Desde los extremos

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo?

Ferrán Ramón Cortés

Nos rodean expresiones polarizadas, radicalizadas, irrespetuosas. Hemos olvidado el valor de un debate y cómo llegar a un punto de encuentro. ¿Lo recuperamos?

Hacía un sol radiante y, en el parque, un grupo de personas disfrutaban de la bondad del clima. Al mismo tiempo, mantenían un acalorado debate. Desde dos bancos colocados casi uno enfrente del otro, cada grupo defendía con fervor su posición.

A medida que pasaban los minutos, el debate fue creciendo en intensidad y en vehemencia. En un momento dado, un hombre mayor se acercó al grupo y, exhibiendo una cálida sonrisa, preguntó:

–Buenos días. Mi nombre es Max y me está llamando mucho la atención vuestro debate. ¿Os importa que me una?

Desde uno de los bancos obtuvo de inmediato la respuesta:

–Claro, ¿de qué lado estás?

El hombre, tras mirar a uno y otro lado, dijo:

–Todavía no lo sé, dejad que me quede por aquí en medio de momento y, desde cada bando, os reto a que intentéis convencerme de vuestra posición. Y haciendo un notable esfuerzo debido a su edad, se sentó sobre una piedra que había entre los bancos.

El grupo reanudó el debate con ímpetu, esperando convencer al nuevo miembro. El tono de voz subía, y las interrupciones se sucedían. Max seguía las intervenciones con creciente incomodidad, una incomodidad a la que los debatientes eran totalmente ajenos.

Tras una media hora larga de discusión, le interrogaron:

–¿Y bien? ¿Te hemos convencido?

–¿Puedo ser honesto con vosotros?
–Claro, eso esperamos…

–Pues no, no me habéis convencido para nada. Y tengo que reconocer que hasta cierto punto incluso me habéis horrorizado.

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Elogio del conflicto

Se hizo un denso silencio en el grupo, que Max aprovechó para explicarse:

–Creo que seguramente no sois muy conscientes de ello, porque hace mucho rato que no os escucháis unos a otros, pero vuestra opinión cada vez es más radical, y vuestra radicalidad se expresa ya como manifiesta hostilidad. En realidad, os oigo y casi me dais miedo.

–Eso es porque tenemos convicciones y las defendemos.

–Yo más bien creo que es porque tenéis miedo a dejar de tenerlas

El grupo se quedó totalmente desconcertado.

Max dejó pasar treinta largos segundos, hasta que añadió:

–Vuestra polarización viene del miedo a que vuestras creencias se tambaleen. Y para que eso no ocurra os cogéis a ellas de forma inamovible, las tratáis de imponer por la fuerza de vuestra voz, y os cerráis a escuchar nada, no sea que en el discurso del otro surja algo de razón. Me recordáis a los niños que cuando no les conviene oír algo, cuando lo que se les dice no cuadra con su idea, se tapan los oídos, cierran los ojos y gritan con fuerza…

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Desconexión empática: cuando nos sentimos atacados

–Pero, en realidad, demostraríamos muy poca solidez si nos dejásemos influenciar por las palabras de los otros.

Demostraríais mucha seguridad, no tengáis duda.

La persona insegura se atrinchera en sus creencias. La persona segura las revisa, escucha, y está dispuesta a cambiar de opinión si lo que oye le parece razonable.

El grupo se quedó mudo; el impacto de las palabras de Max era palpable. Uno de los presentes, que ya había comprado los argumentos de Max, se atrevió a decir:

–Pues Max, esa radicalidad... es eso lo que vemos cada día.

–Ahí está el problema: que el debate público se guía por el titular fácil, por el ataque tramposo, y ha renunciado a la dialéctica. Vivimos en un entorno donde “o estás conmigo o contra mí”, sin matices ni grises.

Max hizo una pausa, y añadió:

¿Es lo que queremos en nuestra convivencia día a día?

Otro de los presentes todavía no lo tenía claro:

–¿No es normal que cada uno defendamos lo nuestro y lo hagamos con fuerza?

Si lo que queréis es entreteneros, podéis estar cada uno en su bando, atrincherados, defendiendo a capa y espada la posición. Será todo un espectáculo (y por cierto, de eso viven las tertulias de muchos medios).

Pero si lo que queréis es construir algo, avanzar en alguna dirección, tendréis que abandonar vuestras trincheras y encontraros en algún lugar intermedio.

–Pero hay veces que no hay terreno común.

Siempre hay algo en lo que podréis estar de acuerdo. Puede ser tan solo el 1%, pero ya es algo. Y es allí donde hay que ir. Pero claro, si no os escucháis es difícil que lo encontréis…

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–Es que eso puede parecer una renuncia.

–Sí, y eso nos hace esclavos de los nuestros, que si ven que nos movemos nos acusarán de traidores. Perdemos la libertad de pensar por nosotros mismos.

–Pero la polarización es lo que vemos cada día en la tele o en los periódicos.

–Pues no les demos la razón. Porque ahí afuera las nuevas generaciones de jóvenes nos están observando. Y podemos enseñarles que sabemos convivir, en lugar de perpetuar los desacuerdos. Ahora os sugiero que, con lo que os he estado contando, reiniciéis el debate.

Empezaron a hablar de nuevo entre ellos. Escuchándose un poquito más. Buscando terreno común. Estaban sorprendidos. Enseguida se escucharon voces de reconocimiento entre los dos bandos.

En un momento dado quisieron contrastar cómo lo estaban haciendo y dirigieron su mirada hacia Max. Pero en su lugar, una solitaria piedra permanecía como única testigo del debate.

¿Ideas opuestas? Cómo encontrar un punto en común

  • No podemos pensar en diálogo desde nuestras posiciones maximalistas. Solo se dialoga desde el mínimo terreno compartido, por mínimo que sea.
  • Lo que yo defiendo nunca puede ser LA verdad. Es, como mucho, MI verdad. Querer escuchar la verdad del otro es el inicio de la aproximación.
  • El mundo solo se explica por los matices de gris. Una imagen toda blanca, o toda negra, no revela nada.
  • Los extremos se acaban tocando… en el desprecio y la agresividad.

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