La voz de Roy Galán

Métete en tus asuntos (y deja los míos en paz)

Entrar a valorar todas aquellas cuestiones personalísimas de los demás es una falta de educación absoluta. Sea quien sea esa persona. Hay algo que ha de quedar lejos de las apreciaciones ajenas. Hay cosas en las que ni tus amistades deberían pronunciarse si antes tú no les preguntas su opinión.

La voz de Roy Galán es un podcast del escritor Roy Galán para la revista Mentesana. Escúchalo y compártelo.

Hay muchísimas cosas de los demás que no nos incumben.
A quién aman.
A quién desean.
Cómo viven, cómo se visten, qué deciden hacer con su tiempo libre.
Qué ven, qué leen o qué escuchan.

Lo único que nos tendría que importar de los otros son aquellas cosas que nos afectan.
¿En qué te afecta a ti el cuerpo que tenga alguien?
¿En qué te afecta su ropa?
¿En qué te afecta con la persona o personas con las que decida mantener una relación?
¿En qué te afecta?

En absolutamente nada.
Pero los seres humanos necesitamos ejercer nuestro poder sobre los demás.
Necesitamos ese control que nos da el creer que tenemos derecho a opinar sobre cómo vive el resto sus vidas.
Necesitamos marcar un territorio.
Decir qué es normal y qué no lo es.

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Porque tenemos miedo a que nuestra realidad no sea la única.
Tenemos miedo a que todo lo que nos hemos creído que es verdad no sea más que un cuento.
Y por eso señalamos, criticamos, expulsamos o ridiculizamos todo lo que no encaja.

Porque cada vez que señalo algo.
Cada vez que lo separo de mí.
Lo único que hago es confirmar que mi espacio, mi sitio, mi lugar, es el correcto.
Es el único.
Es el que debería ser.

Entrar a valorar todas aquellas cuestiones personalísimas de los demás es una falta de educación absoluta.
Sea quien sea esa persona.
Hay cosas tuyas que no son de tus padres o madres.
Cosas en las que tus amistades no deberían pronunciarse si antes tú no les preguntas su opinión.

Hay algo que ha de quedar lejos de las apreciaciones ajenas.
Porque si no salvaguardamos eso.
Si no somos capaces de proteger eso íntimo que nos constituye.
Entonces estaremos a expensas de lo que los demás quieran ver en nosotros y nosotras.
Estaremos condicionados.

No seremos libres.
Porque nos infectarán con su miedo.
Y empezaremos a dudar.
Igual hay algo malo en querer a esta persona o en acostarme con esta otra.

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Igual hay algo malo en la forma de reírme tan alto.
Igual hay algo malo en mis zapatos o en el color de mi pelo.
Igual hay algo malo en mí.
Tal vez debería ser más “normal”.

Debería plegarme a los deseos de otros para que me acepten.
Para ser querida.
Para no ser rechazado.
Pero aceptar eso, claudicar aquí.
Es dejar que nos ganen.

Es rendirte a ser tú para complacer a los demás.
Y eso es lo peor que podemos hacer.
Porque una existencia en la que no puedes ser tú.
Es a todas luces.
Una peor existencia.

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