Piensa en ti

Nuestro derecho al egoísmo

Para poder darnos a los demás, necesitamos también saber recibir. Para cuidar, debemos cuidarnos. Reconocer nuestras necesidades es generoso... con nosotros.

Necesitamos recibir.

Pero cuando te has acostumbrado siempre a dar de manera desmesurada.
Cuando has estado disponible para todo el mundo.
Para hacer favores. Para dejar tus cosas.
Para comprometer tu tiempo.
Para prestar dinero. Para regalar tu espacio.
Para una palabra de ánimo a cualquier hora.
Para cuidar.

Cuando has comprobado que el mundo no estaba para ti cuando lo necesitaste.
Que te ponían excusas cuando les tocaba sacrificarse en algo.
Que no recordaban aquellas cosas que eran para ti importantes.
Que no te escuchaban realmente.
Y que solo estaban esperando que te quedaras callada como de costumbre.
Para vomitarte su mierda encima.

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Cuando has sentido que todo estaba descompensado.
Que estabas completamente vacía.

Cuando lo único que has hecho en tu vida es vivir por y para los demás.
Sin saber decir que no por miedo a que te retiraran su cariño.
Entonces lo que no sabes es recibir.

La generosidad entraña un grave peligro.
Si tú entregas para que te quieran.

Para ser la mejor persona del mundo.
Para que nadie nunca pueda superar lo que tú das.
Para que no lleguen a ti.
Porque si solo das y no recibes eres como una manguera perforada que nunca llega a regar nada.
Que pierde todo el agua en el cemento sin llegar a la tierra.
Entonces te vacías. Te quedas sin nada.
Y te sientes terriblemente sola.

Porque nadie te dijo que hacer el bien podría estar mal.
Si te olvidabas de ti.

Nadie dijo que se podía ser demasiado generosa.
Que tenías que guardarte un pedazo.
Para ser generosa contigo misma.
Nadie te enseñó a cuidar de ti.
Porque siempre lo mejor es para los demás.

Y para ti, lo peor. Lo peor de todo.

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¿Por qué no te reservaste un poco de lo mejor?
¿Por qué te quieres tan poco como para pensar que no mereces lo bueno?
Por supuesto que lo mereces.

A veces necesitamos ser egoístas.
Porque ser egoísta es quererse a uno mismo.

Porque ser egoísta es pensar en uno mismo antes que en los demás.
Y si no piensas en ti, desapareces.

No existes. No eres.

Y cuando reclamas tu lugar.
Cuando pones un límite.
Cuando te plantas.

La gente no te escucha. No te ve.
Eres un fantasma.
Y si lo hace te recrimina que hayas cambiado.

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Egoísta, ¡y a mucha honra!

Que ya no seas esa persona complaciente.
Que ya no les resuelvas y les adules.
Que ya no seas su sierva emocional.
La gente se enfada contigo por hacer lo que tú quieres y no lo que ellos quieren que hagas.

Necesitamos recibir.
Y para eso tenemos que reclamar nuestro derecho al egoísmo.
Pedir aquello que nos hace falta.
Para poder continuar. Dando.

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