Cuentos para pensar

El consultor del tiempo

Francesc Miralles

Beatriz no ha cumplido ninguno de los propósitos que se fijó al empezar el año. Un encuentro fortuito le enseñará dejar de procrastinar para pasar a la acción.

Hacía mucho que Beatriz tenía la sensación de que su vida era un proyecto eternamente aplazado, como la historia de un artículo de Mariano José de Larra que había leído en sus tiempos de estudiante. Larra relataba la epopeya de un francés llegado a España para unos pocos trámites... que nunca llega a realizar porque el funcionario de turno siempre le responde con un “Vuelva usted mañana”, para al día siguiente obtener la misma promesa.

Mientras se preparaba un café instantáneo –lo único instantáneo en su vida–, Beatriz se dijo que se comportaba consigo misma como el funcionario de Larra con el francés. Postergaba una y otra vez todo lo que se proponía, con lo que había perdido totalmente la fe en sí misma.

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Desde la ventana de la cocina, contempló con fatiga el cielo veraniego mientras se lamentaba por no haber cumplido ni un solo punto de su lista navideña. Con el arranque del nuevo año, tenía el ritual de escribir en un papel tres cosas importantes para realizar antes de la llegada de las vacaciones de verano. La última vez había decidido:

  • 1. Ir al gimnasio tres días por semana.
  • 2. Terminar de una vez por todas la novela que empecé a escribir hace años.
  • 3. Apuntarme a una academia de inglés.

Entusiasmada con aquellos propósitos, el 2 de enero había regresado al gimnasio que pagaba –aún no sabía por qué– desde hacía un año. Su siguiente visita no fue hasta una semana más tarde, pero se dijo que ya habría tiempo de recuperar las sesiones perdidas.

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La tercera semana, sin embargo, varios imprevistos le impidieron acudir una sola vez. Y durante la cuarta ni siquiera pensó en cumplir en el plan. Había fracasado nada más empezar.

Algo parecido sucedió con su novela, un proyecto que había iniciado en sus tiempos de universitaria y que se había prometido completar antes de los 30. De eso hacía diez años. Una vez más, se había fijado como objetivo escribir una página cada noche, en lugar de ver la tele.

La primera noche solo había logrado terminar media página porque una amiga la había llamado por teléfono y ya no había reemprendido la escritura. La segunda noche se enganchó sin querer a un debate televisivo. La tercera había devuelto la libreta al cajón para que durmiera nuevamente el sueño de los justos.

En cuanto a estudiar inglés, ni siquiera había empezado a buscar una escuela.

Desanimada, tomó el autobús que la llevaba a su trabajo en una oficina de alquiler de coches. Allí no había retraso posible, ya que no fichar a la hora se penalizaba con una multa económica que no podía permitirse.

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Mientras se entretenía en medio de un embotellamiento con estos pensamientos, Beatriz se fijó en un joven ejecutivo sentado a su lado. Llevaba una carpeta con su nombre estampado y, debajo, su cargo: Consultor de Tiempo.

Llena de curiosidad, no pudo evitar preguntarle en qué consistía su trabajo:

—Así como hay gestores de fortunas monetarias, yo ayudo a la gente a administrar lo más valioso que tienen: su tiempo.
—¿De verdad? ¿Y cómo se hace eso?
—Analizo una sola jornada para entender por dónde se escapan inútilmente los segundos, minutos y horas. Cuando el cliente se da cuenta, no le resulta difícil hacer los cambios oportunos para sacar provecho de su tiempo.
—Me encantaría contar con sus servicios –dijo Beatriz, admirada–, aunque con mi sueldo me temo que no podría permitírmelo.
—No se preocupe –sonrió el ejecutivo–, cuénteme su problema. De todos modos, el atasco parece que va para largo y, ahora mismo, no tengo nada que hacer.

Agradecida, Beatriz le explicó sus lamentaciones de aquella mañana en la cocina.

—El diagnóstico está muy claro: es usted una procrastinadora.
—¿Cómo?
Se dedica a procrastinar –explicó él pacientemente–, es decir, a aplazar las cosas que debería hacer hoy. ¿Sabe que eso implica un enorme gasto de tiempo?

Beatriz le miró sin entender a qué se refería. El ejecutivo prosiguió:
—El problema de los procrastinadores no es solo que no hacen lo que se han propuesto, porque lo que se aplaza a menudo no se realiza, sino las horas que invierten inútilmente en cambiar planes y fijar nuevas metas, que a su vez serán aplazadas en su momento. Todo eso suma un montón de tiempo tirado a la basura. Dígame, ¿cuánto tiempo ha dedicado esta mañana a pensar en lo que me ha contado?
—No mucho… Media hora quizá.
—Media hora es mucho. Podría haberla destinado a escribir unos cuantos párrafos de su novela, mientras tomaba el café. O a leer un capítulo de un libro en inglés de su nivel.

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—Eso es cierto –reconoció ella–. ¿Me está diciendo, entonces, que el tiempo que dedico a planificar y aplazar lo podría invertir directamente en lo que deseo hacer?
—¡Bingo! Si esta mañana hubiera hecho usted una de las dos cosas, no estaríamos teniendo esta conversación. Estaría satisfecha con el pequeño logro y esta noche no le costaría dedicar media hora más a otra tarea. Se trata de elegir entre dos opciones: o pensamos en hacer las cosas o las hacemos. Así de simple.

Beatriz le dio las gracias justo cuando el autobús se detenía en su parada. Mientras cruzaba el vestíbulo de su oficina, decidió que entre procrastinar o hacer, en adelante elegiría siempre lo segundo.

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