Hermanos

¿Puede influir ser el hermano pequeño en la autoestima?

​ Las relaciones entre hermanos pueden llegar a ser muy complicadas. Si los hermanos mayores se pasan la infancia denigrando a los menores, la autoestima de los más pequeños puede resultar muy dañada.

Cuando en las familias no existen dinámicas saludables, todos sus miembros acaban atrapados en relaciones de control y sumisión muy dañinas. En familias en las que los niños crecen inseguros y carentes de atención, la llegada de un hermano pequeño puede significar para los demás, una auténtica catástrofe. Reciben al recién nacido como un enemigo que ha venido a disputarles el escaso tiempo y cariño de los padres.

Las estrategias que utilizan los hermanos mayores para destacar o para procurarse la atención de sus padres pueden acabar afectando al carácter futuro del pequeño.

Podemos descubrir estos efectos perjudiciales cuando quien acude a terapia es el hermano o la hermana pequeña, ya adulta, para trabajar diversos problemas emocionales. Esto fue lo que sucedió con Daniela, la menor de tres hermanos, que acudió a mi consulta para trabajar una autoestima muy dañada. Según me confesó en nuestra primera sesión, aunque las personas cercanas que la querían intentaban hacerla ver lo válida que era, siempre se sentía inferior a los demás.

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Puede ser el origen de una baja autoestima

Uno de los efectos secundarios de una baja autoestima es el carecer de una percepción realista de la propia valía. Las personas como Daniela siempre están comparándose con los demás y percibiéndose, aunque la realidad sea justo la contraria, como más incapaces que los otros. De hecho, tuve una entrevista con la pareja de Daniela y me explicó que en su trabajo estaba muy bien valorada y había sido ascendida en varias ocasiones.

A pesar de que sus jefas estaban muy contentas con su desempeño, ella siempre se centraba en destacar los pequeños errores que había cometido y se mostraba incapaz de valorar todo lo positivo que había logrado.

Si algo le salía bien, siempre lo achacaba a la buena suerte.

Para comenzar a trabajar la autoestima, previamente tenemos que comprender que ningún niño nace con la autoestima baja. Un bebé no se plantea si es mejor o peor que los demás, o si podrá andar o no, simplemente, practica, aprende y, cuando ya está preparado, camina. La baja autoestima es un efecto del trato recibido desde el exterior y de mensajes negativos que se van acumulando hasta afectar a la percepción que el niño tiene sobre sí mismo.

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Comprender el origen del problema

Como hacemos siempre en terapia, comenzamos a investigar el pasado de Daniela para tratar de comprender el origen de esta visión tan negativa de sus capacidades. Uno de los aspectos que más llamaban la atención de su caso era la relación con sus hermanos.

Estos, varios años mayores que ella, siempre comentaban, como una broma familiar y sin darle mayor importancia, que cuando nació Daniela, se mostraron algo celosos. Sin embargo, cuando la joven fue narrando su historia en sus sesiones terapéuticas, comprendimos que la realidad que vivió fue bastante más dura que la anécdota que contaban sus hermanos.

Los hermanos de Daniela, tres y cinco años mayores que ella, se pasaron toda la infancia denigrando a la niña.

Cuando no podía hacer las mismas cosas que ellos, le hacían quedar como torpe, la insultaban y la llamaban “tontita”, “inútil” o le espetaban frases como “no sabes hacer nada” o ”eres una negada”. Obviamente, por edad, ellos eran más hábiles y fuertes que ella, y sus insultos no tenían ningún sentido, pero la pequeña Daniela los tomaba como reales y, durante años, día tras día, fue convenciéndose de que era una inútil, una negada que no podía hacer nada bien.

Varias décadas después, cuando vino a mi consulta, Daniela seguía viéndose a sí misma como muy inferior a todos los demás. Seguía pensando que era una inútil y evitaba embarcarse en algunos proyectos muy buenos que le ofrecían, convencida de su incapacidad para llevarlos a cabo. En una de nuestras sesiones me explicó que una idea que siempre estaba presente en su cabeza era “para qué lo voy a hacer, si seguro que los demás son mejores que yo”.

En su terapia, Daniela comenzó a darse cuenta de que aquellas comparaciones de antaño habían sido profundamente injustas.

Sus hermanos eran varios años mayores que ellas y esto suponía una gran diferencia a nivel de habilidad, fuerza y precisión. Recordó que, en el colegio, cuando se comparaba con otras niñas y niños de su edad, había destacado en casi todas las materias.

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Daniela comenzó a valorar aquellos ámbitos en los que, incluso, era superior a la media. Por ejemplo, siempre se le habían dado bien las matemáticas y era muy hábil con los números.

Trabajaba en el departamento de contabilidad de una multinacional y sus jefas la valoraban mucho porque era capaz de detectar aquellos pequeños errores que los demás habían pasado por alto. Ella siempre había achacado esta habilidad a la buena suerte, sin embargo, poco a poco, se fue convenciendo del mérito que realmente tenía.

Al comprender su historia y las dinámicas que imperaban en su familia, Daniela también pudo liberarse del rencor que siempre había guardado a sus hermanos por haberla tratado así de mal. Ellos también habían sido víctimas de unos padres que vivían demasiado ocupados en sus propios asuntos y que no tenían tiempo para atender adecuadamente a sus hijos.

La falta de atención que sentían los mayores no era culpa del hermano pequeño, sino de la falta de presencia de los padres. De hecho, la pequeña Daniela tampoco se había sentido acompañado en su infancia. Tal y como me dijo en una sesión: “no es que yo les estuviera robando la atención de mis padres porque, sencillamente, no había ninguna atención que robar”.

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