Encuentros con Max

Desconexión empática: cuando nos sentimos atacados

Ante un comentario que nos hace sentir mal, podemos perder la capacidad de expresarnos con asertividad y tacto, multiplicando el malentendido y el conflicto.

Ferrán Ramón-Cortés

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La cafetería estaba situada en la planta baja de un gran edificio de oficinas, así que a media mañana un ejército de ejecutivos la poblaba. No quedaba ni una mesa libre. En una esquina, dos personas tenían una conversación aparentemente trascendente. A su lado, un hombre mayor leía el periódico sin poder evitar escuchar lo que se decían:

–Carlos, hace ya tres meses que estás con nosotros, ¿cómo valoras tu trabajo?

–Estoy cien por cien integrado, Manuel, y trabajando a tope.

¿Hay algo que creas que no está funcionando suficientemente bien?

–No, para nada. Aunque, si te soy sincero, creo que no me estáis dando las oportunidades que merezco.

–¿Cómo? Pero si llevas tres meses…

–Sí, tres meses dejándome la piel, y ya deberíais haberos dado cuenta.

Tras unos instantes de un denso silencio, el hombre oyó a un Manuel crispado decir:

–Pues, ¿sabes una cosa? Yo no hago el mismo balance. Has cometido muchos errores y te precipitas constantemente. No estoy seguro de que pases el periodo de prueba.

Resistir a las críticas

La seguridad como coraza

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El tal Carlos se quedó de piedra y bajó la mirada. Tras unos tensos instantes, y tras murmurar una excusa, se levantó y se marchó. Manuel se frotó las sienes con sentimiento de impotencia. Oyó una voz a su lado:

–No esperarías otro desenlace, ¿no?

Sorprendido, se giró para ver quién le hacía el atrevido comentario. Y se encontró con la limpia mirada de un hombre mayor que lo desarmó con su cálida sonrisa.

–Me llamo Max, y perdona por entrometerme en la conversación. Pero es que lo que te ha ocurrido es un clásico y quizá te interese comprenderlo mejor.

El hombre valoró la situación en unos segundos y enseguida tomó la decisión de querer escucharle:

–Sin duda, me interesa.

–Verás, te cuento. Querías hacer una valoración algo crítica del trabajo de Carlos, ¿cierto?

–Sí, esa era mi intención. Para ayudarlo a crecer en sus primeros meses de trabajo.

Sin embargo, te has encontrado con que él hacía una valoración muy distinta.

–Sí, incluso me achacaba la culpa de no darle oportunidades…

Y has acabado siendo especialmente duro con él.

–Sí, no se qué me ha pasado.

–Lo que te ha pasado lo conocemos como “desconexión empática”.

–¿Desconexión empática?

–Sí, por unos instantes te has desconectado de tu empatía natural y has dicho las cosas con toda su crudeza. Sin valorar el impacto que podían tener.

Ser claros con lo que decimos

Evitar malentendidos

Ser claros con lo que decimos

El hombre reflexionaba sobre aquellas palabras. Sentía que aquello probablemente le ocurría más a menudo de lo que desearía. Se dirigió a Max:

–¿Y por qué me ocurre?

–Quizá porque al ver que Carlos te acusaba de no darle oportunidades te has sentido atacado. Esto te ha hecho reaccionar perdiendo momentáneamente la empatía.

Se dicen grandes verdades en desconexión empática; el problema es que se dicen mal, y si se dicen mal, sientan mal.

Tenía todo el sentido del mundo, pero una gran duda lo asaltaba:

–Max, lo entiendo y seguro que es cierto. Pero me ocurre una cosa: lo que le he dicho es en el fondo exactamente lo que pienso. Por lo tanto no está mal haberlo dicho, ¿no?

–Manuel, le dijiste lo que pensabas, pero conectado a tu empatía, probablemente no se lo habrías dicho así.

–¿Y cómo puede evitarse?

–El secreto está en estar en contacto con nuestras emociones, reconocer qué sentimos en cada momento y no dejarnos secuestrar por ellas.

–Fácil de contar y muy difícil de hacer...

–No tanto, si te permites un poco de entrenamiento. Vamos a hacer una cosa: reproduzcamos la situación que has vivido. Yo voy a ser Carlos, y tú, además de seguir el diálogo, me vas a ir describiendo tus emociones:

–Carlos, hace ya tres meses que estás con nosotros, ¿cómo valoras tu trabajo?

–Estoy cien por cien integrado, y funcionando a tope.

–Vale, ¿qué estás sintiendo?

Estoy perplejo de que no se dé cuenta de la realidad.

–¿Hay algo que creas que no funciona?

–No, para nada. Aunque creo que no me estáis dando las oportunidades que merezco.

–Ahora estoy empezando a enfadarme. Me echa la culpa de su incompetencia.

La desconexión empática es un automatismo que nos sucede cuando nos sentimos atacados, o cuando estamos presos de una fuerte emoción.

–Perfecto. Acabemos el diálogo.

–¿Cómo? Pero si llevas tres meses…

–Sí, tres meses dejándome la piel, y ya deberíais haberos dado cuenta.

–¿Qué sientes ahora?

Me siento claramente atacado. Y muy molesto. Y ya sabemos cuál ha sido mi respuesta…

–Perfecto. Ahora enfría este enfado. Respira, tómate un buen sorbo de tu café, y cuando sientas que el enfado no está tan vivo, respóndeme.

–Carlos, entiendo que puedas estar pensando esto pero déjame compartir mi punto de vista: creo que aún necesitas algo de rodaje, que te permitirá cometer menos errores y tomar las decisiones con mayor conocimiento. ¿Estás de acuerdo con esto?

–Fantástico. Le dices lo que piensas pero de forma empática. Probablemente desde esta formulación pueda procesarlo.

Habían justo terminado la simulación cuando una mujer se acercó a la mesa y, dirigiéndose a Manuel, le dijo:

–Manuel, te necesito. ¿Te veo en tu oficina?

–Sí, enseguida subo. Dos minutos.

Al girarse encontró una silla vacía, y una mano anónima cogía el periódico que estaba doblado encima de la mesa. Buscó a Max pero no lo encontró. Tuvo la extraña sensación de que todo aquello no había ocurrido.

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