Desde la consulta
Ramón Soler
Psicólogo
Ramón Soler

Infancias difíciles

El jardín secreto de los niños maltratados

Algunas personas logran escapar anímicamente de las situaciones más adversas. Hallar un espacio real en el que sentirse, física y emocionalmente, seguras, les ayuda a mantener el equilibrio.

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Incluso en nuestro mundo occidental, tan colmado de alimentos y bienes, no todas las infancias son fáciles y felices. Existen historias muy duras en las que los niños sufren la presión de crecer bajo el yugo de padres muy severos y autoritarios.

Padres que les golpean, que abusan de ellos, que apenas les dejan libertad y que les dictan, en todo momento, lo que pueden o no pueden hacer.

Ante este panorama, resulta lógico pensar que, quienes han sido sometidos a este tipo de maltrato extremo, se convertirán en adultos profundamente traumatizados y deprimidos, propensos a caer en cualquier tipo de adicción. Sin embargo, esto no siempre ocurre así.

El secreto de los niños que sobreviven a las infancias difíciles

A pesar de haber vivido infancias cargadas de violencia y humillaciones, en consulta, me he topado con algunas personas con una resiliencia asombrosa, que han logrado escapar de este negro panorama al que sus atroces vivencias les abocaban.

Evidentemente, estos individuos sufren secuelas por los traumas experimentados en sus infancias, pero, a pesar de sus carencias, logran llevar una vida, más o menos, equilibrada y normal.

Trabajando en terapia con estas personas, he comprobado cómo todas ellas, a pesar de los abusos y las humillaciones que recibían, habían encontrado un recurso parecido para conseguir mantenerse emocionalmente vivas. Básicamente, este consistía en hallar (y atesorar) un espacio personal e intocable, en el que poder conservar, por unos instantes, su intimidad y su autenticidad.

Un lugar al que conseguían escapar, aunque fuera por unos minutos, de la presión de los adultos. Un espacio, en el que lograban ser ellos mismos. Estos momentos de intimidad a salvo, ayudaron a estas personas a mantener la cordura en una infancia caótica e irracional que ningún niño debería vivir.

Me gustaría aclarar que cuando hablo de este espacio personal, no me estoy refiriendo a un “escape mental” o un lugar imaginario creado como mecanismo emocional para evadirse y refugiarse de la realidad. Podemos concebir este espacio como un “jardín secreto”, un sitio físico real, seguro, en el que nadie controlaba o maltrataba a estos niños, en el que ellos se sentían libres.

Las que fuimos maltratadas

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Aunque este podía ser un refugio al que acudir a diario u ocasionalmente, lo importante para ellos no era tanto la frecuencia con la que lo visitaban, sino la posibilidad que les brindaba su existencia.

Su jardín secreto representaba una vía de escape.

El jardín secreto era una manera de mantener la cordura y evadirse, aunque solo fuera por un breve instante, de las justificaciones absurdas de los adultos.

Allí, solos, se sentían a salvo y se permitían reconocer sus circunstancias vitales tal y como realmente eran: injustas, desproporcionadas y, por desgracia, ineludibles, mientras vivieran con sus padres.

El refugio de Julio

Una historia que nos puede ayudar a comprender perfectamente este concepto de “jardín secreto” es la de Julio, un señor que acudió a mi consulta a los 60 años.

Julio vivió una infancia atroz marcada por un padre alcohólico y una madre obsesionada con la limpieza y las enfermedades.

Mientras que su madre, durante las 24 horas del día, le perseguía y le controlaba para que no se ensuciase, para que se lavase las manos o para que se cambiara la ropa de la calle (por si en ella llevaba adherido algún virus).

Su padre, cada vez que bebía, y esto ocurría a diario, pagaba sus frustraciones con su hijo, propinándole fuertes palizas.

En terapia, Julio me dijo que durante toda su infancia se sintió como un prisionero en un campo de concentración nazi, a merced de la arbitrariedad de los guardias, pensando que cualquier día podía ser el último.

A pesar de lo dramática de su situación, el pequeño Julio consiguió hallar una grieta en el estricto régimen de su casa para tener un momento de privacidad y de conexión consigo mismo.

Me contó que sus abuelos le habían regalado un caballo de juguete, uno de esos grandes con ruedas y balancín. Al niño, le gustaba tanto que pasaba grandes ratos balanceándose en él. Un día, por casualidad, encontró que podía meter la mano dentro del caballo a través de una pequeña hendidura. No era muy grande y apenas se veía, pero le bastaba para poder meter la mano en el cuerpo hueco de su balancín.

Cuando tenía ocasión, Julio cogía furtivamente unas galletas de la cocina y las guardaba dentro de su caballo. Con paciencia, esperaba el momento de la siesta, en el que todos dormían, para encerrarse en su habitación, acercarse a su caballo y disfrutar de ese momento de privacidad mientras comía sus galletas favoritas.

Para Julio, este era su espacio privado, un jardín secreto que nadie conocía y que le permitía liberarse, por unos momentos, del infierno que vivía en su casa.

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