Pronósticos frustrados

Tras la expectativa, la gran desilusión

Nos hacemos una foto mental de una persona y resulta que luego esa imagen sale movida. Y entonces nos frustramos, nos decepcionamos, porque nuestra predicción no se ha cumplido.

La expectativa sobre los demás es un imposible.

Porque nunca sabemos cómo realmente va a actuar la otra persona.

Sabemos, eso sí, cómo nos gustaría que lo hiciera.

Para salir nosotros ganando.

O cómo lo haríamos nosotros en su lugar.

Inyectando así nuestra propia moral a la piel de los actos ajenos.

Pero nunca cómo lo hará ella.

Y cuando esa persona lo hace de la manera que siente: nos decepcionamos.

Nos frustramos terriblemente porque el otro ha salido movido en esa foto mental que queríamos hacerle.

Porque eso nos mueve los pies del suelo ya que no lo tenemos todo controlado.

La expectativa es una prolongación del yo hacia el futuro.

Para ver si podemos predecir algo.

Pero no podemos hacerlo.

Porque todo cambia.

Esperar algo de alguien es encerrarle en una jaula.

Es envasarla al vacío y ponerle una etiqueta y meterla en un congelador.

Es no contemplar la riqueza misma de la vida.

No tener expectativas sobre nadie nos hace libres y hace libres a los demás.

Igual que asumir que no todos somos iguales.

Que hay tantas posibilidades como cuerpos.

Tantos matices como cerebros.

Porque aceptar lo que el otro es aunque no sea lo que esperábamos es también una manera de querer.

Porque dejar que el otro haga lo que quiera y no lo que tú esperas es una forma profunda de respeto.

Respetar.

Para que la única persona sobre la que pretendas algo sea siempre.

Sobre ti misma.

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