Deja de buscarla fuera

¿Dónde se esconde la felicidad?

Sagar Prakash Khatnani

En ocasiones, corremos tras sombras y palabras que nos alejan de la realidad, olvidando disfrutar del presente en espera de un futuro ilusorio.

Existía en el antiguo Afganistán un joven que buscaba desesperadamente la felicidad. Un día abandonó a sus padres, a sus hermanos y se marchó tras ella.

Algunas semanas después, a orillas del río Helmand, se topó con un pescador y este le comentó que para él la felicidad yacía en la inmensidad del océano.

Así, nuestro muchacho descendió hasta Irán y se embarcó en alta mar. Tomó barcazas, buques y naos, recorrió los mares del mundo a través de las rutas de especias, y a todos preguntaba lo mismo: “¿Sabéis dónde está el océano?”.

Los marineros se reían incómodos ante aquella pregunta extraña que parecía burlarse de ellos, pero como veían que el muchacho lo preguntaba muy en serio, acababan por responderle:

Es aquí, donde estás ahora mismo es el océano, chico –decían señalando a su alrededor.

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Entonces, nuestro muchacho los miraba confuso, luego contemplaba el vasto horizonte a su alrededor y decía:

—¿Esto el océano? ¿Cómo puede ser? Si no es más que el mar... ¡Yo busco el océano!

Y así, se alejaba de ellos y tomaba una nueva embarcación para seguir con su búsqueda.

La acumulación de posesiones

Un buen día, un viajero le reveló que la felicidad se escondía en la riqueza.

Así que el muchacho lo abandonó todo, dejó el mar y volvió a la tierra, y con ello a luchar contra los hombres, a buscar la oportunidad, a amasar dinero y más dinero. Pagaba impuestos y tributos al sultán, cultivaba el campo y por las noches trabajaba en las tabernas, vivía como un mendigo, mientras avaramente acumulaba oro en un cofre enterrado en el bosque, a resguardo de los ladrones.

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Un buen día fue con todo su oro al usurero y le preguntó:

—¿Dónde puedo encontrar la riqueza?

El usurero, al ver aquel tesoro, abrió los ojos sorprendido y sonrió:

—¡Ya eres rico! Lo tienes todo.

Nuestro muchacho, que ya no era tan joven, le respondió:

—¿Esto? Pero si no son más que monedas de oro... ¡Yo busco la riqueza!

El usurero entrecerró los ojos y lo miró fijamente, como si tramase algo.

—Si me das todas estas monedas, te diré dónde puedes encontrarla.

El muchacho aceptó.

La encontrarás lejos de aquí, en la India –dijo para desembarazarse de él.

Un viaje de descubrimiento

Entonces nuestro muchacho abandonó su tierra, abandonó Kabul, y se marchó de peregrinaje. Durante meses atravesó el valle de Hunza y el desierto de Thar y, cuando llegó al antiguo Indostán, recorrió sin descanso montañas y ríos.

Un día encontró a un sadhu a los pies de un árbol y le preguntó:
—Maestro, ¿dónde está la India?

El sadhu abrió los ojos y rió con fuerza ante semejante pregunta.

—Estás en la India, joven. Esto es la India.

El muchacho miró a su alrededor y solo vio algunas casas y los montes áridos de roca rosada del Rajastán:

—¿Cómo va a ser esto la India? No son más que montes y árboles... ¡Yo busco la India! –exclamó, y se alejó desesperado para seguir buscando en otro lugar.

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La búsqueda del conocimiento

Cierta mañana, un peregrino le declaró que la felicidad se escondía en el conocimiento, en la escuela de Benarés. Así que el muchacho viajó hasta la antiquísima Varanasí y llegó a la primera escuela védica de la humanidad.

Al entrar en su biblioteca vio innumerables libros y pergaminos, información de toda la civilización, y preguntó:

—Soy un peregrino. Estoy buscando el conocimiento, ¿dónde puedo hallarlo?

El escribano le sonrió orgulloso y le dijo:

—Aquí lo encontrarás.

Nuestro muchacho se convirtió en su discípulo y durante años buscó el conocimiento en los documentos y los manuscritos. Un buen día le dijo a su maestro:

—Pero esto no son más que libros... Y yo busco el conocimiento.

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Cuando estaba a punto de marcharse entristecido, el preceptor lo detuvo y le dijo:

—¡Espera! Ya sé dónde puedes hallar lo que buscas.

Nuestro muchacho, que ya era casi un anciano, se ilusionó y levantó las cejas con un brillo de esperanza en los ojos.

—¿Dónde? –preguntó con la alegría de un niño.

El amanuense lo llevó a un cuarto viejo y oscuro detrás del scriptorium, cerró la puerta a sus espaldas y encendió una pequeña lamparilla, luego lo agarró del brazo y lo guió hasta un extremo, donde hizo caer una sábana que cubría un objeto. Era un espejo envuelto de polvo y telarañas en el que aparecía reflejada su figura de forma borrosa.

—¿Qué ves? –le preguntó el maestro.

Nuestro muchacho miró extrañado:

—A mí mismo.

—Pues ahí es donde encontrarás todo cuanto buscas: la profundidad del mar, la riqueza, la transformación del viaje y el conocimiento.

Porque quien se conoce a sí mismo sabe que una gota de su ser esconde toda la inmensidad del océano, que la riqueza depende de su deseo, que no hay que viajar a ningún lugar sino a nuestro interior y que el conocimiento no es nada sin la sabiduría.

Todo cuanto buscas está hoy, aquí y ahora, en ti. Esa es la auténtica felicidad que buscas desde tu infancia.

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