La voz de Roy Galán

No quiero otro cuerpo: quiero este que es el mío

Todos los seres humanos tenemos un cuerpo. Y es nuestro. Es el lugar desde el que existimos. Y ya solo por eso es válido. Da igual si alto o bajo, delgado o gordo. Es nuestro. Y hay en esta afirmación del propio cuerpo algo poderosísimo. Algo irreductible. Nuestros cuerpos nos pertenecen.


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Si hay algo que tenemos todos los seres humanos es un cuerpo.
Aunque muchas veces lo olvidemos.
Porque vivimos en nuestros pensamientos.
Un cuerpo.
Qué complicado es habitar un cuerpo que todo el mundo puede observar.
Del que todo el mundo tiene algo que opinar.

¿Se han parado a pensar alguna vez el daño que puede hacer que alguien censure tu cuerpo?
Por eso, si no te preguntan, no digas nada del cuerpo de nadie.
Porque no sabes qué hay detrás de ese cuerpo.
Cuántas inseguridades y miedos se esconden por dentro.

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Todos los seres humanos tenemos un cuerpo.
Y los cuerpos se han convertido en lugares de venta de una franquicia llamada belleza.
Nos hacen así aspirar a tener todos y todas el mismo cuerpo.
Haciéndonos temer que, de otra manera, no seremos deseables.

¿Y quién no quiere ser deseable para los demás?
Nos obligan a la delgadez, a la ausencia de vello, al bronceado, tonificado y a los dientes de color blanco.
Nos hacen desembolsar ingentes cantidades de dinero prometiéndonos que así nos querrán.
Pero no es verdad.
El amor nada tiene que ver con un cuerpo.
El amor es justamente aquello que trasciende el cuerpo.
Porque el cuerpo es un medio para amar.

Pero es más rentable que sintamos asco, claro.
Porque si te das asco harás lo que sea por cambiar.
Por ser otro u otra.
Nunca tú.

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Qué sencillo y hermoso sería todo si aceptáramos nuestros cuerpos como un devenir lógico de otros cuerpos.
Como la herencia de aquellas personas que nos precedieron.
Que nos dieron la oportunidad de ser y estar.
Qué bonito coger tu barriga y reconocer en ella a tu abuela.
Qué forma de honrar a la materia que un día ya no estará.

Todos los seres humanos tenemos un cuerpo.
Y es nuestro.
Es el lugar desde el que existimos.
Y ya solo por eso es válido.
Da igual si alto o bajo, delgado o gordo.
Es nuestro.

Y hay en esta afirmación del propio cuerpo algo poderosísimo.
Algo irreductible.
Nuestros cuerpos nos pertenecen.
Y es en ellos en donde podemos empezar a decir que no.
No quiero otro cuerpo.
Quiero este que es el mío.
Y que es desde el que vivo.

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