Vida natural

Comer en familia también potencia la salud

Las comidas familiares en torno a una mesa no solo estrechan lazos sino que además potencian la salud.

El otra día una madre me pidió un papel como médico porque el colegio no dejaba a su hija llevar la comida de casa, y consideraba muy importante que su hija comiera su comida, pese a que por el mismo precio el colegio le ofrecía cualquier tipo de dieta que quisiera.

Por supuesto, le firmé el papel: no suele haber en el mundo mejor comida que la de una madre. La mayoría de estudios que se hacen hoy sobre la dieta se concentran en qué tipo de alimentos se comen, en qué cantidad o de qué calidad. Pocos se centran en cómo influye dónde y cómo se come, o en la importancia de la comida en familia o cocinada por la familia.

Ahora bien, los estudios que se han realizado demuestran que el entorno familiar de la comida tiene una gran relevancia para la salud, tanto por educar a preferir cierto tipo de alimentos como por la forma de cocinarlos, los horarios, la forma de comer despacio o deprisa, frío o caliente…

Hace unos años esto habría sido una perogrullada, ya que todo el mundo comía en familia y contento de poder hacerlo, pero hoy día se come mucho fuera de casa, abundan las personas a las que les desagrada cocinar y existen hogares donde cada miembro de la familia come a su hora o a la carta, a menudo con la vista dividida entre en el plato, el televisor y el móvil.

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Unos buenos cimientos

Sentarse a la mesa a comer en familia ha sido una oportunidad de supervivencia y un motivo de interacción. Compartir la comida no solo ayuda a la salud del grupo, también fortalece la identidad y los vínculos familiares. Se transmiten patrones de conducta, de cómo comer y qué comer. Incluso se reparte con los platos la flora bacteriana, que mantiene también un sello familiar.

Según las últimas investigaciones, por ejemplo, la comida familiar se asocia con un consumo mayor de frutas, verduras, cereales y productos ricos en calcio, y un menor consumo de fritos y refrescos. Además, contribuye al desarrollo de los hábitos alimentarios y a la mejora del lenguaje y las habilidades de comunicación.

También se ha observado una disminución de los hábitos de riesgo, como fumar, beber alcohol o consumir drogas en los chicos de familias en que se comparte la mesa con más frecuencia, así como un mejor rendimiento escolar.

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Menor tasa de infartos

También entre personas con el mismo trabajo y las mismas costumbres alimentarias, se han hecho estudios que demuestran que se dan menos infartos en las personas que comen en el grupo familiar.

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