Cuentos para pensar

Todo pasa por algo...

Francesc Miralles

Durante una desafortunada ascensión al Kilimanjaro, dos amigas descubren el sentido que a veces ocultan los contratiempos. Y es que todo sucede por una razón.

En una granja cercana al Kilimanjaro vivían dos mujeres masáis, Tanei y Liloe, amigas inseparables desde la cuna.

Eran las únicas de su poblado que no se habían casado, por lo que en su madurez decidieron compartir una cabaña donde llevaban una vida tranquila, cuidando de un rebaño de cabras y haciendo labores textiles.

La imponente montaña se elevaba en el horizonte, con sus nieves perpetuas, y protagonizaba el sueño de Tanei de aventurarse algún día hasta la cima. A Liloe, en cambio, le aterrorizaba la mera idea de acercarse a aquella mole de lava y nieve.

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¿Por qué no nos ponemos de acuerdo?

—Mi abuelo siempre me contaba que allí hace un frío terrible.

Nos abrigaremos bien –replicaba Tanei.

—Aun así –argumentaba Liloe–, dicen que cuando te acercas a la cima no hay suficiente oxígeno y te ahogas con cada paso que das.

Caminaremos más despacio, entonces.

La conversación llegaba siempre a punto muerto, hasta que un día Tanei convenció a su amiga de que la acompañara hasta allí por su cincuenta cumpleaños.

Por espacio de dos días caminaron hasta la falda del Kilimanjaro, donde unos guías les advirtieron de que se avecinaba mal tiempo y convenía aguardar unos días para ver qué pasaba.

—No podemos dejar nuestro rebaño desatendido más tiempo –repuso Tanei–. Un pastor vecino ha prometido procurarles comida y agua los próximos siete días, pero ni uno más.

—Regresemos entonces –propuso Liloe.

Prometiste subir conmigo. ¡Ahora no puedes echarte atrás!

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Para no aguantar el mal humor de su amiga, Liloe accedió a subir tras encomendarse a Ngai, el dios de los masáis que trae la lluvia y hace crecer la hierba.

Como si este quisiera mostrar su poder, las dos amigas aún no habían llegado al primer campamento cuando una terrible tormenta estalló sobre sus cabezas. Mientras los rayos y truenos hacían temblar la montaña sagrada, corrieron a refugiarse en una cueva. Desde allí vieron bajar aludes de piedras y barro. También a algún montañero accidentado que era rescatado por los guías en una especie de carretilla.

—¡Maldita sea! –bramó Liloe con lágrimas en los ojos–. Ya te dije que era una mala idea venir ¿No tenías bastante con verlo desde el poblado?

—Cálmate, amiga –la consoló Tanei pasándole el brazo por la espalda–. Si Ngai ha querido que encontremos esta tormenta en medio de la montaña será por algo.

—¡Por supuesto que sí! Es su castigo por ser tan incautas. Con lo bien que estaríamos ahora mismo haciendo labores en la cabaña...

—Todo sucede por algo –se limitó a decir Tanei, que se resistía a dejarse vencer por el abatimiento.

Llovió a mares durante todo el día y buena parte de la noche. Tras muchas discusiones y reproches, las dos amigas se envolvieron en sus mantas rojas y se acabaron durmiendo. Al amanecer, un tímido sol asomó entre los árboles y el bosque salió de su letargo en medio de un concierto de silbidos y chirridos de los animales que, desde su escondite, celebraban el fin de la tempestad. Nada más salir de la cueva, vieron bajar otras dos carretas con accidentados.

Liloe lanzó una mirada reprobatoria a Tanei, como diciéndole: “¿Lo ves? Ya te decía yo”.

—Bajad cuanto antes –les ordenó uno de los guías–. El camino ha quedado en muy malas condiciones y hay desprendimientos.

Apesadumbrada ante aquel fracaso, Tanei bajaba la pendiente tan despistada que metió el pie en un socavón y cayó en una mala postura.

—¡Creo que me he roto el tobillo!

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Liloe pidió auxilio a uno de los guías que llevaban heridos arriba y abajo, pero esperó a haber descendido de la montaña para decir:

—No repitas eso de que “Todo sucede por algo”. ¿Quién nos mandaba venir hasta aquí pudiendo celebrar tu cumpleaños en casa? Espero que hayas aprendido la lección.

Un médico del campamento base entablilló el tobillo de Tanei y, tras preguntar entre porteadores y cocineros, uno de ellos se ofreció a conducirlas en su carro hasta la granja.

Vecinos de granjas cercanas fueron a recibirlas entre danzas y cánticos de júbilo.

—No hay nada que celebrar –dijo Tanei apenada–. No hemos logrado pisar la cima.

—¡Y eso qué más da! –saltó el viejo pastor que había estado al cargo de sus cabras–. Mucho mejor que subir una montaña es el milagro de que estéis aquí, cuando os creíamos muertas.

—¿Cómo dices? –preguntó Liloe extrañada–. ¿Por qué tendríamos que estar muertas?

Venid a ver y no os asustéis.

Sin entender nada, las dos mujeres siguieron al pastor hasta su granja. Lo primero que les sorprendió fue ver al rebaño fuera del cercado, que había caído en buena parte.

—Por suerte, los animales lograron tumbar la cerca –explicó el pastor–. La tormenta ha pasado por aquí esta madrugada.

Horrorizadas, las amigas descubrieron su cabaña reducida a un montón de cenizas.

—Entre todos os ayudaremos a construir otra –dijo una vecina–. Dad gracias a Ngai de que cuando cayó el rayo estuvierais accidentadas en la montaña y no durmiendo aquí dentro, porque ahora también vosotras seríais cenizas.

—¿Lo ves? –dijo Tanei, muy feliz, a su amiga–. Todo sucede por algo.

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