Gestión emocional

La importancia de tener un buen modelo emocional en la infancia

Cuando unos padres no gestionan de forma saludable sus emociones, los hijos tienden a reproducir este modelo perjudicial. Ofrecerle a nuestros hijos un referente sano de manejo de sus emociones, supone una gran ventaja para ellos.

Todas las niñas y niños humanos necesitan cuidados físicos, estímulo intelectual y un acompañamiento emocional respetuoso. Sin embargo, este último aspecto, a pesar del enorme impacto que tiene a lo largo de toda nuestra vida, suele ser el más descuidado de todos los de la crianza.

Muchos niños viven en ambientes donde los padres gritan, insultan, e incluso, golpean o pegan, cuando se sienten desbordados por sus emociones.

Esta gestión emocional tan inadecuada resulta tremendamente perjudicial para los hijos, no solo por la violencia que reciben, sino también, porque aprenden una forma insana de manejar sus emociones.

Problemas para gestionar las emociones

Cuando Pedro llegó a mi consulta, reconocía que le costaba conectar con sus emociones. Apenas podía identificar lo que él mismo sentía y le resultaba tremendamente difícil reconocer las emociones de los demás.

Esta ceguera emocional le ocasionaba enormes problemas en la crianza de sus hijos. Por ejemplo, le costaba distinguir cuando estaban cansados, frustrados o cuando uno se estaba enfadando con el otro. Con bastante frecuencia, por no haber sabido identificar el detonante emocional que las provocaba, se veía envuelto en discusiones o peleas a voz en grito.

Al no haber aprendido a gestionar su propia frustración de niño, la única forma que conocía de poner fin a una disputa entre sus hijos era la de gritar más que nadie.

A veces, gritaba tanto que se quedaba sin aire en los pulmones y su garganta se resentía con una ronquera que le duraba días.

Este problema resulta muy habitual en personas cuyos padres no han sabido ofrecerle un modelo sano a sus hijos para comprender y manejar lo que sienten.

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Cómo aprendemos a gestionar nuestras emociones

En este modelo de crianza natural o respetuosa, no se trata de “enseñar” ni de “educar” las emociones, sino de predicar con el ejemplo, siendo los padres los primeros que son capaces de manejar, de forma adecuada, su frustración, su ira, su miedo o su euforia. A gestionar las emociones se aprende en casa, observando cómo lo hacen nuestros mayores.

Si el modelo no ha sido equilibrado, será muy difícil que el niño posea un manejo de sus emociones saludable.

En el caso de Pedro, sus padres era muy brillantes a nivel intelectual. Su padre era un reconocido cirujano y su madre había sido una de las primeras mujeres ingenieras de la provincia. Ambos habían recibido varios premios por sus trayectorias profesionales, pero dentro de su hogar, el acompañamiento emocional que ofrecían a sus hijos era desastroso.

En casa de Pedro eran habituales los gritos y los golpes contra las puertas o las mesas. Cada vez que surgía algún problema, los padres eran los primeros en estallar. Además, sus hermanos mayores fueron aprendiendo este tipo de reacciones explosivas, por lo que, cuando nació Pedro, el ambiente de su hogar era de continua tensión.

En cualquier momento, alguien se podía enfadar y, entonces, se “desataba el huracán”, como me explicaba Pedro.

Debido a la carencia de acompañamiento emocional que tuvo, el perjuicio que sufrió el joven en su infancia fue triple. Por un lado, la violencia que recibía, por otro, no aprendió el modelo sano y equilibrado de gestión emocional que todo niño necesita y, por último, interiorizó como normal la respuesta de reaccionar con gritos y descontrol ante la más mínima frustración.

En casos como éste, la tarea terapéutica que nos planteamos también ha de ser triple. Resulta imprescindible, además de asimilar y sanar todas las heridas recibidas, desactivar el patrón automatizado del estallido emocional y, finalmente, buscar formas más saludables de gestionar y comunicar las emociones.

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Volver a recuperar el control de las emociones

A lo largo de su terapia Pedro fue comprendiendo que, aunque sus padres eran muy brillantes a nivel intelectual, tenían mucho retraso en cuanto al autodominio de sus emociones. Esta carencia les imposibilitaba ofrecerle un modelo sano y equilibrado de gestión de emociones.

Ellos, a su vez, tampoco tuvieron un modelo sano por parte de sus respectivos padres y podríamos continuar la cadena hacia atrás durante innumerables generaciones. Al acudir a mi consulta, Pedro había decidido no continuar repitiendo el mismo esquema. Según me dijo, “quería ser el último eslabón de la cadena”.

A lo largo de sus sesiones, Pedro fue reconociendo las situaciones que le hacían perder el control y se fue orientando hacia el diálogo y la asertividad. A medida que se liberaba del modelo insano de sus padres, fue conectando con sus propias emociones vividas en la infancia: su enfado, su ira, su frustración, sus miedos o su alegría. Las fue reconociendo como legítimas y, por primera vez, pudo expresarlas.

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