Educar sin coartar

Padres controladores, hijos paralizados

El exceso de control de los padres hacia los hijos no es deseable porque para crecer social y emocionalmente sanos los niños deben poder ser libres de tomar decisiones.

En su afán por cuidar y proteger a sus hijos de todo tipo de peligro, muchos padres acaban cayendo en un exceso de control de sus pequeños.

Suelen ser personas que provienen de familias autoritarias o que albergan miedos exagerados (a veces patológicos) por la salud de sus hijos.

Están tan preocupadas por cuidar y vigilar a sus pequeños para que crezcan sanos que acaban por ocasionar importantes frenos en su desarrollo social y emocional.

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Desde el nacimiento del bebé – o a veces incluso desde el embarazo–, este control extremo puede manifestarse a pequeña y a gran escala y en múltiples facetas.

  • Durante la infancia toman absolutamente todas las decisiones. Con frecuencia en estas familias los padres deciden siempre las comidas que deben comer o los juguetes que se les deben comprar. Ellos deciden también, sin tener en cuenta la opinión o los gustos de los niños, a qué juegos pueden o no jugar, la ropa que deben llevar o qué actividades extraescolares deben realizar.
  • En la juventud guían todos sus movimientos. Cuando los hijos ya mayores este tipo de padres tratan de decidir los amigos con los que pueden salir, la carrera que deben estudiar o la pareja adecuada para ellos.
  • Se muestran desconfiados. Estos adultos manifiestan una completa falta de confianza en los niños y argumentan que sus hijos, por ser pequeños, no pueden tomar decisiones. Creen que es su responsabilidad seleccionar y manejar todas las opciones en la vida de sus pequeños.
  • Consideran el control una forma de amor. Una estrategia utilizada comúnmente por estos padres es la de disfrazar este exceso de control por cariño y preocupación por el niño. Suelen repetirle, a menudo, frases como “te cuido, te quiero, lo hago todo por ti” o “es por tu bien”.

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Los niños que crecen bajo este control excesivo ven perjudicada su salud emocional. Y es que el control paterno, llevado al extremo, crea sumisión, dependencia y parálisis permanentes en ellos. Las consecuencias en su desarrollo son múltiples.

  • Son poco resolutivos. El no poder jamás decidir, controlar la comida que toman o pensar qué ropa o actividades realizar, les acaba impidiendo aprender a crear estrategias para desenvolverse en la vida. Desconocen cómo afrontar de forma resolutiva los problemas que les van surgiendo en el día a día.
  • Les cuesta tomar desiciones, les provoca ansiedad. Cuando llega una dificultad o tienen que tomar una decisión, se bloquean, no osan lanzarse. Siempre necesitan a una persona a su lado que tome las decisiones por ellos.
  • Se acostumbra a que los demás impongan su criterio. El niño, que confía ciegamente en que sus padres le quieren y le cuidan, asume estas premisas como ciertas y se convence de que todo el control de sus padres es por su bien. Eso les hace pensar que el amor es control y es fácil que en la edad adulta asuman que sus amigos o parejas tienen derecho a ejercer control sobre sus vidas.

El caso de Lucas, el niño mimado eternamente bloqueado

Con frecuencia acuden a mi consulta personas que han vivido durante sus infancias un control desproporcionado por parte de sus padres.

Este es el caso de Lucas, hijo único al que, según me contó en nuestra primera sesión, sus padres habían “cuidado y mimado con devoción durante toda la vida”.

Su motivo de consulta era una sensación de bloqueo permanente. Tenía 25 años y muchas posibilidades por delante pero no sabía qué hacer. Tener que elegir su futuro laboral le generaba una enorme ansiedad y se veía incapacitado para decidir.

Pronto pude detectar que los padres de Lucas sí que le habían cuidado y protegido con “devoción”, hasta el punto que habían ejercido sobre él una vigilancia tiránica.

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Nunca le habían permitido jugar igual de libre que sus amigos o sus primos. Desde muy pequeño, había interiorizado frases como “esto es demasiado peligroso” o “no quiero preocupar a mis padres”.

A lo largo de sus sesiones, Lucas fue tomando conciencia de que la crianza que había tenido le había impedido ser igual de resolutivo y dinámico que otros amigos suyos.

Me confesaba: “Me he sentido muy protegido y seguro, pero noto que no he salido de las faldas de mi madre. Mis padres siempre me han estado sacando las castañas del fuego”.

De hecho, con 25 años, vivía en un piso de alquiler pagado por sus padres. Su madre le llevaba la comida casi todos los días, le hacía la colada y le ayudaba con la limpieza del piso.

Salir del doble juego de protección y control

En apariencia estos eran actos de cariño. Sin embargo, mientras él no estaba, le revisaba la basura para vigilar si había tomado algún dulce más de lo estipulado. Incluso controlaba hasta la caja de condones que Lucas guardaba en su mesita de noche.

Y este es el doble juego. Sus padres siempre le ayudaban pero el precio a pagar era muy alto: estar vigilado y sometido a su control.

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Este doble juego implica que, para poder liberarnos de ese control paterno, sea necesario primero ir ganando gradualmente confianza en nuestras propias posibilidades y en nuestra capacidad de tomar decisiones sobre nuestra vida.

Lucas lo logró. Cuando terminó su terapia decidió aceptar un trabajo en otro país (alejado miles de kilómetros de sus padres). Según me dijo, necesitaba aprender a hacerlo todo por sí mismo.

Por cierto, la primera compra que hizo al llegar a su nueva ciudad fue ¡una bicicleta! Sus padres nunca le habían dejado montar en una porque consideraban que era muy peligroso.

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