Infancia y emoción

¿Por qué me cuesta tanto pedir ayuda?

Algunas personas, aunque estén inmersas en graves problemas, se ven incapaces de pedir ayuda. Intentan resolverlo todo ellas solas, aunque a veces, esto no sea posible. ¿Qué pueden hacer para salir de este estado de incomunicación?

Cuando Esther acudió a mi consulta, lo primero que me dijo, nada más entrar, es que para ella aquello era un milagro. Nunca pedía ayuda, no la necesitaba para nada, me dijo. Sin embargo, según continuó contando, había llegado a un punto en su vida tan caótico que no sabía por dónde seguir y, por eso, tras una conversación casual con una amiga suya, se decidió a probar la terapia conmigo.

Cooperar, acudir a los demás cuando es necesario, confiar en otras personas, son conductas que los seres humanos asimilamos, desde muy pequeños, de forma natural. Nacemos indefensos, débiles y dependemos de los adultos de nuestro alrededor para poder sobrevivir. Si nuestros padres nos crían en un estado de apego seguro, en el que nuestras necesidades se ven cubiertas automáticamente y nos sentimos, de continuo, protegidos, crecemos seguros de nosotros mismos y con una alta autoestima.

Infancia, autoestima y salud emocional

A mayor autoestima, la imagen que de nosotros mismos elaboramos, más positiva será. Buscando un símil fácil de comprender, cuanto más cariño y apoyo nos han mostrado nuestros padres, más amor y afecto sentimos hacia nosotros mismos.

Además, este apego seguro también dota a los niños de equilibrio personal y de madurez. A medida que crece, un niño que se siente seguro de sí mismo, comienza a explorar, a independizarse de sus padres y a valerse por sí mismo. Cuando necesita ayuda, no duda en acudir a sus padres o a las personas de su alrededor para solicitarla.

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Aprender a pedir ayuda

Sin embargo, ocurre, como en el caso de Esther, que en muchos hogares, la relación de los padres con los hijos no es tan fluida. Si los pequeños, en vez de seguridad, reciben de sus padres indiferencia o miedo (castigos, represión, desafección, etc.), las consecuencias para su salud emocional son catastróficas.

El miedo, la represión, costumbres como “déjalo llorar que es buen para sus pulmones”, “un cachete a tiempo es necesario”, “no le cojas que se acostumbra”, “ a dormir solo en su cuarto desde los seis meses”, dejan un poso en los niños de desamor y baja autoestima.

Estos niños no se sienten amados, o solo a ratos, y no aprenden a amarse tanto como deberían.

Estos niños, no se piensan con palabras bonitas, con expresiones empoderadoras. No creen en ellos mismos, si sus padres no les amaban, no les cuidaban, se sienten que no merecen ser amados por nadie.

Estos niños, deben mostrarse independientes y maduros de golpe, sin tener la edad, ni el tiempo suficiente para aprender las habilidades que necesitan para poder desenvolverse solos en la vida.

El caso de Ester, la niña que aceptó que debía valerse sola

Los padres de Esther, desde que era un bebé de una semana, la dejaron al cuidado de diversas personas. Como recordaba Esther, algunas de estas personas, la pegaban, otras la regañaban, otras no le hacían caso. Recordaba en especial a una, cuando tenía tres años, que se pasaba la mañana encerrada en su cuarto con su novio.

Esther se sintió sola toda su infancia, no tenía a nadie a quién acudir cuando lo necesitaba.

Probó a pedirle ayuda a las cuidadoras, pero decían no tener tiempo y la dejaban sola para todo. Por las noches, acudía a mamá o papá, pero estaban muy cansados y la gritaban.

Ante esta situación de continua soledad, la pequeña asimiló la idea de que en la vida tendría que valerse sola para todo. Sin embargo, en determinados momentos, todos necesitamos apoyo o ayuda.

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Ayuda, ¡soy madre!

Cuando vino a consulta, Esther acababa de tener un niño hacía tres meses. Se sentía sola, desbordada. En su segunda sesión de trabajo me dijo: "Ramón, creo que me estoy volviendo loca. Quiero cuidar a mi bebé y protegerlo, hacerlo yo todo sola, no quiero que se sienta abandonado como me sentía yo, pero me siento tan agotada, no descanso, no duermo, no tengo tiempo ni de comer bien o ducharme".

Poco a poco, en terapia, fuimos trabajando la confianza en los demás. Esther comprendió que tenía una visión muy negativa de las personas debido a sus duras vivencias. No es que debamos confiar en todo el mundo, pero, sí que podemos pedir ayuda a muchas personas que realmente son de confianza.

Además, también trabajamos su autoestima y el amor propio. Esther se sintió merecedora de amor, de cuidado y de protección.

El comprender que ella también podía ser cuidada y recibir mimos, la ayudó mucho a aprender a pedir apoyo cuando lo necesitaba.

Esther me dijo en una de sus últimas sesiones: "Ramón, cuando antes me encontraba en un problema grave, sentía como un nudo en la garganta, no podía ni hablar, no podía pedir ayuda ¡ahora el nudo se ha deshecho!"

Esther fue una niña obligada a independizarse cuando aún tenía que ser dependiente. Ya de mayor, esta independencia forzada le pasó una fuerte factura emocional. Tras su proceso terapéutico, Esther se liberó de toda la carga represiva que arrastraba y pudo, por fin, pedir ayuda cuando lo necesitaba.

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