Cuentos para pensar

El secreto de Hawái

Algo que en la isla se aprende desde la infancia es que somos responsables de aquello que nos pasa. ¿Sabes cómo puede ayudarte esa idea a reconciliarte con el pasado?

Francesc Miralles

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Robert perdió la mirada en las aguas turquesa donde en aquel momento se levantaba una gran ola. La cabalgaba un joven sobre su tabla de surf con un equilibrio prodigioso. Acto seguido, bajó los ojos a la arena blanca y suspiró.

Había emprendido aquellas vacaciones en Hawái para recuperarse de un disgusto que le había quitado el apetito y el sueño. Averiguar que su socio en la consultoría desviaba clientes secretamente a su propia empresa para no compartir los beneficios le había hecho perder la fe en las personas.

Tras cerrar el despacho compartido desde una década atrás, había necesitado escapar de todo. Pero ni siquiera aquel paraíso aliviaba su amargura.
—¡Aloha! –dijo una voz suave a sus espaldas.

Cómo gestionar el enfado

Recuperar el control

Cómo gestionar el enfado

Robert se giró sorprendido. En aquella playa que creía solitaria, una mujer de piel oscura y edad indeterminada parecía llevar tiempo observándole.

—No necesito nada –le dijo, irritado, pensando que pretendía venderle algún souvenir.

—¿Estás seguro? –le preguntó ella con una sonrisa.

—¡Claro que lo estoy!

—Pareces enfadado con el mundo.

—Pues te equivocas –respondió con desgana–. El mundo me trae sin cuidado. Ciertamente estoy enfadado con alguien. De hecho, estoy furioso, pero eso no es asunto tuyo.

—Y al parecer tampoco tuyo, por la manera en que hablas...

Robert estuvo a punto de mandar a paseo a aquella indígena que se atrevía a entrometerse en su vida, pero había algo en ella que le inspiraba confianza.

—¿De qué manera hablo?

—Como si tu enfado estuviera provocado por una tormenta que no has provocado tú.

—¡Es que no la he provocado yo! He sido traicionado por quien yo consideraba mi socio y amigo. Por eso estoy aquí. ¡No quiero saber nada de nadie!

En lugar de retirarse por aquel tono, la mujer posó la mano en el hombro del extranjero y le dijo:

—Estás en tu derecho, pero antes de seguir ardiendo en soledad, déjame que te cuente un secreto de estas islas.

Robert la miró con cierta curiosidad. Estaba claro que no se marcharía por las buenas, así que decidió escuchar lo que tenía que decirle.

—En Hawái aprendemos algo desde pequeños: de alguna forma eres responsable de lo que te pasa.

En completo desacuerdo, el extranjero le explicó a grandes rasgos lo que había hecho a sus espaldas quien había sido su compañero y socio.

La mujer le escuchó con atención y luego repuso:

Lo que hizo él no tiene importancia ahora, porque no depende de ti. En cambio, te resultará muy útil saber de qué manera contribuiste a que eso sucediera.¿Podrías haber hecho algo diferente para que ahora no estuvieras en esta situación?

Robert se quedó pensativo y finalmente respondió:

—Supongo que debería haber sido más desconfiado. Tal vez hace años que se agenciaba los clientes que “perdíamos” y yo no me había enterado.

—Eres responsable de no haber prestado atención a los clientes que se marchaban, de acuerdo, pero piensa ahora en algo positivo que podrías haber hecho y no hiciste.

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—Déjame pensar... –murmuró ya más inseguro–. Bueno, lo cierto es que la parte comercial nunca me ha gustado y delegaba en mi socio la captación de clientes. Él se quejaba siempre de eso. Decía que yo nunca descolgaba el teléfono para conseguir nuevos contratos. Supongo que me resultaba más cómodo ocuparme del trabajo del día a día que de los clientes futuros.

—¡Excelente! ¿Te sientes más tranquilo?

Robert asintió sin acabar de entenderlo. ¿Sería el tono pacífico de aquella indígena lo que le había devuelto la calma? Ella se encargó de hacerle saber que era otra cosa:

—Asumir tu responsabilidad te aporta paz, porque te da la oportunidad de reparar tu error por la parte que te toca... ¿Qué harías de forma diferente si pudieras retroceder en el tiempo?

—Habría levantado más veces el teléfono, como me pedía mi socio. También habríamos repartido el trabajo de una forma más justa. Supongo que quedarse con clientes era su forma de compensar lo que yo no hacía. Lo que no quiere decir que esté bien hecho.

—No te apartes de ti mismo y dime: ¿qué podrías hacer ahora para reparar lo que no hiciste bien?

—Podría escribirle un e-mail y decirle que entiendo lo que hizo, pero no las formas.

—Eso está bien. ¿Crees que podrías hacer algo más?

—Desearle suerte en su andadura en solitario.

—Eso es fantástico si lo haces de corazón. Escribe ese correo y podrás disfrutar de las vacaciones que te quedan y volver renovado. Perdona a tu amigo y perdónate a ti mismo. Solo así serás libre.

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