Cuentos para pensar

Namasté

Sagar Prakash Khatnani

Namasté significa: "Veo el bien en ti". En respuesta, dicen Pranam: "Si es así, lo mejor de mí te saluda". ¿Vemos lo mejor de los demás o les ponemos etiquetas?

Existía en la antigua Aiodhia un niño bondadoso llamado Manoj.

Cada día, al volver de la escuela Vedanta, debía labrar la tierra junto a sus padres para tener algo que comer. Apenas se le permitía jugar como al resto de sus hermanos. Divertirse era considerado fútil. Como había nacido con aquella suerte, lo consideraba normal.

Pero siempre que cometía un error, los mayores mentían, de eso se daba cuenta.

  • Si, por ejemplo, jugaba y por alguna mala casualidad rompía algo, generalizaban y decían que Manoj era un bruto que todo lo destrozaba y le exigían cuidado incluso cuando caminaba de puntillas.
  • Si aplaudía de júbilo, Manoj era un alborotador.
  • Si deseaba algo con interés, era un impaciente.
  • Si hablaba más de lo que a los mayores convenía, era un charlatán.

Convertían una gota en un océano. Lo atizaban con palabras secas y crueles; jamás le ofrecían cumplidos.

Y aun así, Manoj adoraba a sus padres como la flor de azahar que perfuma los dedos que la deshojan. Pero eso no habría de durar para siempre.

Cuando llegó la adolescencia y Manoj ansiaba ser comprendido, el resentimiento que bullía en su interior precisaba un cauce y, al no hallarlo, se desbocó como una riada. Manoj comenzó a faltar a la escuela cansado de tanta reprimenda y discursos aburridos.

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También dejó de obedecer a su padre, que siempre lo dominaba a base de amenazas o triquiñuelas manipuladoras, y comenzó a responder a su madre, a rebelarse contra su injusta autoridad: jamás le demostraba que lo quería y daba por hecho que el hijo debía intuirlo a pesar de sus gritos y críticas.

Manoj conoció a muchachos que iban por las calles sin rumbo fijo y con ellos aprendió a disfrutar de la vida.

“Eres un desvergonzado, un desobediente, un maleducado, no sirves para nada”, le gritaban sus padres, y cuanto más lo pisoteaban, más recio e insensible se tornaba él.

Un buen día faltó un peine de oro de la madre y todos señalaron a Manoj. Él miró hacia los lados ruborizado y lo negó con una expresión extraña. Todos sabían que había sido Manoj, pero él lo rechazó descaradamente. Incluso se enfadó con ellos: “¿Qué importa si lo he robado?”.

Iracundo, se marchó de casa. Pasaron los meses y Manoj no volvió. Vagaba por las calles, mendigando ante las puertas del templo, viviendo de las sobras de los brahmanes o del pillaje a los peregrinos dormidos. Le había crecido el cabello y se paseaba ebrio. Todo el mundo lo despreciaba y él despreciaba al mundo.

Su madre trataba de hacerle entrar en razón, el peine ya no importaba, solo quería a su hijo, pero Manoj ya no confiaba en ella. Su padre también le imploró que volviera a casa, pero Manoj no veía en sus ojos más que la vergüenza de su propia reputación herida. Así, día tras día, Manoj desperdiciaba su vida.

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Finalmente, los padres fueron a pedir consejo a los sabios de la escuela Vedanta. Aquella noche se reunieron algunos monjes y, entremezclándose con las sombras, alcanzaron al chico, lo llevaron a su casa y lo encerraron bajo llave junto a sus padres y hermanos, maestros e incluso vecinos.

“¿Por qué me habéis traído aquí?”, gritó asustado. En aquel momento, todos se acercaron lentamente y, agarrándose de las manos, lo encerraron en un círculo. Se inclinaron ante él y pronunciaron la palabra Namasté.

Estaban ahí con la intención de recordarle la gran verdad del mundo: que cada ser humano nace como un ser noble, con el deseo de ser amado, habitar en paz y disfrutar la vida con alegría. En ocasiones, el afán por lograrlo puede llevarnos a cometer errores. Pero un error no es más que una llamada de auxilio.

El amor y la comprensión pueden hacernos recordar nuestro camino.

Aquella noche, vecinos y maestros le mencionaron acciones bondadosas que había hecho en su vida. Los padres le recordaron el bien que les había traído, cuánto había ayudado a los demás. Le agradecieron incluso gestos que él mismo había olvidado. Y ante cada recuerdo repetían la palabra Namasté.

Aquella noche oscura le imploraron perdón, reconocieron sus virtudes y admitieron que ser padres era alimentar la boca del hijo, pero también su amor propio y su corazón. Cuando esclarecía, Manoj cayó al suelo con lágrimas de nostalgia y añoranza. Florecía su corazón dormido. Juntó las manos y pronunció: Pranam.

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Unos años más tarde, cuando la esposa de Manoj trasladaba un aparador, apareció el peine de la madre fallecida. Al parecer, se le había caído en un descuido.

El hijo jamás lo había robado, pero las palabras tienen un poder inmenso: arrastran a las personas a la altura de sus etiquetas.

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