La voz de Roy Galán

Qué triste que cueste tanto romper con los mandatos de género

Roy Galan
Roy Galán

Escritor

Tú sí puedes jugar con esto y tú no. Tú sí puedes ponerte este trozo de tela y tú no. Tú sí puedes pintarte los ojos o las uñas y tú no. Desde antes de nacer ya tenemos marcados unos límites bien definidos. Qué triste.

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Imagina que antes de nacer ya todo el mundo tiene una idea de quién eres.
Sin tu presencia.
Sin tú ser, sin tú hablar, sin tú nada.
Antes de todo.

Ya se hacen fiestas para decirle a los demás que si azul, serás chico, que si rosa, serás chica.
Según esos colores se te elige un nombre y no otro.
Y con todo esto se deposita en ti una expectativa.
Un destino.

Y se empiezan a dar por sentadas cosas sobre ti.
A proyectar sin medida.
Cuando ella tenga novio.
Cuando él tenga novia.

Se empiezan a presuponer todos tus gustos.
Qué puedes hacer y qué, si lo haces, tendrá un castigo social.
Tú sí puedes jugar con esto y tú no.
Tú sí puedes ponerte este trozo de tela y tú no.
Tú sí puedes pintarte los ojos o las uñas y tú no.

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Desde antes de nacer ya tenemos marcados unos límites bien definidos.
Un camino.
Una vida esperada.
Qué triste que sin existir ya nuestra libertad esté limitada de esa manera.
Que cueste tanto, tanto, tanto, romper con los mandatos de género.
Que haya tanta gente empeñada en que los demás seamos de la manera que otros necesitan que seamos.
Para saber quién es alguien.

Lo único que hay que hacer es callarse.
Es no «mirar por su bien», es no prejuzgar, es no intentar que ese alguien encaje en tu idea del mundo.
Ojalá llegue un día en el que no hagamos suposiciones sobre nadie.
En el que no supongamos que todo el mundo quiere lo mismo.
Ni que «es» lo mismo por nacer con unas características similares.

Ojalá comprendamos que lo más hermoso de la existencia es eso mismo: existir.
Es estar.
Y que la única preocupación sobre lo que hace el otro ha de ser cuando nos daña.
De resto.
Nadie nos incumbe.
Nadie nos pertenece.
Nadie nos «debe» nada.

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Nuesta única obligación como sociedad, como humanidad, es la de permitir a todo el mundo ser.
Dar esa posibilidad.
No meter más mierda, más miedo, más odio, más vergüenza y más culpa.
De la que ya de por sí trae la vida.

Porque ya nos morimos.
Ya se nos muere la gente.
Ya nos duele, nos asustamos y nos entristecemos lo suficiente.
Como para que encima las personas.
Esas que compartimos planeta.
Nos lo hagamos más difícil.

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