Aprendizajes tóxicos

¿Puede cambiar una persona?

Arrastramos problemas que pensamos que forman parte de nosotros. Sin embargo, muchos de ellos fueron adquiridos en nuestras infancias. Desmontar estos aprendizajes tóxicos nos ayudará a cambiar.

“Yo siempre he sido así y no lo podré cambiar”. Muchas personas que acuden a terapia a causa de problemas de timidez, miedos, ansiedad... creen ciegamente en esta especie de maldición de nacimiento.

Eso les impide confiar en la capacidad que tienen de cambiar su realidad. Por eso esta crecencia constituye precisamente uno de los peores obstáculos que existen para conseguir cambiar.

Cuando las personas interiorizan la idea de que sus problemas forman parte de ellas, casi como si estuvieran inscritos en su código genético, apenas se plantean la posibilidad de modificarlos.

Mucho de lo que somos lo hemos aprendido

¿Por qué somos así (de tímidos, de miedosos, de dependientes...? Muchas personas creen que la personalidad está marcada en el ADN. Sin embargo, una gran cantidad de las carencias emocionales de las personas provienen de aprendizajes tóxicos adquiridos durante los primeros años de edad.

Este cambio de perspectiva lo cambia todo porque significa que es posible trabajar para desaprender esas enseñanzas tóxicas y reforzar otras estrategias vitales mucho más saludables.

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A nivel psicológico, por lo tanto, este cambio de concepción supone una enorme diferencia. La primera opción, la de la maldición o culpa “genética”, produce parálisis y un enorme bloqueo. Mientras que la segunda, la de las causas ajenas a la propia naturaleza, ofrece fuerzas y esperanza para trabajar en el cambio. La persona confía en que este es posible.

¿Seguro que siempre has sido así?

Para este tipo de personas que, desde que tienen uso de razón, recuerdan sufrir por sus problemas, uno de los momentos más fundamentales y decisivos en su terapia es cuando se percatan de que no siempre fueron así.

Cuando se dan cuenta de que durante una época de sus vidas, anterior a la aparición de sus dificultades, fueron mucho más libres y auténticos.

Este descubrimiento suele suceder en la fase intermedia de sus terapias, tras una (o varias) sesiones cruciales que marcan un punto de inflexión en su proceso terapéutico.

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En esta etapa, la persona encuentra el origen de su problema y comprende que éste no forma parte de ella, sino que fue un aprendizaje muy dañino que surgió como consecuencia de unas determinadas circunstancias. A partir de este momento, se implica completamente en su transformación y el trabajo terapéutico resulta mucho más fluido.

El caso de Manuel y sus problemas con la comida

Para poder comprender cómo se produce este cambio os traigo el caso de Manuel. Se trata de un chico que acababa de cumplir los 40 años y acudió a mi consulta para tratar un problema que tenía con la alimentación.

Según me explicó en la primera toma de contacto, le resultaba imposible comer algo sólido. Para poder alimentarse, el joven necesitaba triturar todo lo que comía, ya que sentía náuseas cuando encontraba en su boca el más mínimo trozo sólido.

En nuestra primera sesión, al preguntarle desde cuándo recordaba este problema, me dijo, sin dudarlo ni un segundo, que siempre había sido así. Desde que tenía uso de razón, había tenido este problema con la comida.

Me dijo que su madre siempre le había contado que “desde que nació era un verdadero trasto para la comida. Una pesadilla”.

Desde su más tierna infancia, Manuel había escuchado esta anécdota una y otra vez, por lo que la había aceptado sin cuestionarla. Hacía años que había asumido que su problema formaba parte de él y no creía que pudiera hacer nada por cambiarlo.

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Sin embargo, el hecho de que estuviera en terapia, indicaba que aún albergaba esperanza de poder encontrar una solución, de modo que seguimos trabajando.

Varias sesiones después, Manuel conectó con un recuerdo de su primera infancia, en el que, apenas con 18 meses de vida, su madre le sentaba con violencia en su regazo, le inmovilizaba y le obligaba a comer a la fuerza, introduciéndole, una y otra vez, sin descanso, la cuchara en la boca.

Según me relató, en aquellos momentos, sentía pánico y notaba su cuerpo completamente rígido.

El único movimiento que el pequeño podía hacer era abrir la boca y tragar, sin parar, lo que su madre le daba. Se sentía impotente y el notar la textura sólida de la comida en su boca le produjo una profunda aversión.

Ante el recuerdo de este suceso, Manuel comprendió cómo en su interior se sumaron todas las emociones desagradables: rechazo por la comida, rabia e impotencia contra su madre por forzarle de esa manera, dando origen a su incapacidad para comer cualquier alimento sólido.

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Manuel terminó su sesión consternado y fuertemente impactado por la escena que había recordado, pero con un brillo singular de felicidad en sus ojos. Por primera vez, en sus 40 años de vida, se daba cuenta de que su problema no era algo “suyo”, de nacimiento, sino que había surgido como consecuencia de su experiencia traumática con la comida.

El cambio está en ti

Este cambio de perspectiva sobre su problema, supuso un giro radical para la vida de Manuel. El joven se sintió como si se hubiera liberado de una gran losa.

A partir de estos momentos, su terapia avanzó con fluidez y Manuel, semana a semana, me iba relatando sus avances a medida que probaba diferentes texturas. Obviamente, unos alimentos le gustaron más que otros, pero el joven ya se sentía libre para poder elegir lo que quería comer, sin tener que reducirlo todo a papilla.

Como hemos visto, pensar que un problema forma parte de nuestra genética o verlo como un aprendizaje tóxico supone una diferencia radical la hora de afrontarlo.

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Eso sí, toda persona que acude a realizar terapia psicológica debe ser consciente de que los cambios se consiguen a base de mucho esfuerzo e implicación en el proceso. Si el sujeto no se responsabiliza y no se toma en serio su terapia, difícilmente avanzará y logrará alcanzar sus objetivos.

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