataques externos. Es necesario derribarlos y después elaborar nuevas estrategias saludables para protegernos del exterior.

En el artículo anterior escribí sobre cómo las personas muy sensibles pueden crearse una barrera en su infancia para protegerse de los ataques y abusos externos. También vimos cómo, a largo plazo, esta coraza podía acabar ocasionándoles un grave bloqueo emocional. Puedes leerlo aquí.

Ya de adultas, una vez liberadas de la barrera que se crearon de niños, el trabajo terapéutico no ha finalizado para estas personas. En el presente, para poder conectar con su enorme sensibilidad, pero sin permitir abusos de los demás, han de crear y aprender nuevas estrategias, esta vez saludables, de protección.

Sin embargo, muchas personas abandonan sus terapias cuando comienzan a sentirse un poco mejor, por lo que dejan su trabajo a medias.

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Sanar las emociones requiere constancia

Para no volver a repetir los errores del pasado, resulta imprescindible aprender métodos más sanos de protegerse. De otra forma, se corre el riesgo de volver a crear, frente a los abusos externos, una nueva coraza emocional tan perjudicial como la de la niñez.

En la infancia, esta barrera tuvo su utilidad. Si no tenía a nadie que lo hiciera, sirvió para proteger al niño, a la niña, frente a la magnitud y el peligro del mundo exterior.

Si en terapia eliminamos la coraza, sin realizar un trabajo posterior, vuelve toda la intensidad y toda la sensibilidad del pasado en una etapa, la adulta, que también tiene numerosas complicaciones.

  • En una primera fase de su terapia, Isabel logró liberarse de la barrera emocional que había creado en su infancia para protegerse de los abusos de los demás y del sufrimiento que le había ocasionado ser una niña altamente sensible.

Comenzó a abrirse al exterior y a ser ella misma con mucha más naturalidad, como cuando era pequeña y aún vivía su madre.

Esta liberación de los bloqueos del pasado supuso un paso imprescindible en su proceso de sanación, pero ahí no finalizó su trabajo terapéutico.

  • En la siguiente etapa de su terapia, Isabel tenía que crear estrategias de autoprotección saludables. Puesto que no las había aprendido en su infancia, tenía que hacerlo de adulta.

Tras liberarse de su coraza emocional, Isabel comenzó a abrirse y a conectar más con la gente. Volvió a preocuparse por el bienestar de los demás, no solo de las personas, sino también de los animales, de la naturaleza y del planeta. Según ella me decía, fue como un nuevo nacimiento.

Pero el mundo en el que renació Isabel era tanto o más complejo que el que conoció en su infancia y los ataques exteriores volvieron. Comenzó a encontrarse con personas que intentaban aprovecharse de su buena fe para dejar de pagarle sus facturas o para pedirle descuentos imposibles. Le contaban todos sus problemas para jugar con la pena y la culpa, y conseguir que Isabel trabajara gratis para ellos.

Isabel estaba reviviendo la misma situación de su infancia, en la que, su alta sensibilidad podía llegar a provocarle un enorme sufrimiento. “Si no le cobro a nadie, no voy a poder mantener mi negocio”, me comentó en una de sus sesiones.

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El peligro que corría Isabel era el de volver a levantar su coraza de protección emocional. Sabía que esa no era la solución ideal, pero era lo único que conocía que le había funcionado. Por suerte, continuaba acudiendo a sus sesiones y pudimos trabajar esta situación.

En terapia, el trabajo consistió en aprender a protegerse como no pudo hacerlo en su infancia. Ni sus padres ni sus profesores, en su momento, supieron reconocer su sensibilidad. En lugar de ayudarla, la cargaron con más preocupaciones y responsabilidades, potenciando así su bloqueo emocional.

En primer lugar, Isabel aprendió a diferenciar entre sus propios problemas y los de los demás. Comprendió que no podía hacerse cargo de todo y que había asuntos que no le correspondía a ella solucionar.

Isabel quería seguir ayudando en todo lo que pudiera, pero se dio cuenta de que, si volvía a bloquearse, no podría ayudar a nadie, ni siquiera a ella misma.

Para poder protegerse, pero mantener intacta su sensibilidad, imaginó una especie de filtro, como una espuma que la rodeaba, que le permitía conectar con los demás y reconocer sus emociones y problemas, pero también, que la ayudaba a mantener la lucidez para poder decidir dónde y de qué manera podía ayudar.

De esta manera, Isabel creó y aprendió estrategias saludables de protección emocional. Como me dijo, “no puedo controlar que se me acerquen aprovechados, pero ahora, además de detectarlos mucho mejor, sé protegerme, he aprendido a pensar en mí”.

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