Motivación personal

¿Es demasiado tarde para cambiar? ¡Para nada!

Sin importar la edad que tengamos, nuestro cerebro está capacitado para transformar actitudes dañinas y aprender otras nuevas, más saludables. La clave del cambio está en nuestra motivación.

Muchas personas son conscientes de que tienen problemas emocionales y de que, para poder superarlos, necesitarían modificar ciertas actitudes personales muy dañinas. Sin embargo, se ven (y piensan) muy mayores para plantearse cambios en sus vidas. Para justificar su parálisis, repiten frases como “yo ya no puedo cambiar ¿qué le vamos a hacer?” o “soy demasiado mayor, a mi edad ya no se puede hacer nada”.

Este planteamiento no es solo argüido por gente de edad avanzada, he conocido a personas bastante jóvenes, que lo estaban pasando francamente mal en su vida, pero que se sentían incapaces de cambiar. Me decían: “siempre he sido así y no puedo hacer nada para remediarlo”. Esta postura inmovilista, que les impedía plantearse un horizonte diferente para su futuro, les arrastraba a seguir sufriendo y a continuar dañando a sus seres queridos.

¿Hasta qué edad es posible cambiar nuestros patrones negativos?

Sin bien es cierto que modificar nuestros hábitos no es tarea sencilla, la buena noticia es que siempre, sin importar la edad que tengamos, estamos a tiempo de modificar los patrones negativos que arrastramos desde la infancia. Siempre podemos introducir cambios en nuestra vida y esto no es algo que tenga que ver con la edad. Tanto jóvenes como mayores, pueden cambiar si realmente se lo proponen.

A finales del pasado siglo, en las facultades de psicología y medicina, se nos enseñaba que el cerebro tiene una gran capacidad de aprendizaje durante los primeros años de vida, pero que,a partir de la adolescencia, comienza a degenerarse y progresivamente, acabamos por perder esta cualidad.

Sin embargo, los descubrimientos neurológicos de las últimas décadas nos hablan de la plasticidad cerebral y de cómo podemos modificar hábitos y aprender nuevos conocimientos durante toda la vida. Hoy en día sabemos que, mientras vivamos, tenemos la posibilidad de transformar nuestras ideas, costumbres y conductas.

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La clave está en la motivación

Cuando un joven llega a mi consulta con dudas sobre si, a pesar de su edad, podrá cambiar sus patrones, siempre le hablo del caso de Antonia, una señora de 75 años que sufría depresión y dolores crónicos que no respondían a ninguna medicación. Fue, precisamente, su médico de la Unidad del Dolor quien le recomendó buscar una terapia psicológica para trabajar los aspectos emocionales que le estaban afectando a sus problemas físicos.

Desde el principio de su terapia, Antonia se implicó al cien por cien en su proceso de sanación.

Tenía muy claro que quería luchar por salir de su estado depresivo y no dudó, en ningún momento, de si sería capaz de conseguirlo a pesar de su avanzada edad.

A Antonia, nadie le había hablado de aquellas teorías del siglo pasado sobre el estancamiento y deterioro cerebral, de modo que estaba convencida de que, a sus 75 años, podía aprender a cambiar. De hecho, era su edad lo que más la motivaba. Había pasado toda su vida, sin pensar en ella misma, esforzándose y sacrificándose por los demás, y ahora que veía cerca el fin, quería deshacerse de todos sus condicionamientos y miedos para centrarse en ella y aprender a disfrutar.

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Desde esta perspectiva, no solo se sentía muy estimulada a cambiar, sino que podría decirse que tenía urgencia por hacerlo. En su primera sesión, me dijo: “No sé cuánto me queda de vida, pueden ser años, meses o semanas. Lo que sí sé es que todo el tiempo que tenga, quiero disfrutarlo y vivirlo al máximo”.

Con esta motivación, fuimos trabajando en terapia y comenzó a liberarse de los traumas y abusos que había sufrido a lo largo de su extensa vida. Después de 75 años, Antonia aprendió a valorarse, a defenderse de los abusos y a expresar claramente su opinión sin preocuparse de lo que pensaran los demás.

Por primera vez en su vida, comenzó a cuidarse y pudo ver el mundo con otros ojos, ya no desde la oscuridad, sino desde la alegría y la ilusión por vivir.

Ya han pasado casi 15 años desde que Antonia vino a mi consulta y no sé nada de ella. No sé si seguirá viva o si ya habrá fallecido, pero estoy convencido de que, tal y como ella deseaba, habrá disfrutado de sus últimos años de vida al máximo.

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La conclusión que debemos sacar de esta historia es que, si Antonia con 75 años, pudo cambiar y darle a su vida un giro de 180º, nosotros también podemos hacerlo. Lo importante no es la edad, sino la motivación para querer dejar atrás actitudes y patrones que no nos son útiles, que nos paralizan y nos impiden disfrutar de la vida.

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