Encuentros con Max

Hablar de corazón

Ferran Ramon-Cortés

Antes de afrontar un conflicto, es necesario tomar conciencia de nuestros sentimientos. Esta habilidad nos ayudará a establecer buenas relaciones personales.

Habían pasado varias semanas desde la noche en que Max reunió a Marta, Alberto y Clara para anunciarles su marcha. Les lanzó entonces el reto de descubrir las habilidades básicas para construir buenas relaciones con los demás. Max les había prometido guiarles en el proceso, y así lo había hecho con Clara en el descubrimiento de la primera habilidad: la escucha. Sin embargo, los tres amigos no habían vuelto a tener noticias de su viejo amigo.

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Marta se preguntaba si Max, inmerso en su nueva etapa profesional, habría olvidado su compromiso. Pero aquella noche, cuando llegó a casa después de una larga jornada de trabajo, encontró un críptico mensaje de Max. Decía: “Lo que tú has escuchado no es lo que yo tenía la intención de decir. Pero, para nuestra relación, lo que cuenta es lo que tú has escuchado”.

La primera reacción de Marta fue de total desconcierto. Sabía que, con aquel enigma, Max la retaba a descubrir la segunda habilidad necesaria para las relaciones interpersonales. Pero no entendía en absoluto el sentido del mensaje. Lo único que tenía claro es que le había tocado a ella el papel de interpretarlo.

Marta se encontraba inmersa en un conflicto con una compañera de trabajo y, precisamente aquella tarde, habían tenido un tenso desencuentro en el curso de un torpe intento que había hecho ella por resolver las cosas. Lo que le había ocurrido aquella tarde era precisamente lo que Max describía en su mensaje: ella se había dirigido a su compañera con la intención de darle un mensaje de reconciliación, pero ella había captado un mensaje de enfado.

Entre lo que Marta había querido decir y lo que su compañera había escuchado, había una notable diferencia. Y, sin duda, lo que de verdad contaba era lo que su compañera había escuchado.

¿Qué había pasado? ¿Por qué no había sido capaz de comunicar a su compañera lo que le quería decir? Tras un largo rato reviviendo todo el proceso, Marta se dio cuenta del problema: había ido a hablar con ella estando aún profundamente enfadada, y el enfado había salido a la luz en el curso de su conversación.

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¿Y por qué había ido a hablar con ella en ese estado? La respuesta era fácil: porque no se había dado cuenta de que en su interior continuaba profundamente enfadada. Lo reconocía ahora que revivía la película de todo lo ocurrido, pero no había sido en absoluto consciente de ello en aquel momento. No había sido capaz de contactar con lo que sentía, y por ello aquel sentimiento le había jugado una mala pasada.

La habilidad que debía descubrir le pareció, desde esta perspectiva, evidente: para poder comunicarse con los demás de manera constructiva, es necesario estar en todo momento en contacto con los propios sentimientos.

Marta no había contactado con su enfado, lo que había condicionado su comunicación. A tenor de los reproches que le había hecho su compañera, probablemente había dado un tono agresivo a sus palabras y había terminado diciendo cosas que no tendría que haber dicho. Ella no era consciente de ello, pero este era, sin duda alguna, el efecto de un enfado que no había sido capaz de reconocer que llevaba dentro.

Aquel pequeño descubrimiento era para ella absolutamente esencial, pues lo que le había pasado con su compañera le ocurría habitualmente: se comunicaba con la gente sin estar en contacto con sus sentimientos, sin saber qué es lo que de verdad transmitía. Se sentía profundamente cansada, pero contenta de haber abierto un camino que la ayudaría en sus relaciones.

Ante la posibilidad de resolver un aspecto que influía notablemente en sus relaciones personales, quiso investigar más a fondo el tema. Recuperó notas de los antiguos seminarios con Max, buscó en sus libros de referencia e hizo una pequeña investigación por internet. Descubrió que todas las manifestaciones emocionales proceden de cinco sentimientos básicos:

  • el miedo, que incluye la angustia, la preocupación y el pánico;
  • el enfado, con variantes como la rabia, el odio, la frustración o el resentimiento;
  • la tristeza, incluyendo la soledad, la melancolía o la pena;
  • la alegría, que se puede también vivir como gozo, paz o armonía;
  • y el amor, en todas sus manifestaciones y variantes.

Esto, de algún modo, simplificaba mucho las cosas, pues se trataba de que, en el futuro, Marta fuera capaz de identificar su estado de ánimo con alguno de estos cinco sentimientos. Antes de cada intercambio importante, debería cuestionarse cuál de estas emociones sentía.

También descubrió, aunque no le sorprendió lo más mínimo, que en nuestra comunicación es imposible esconder nuestros sentimientos, por más que nos esforcemos. Podremos no manifestarlos con las palabras que digamos, pero el cerebro es sincero por naturaleza, y el tono de voz y nuestros gestos nos delatarán inevitablemente en algún momento. Controlamos de forma consciente solo una pequeña parte de nuestra comunicación. Del resto, se ocupa el inconsciente.

La esencia del enigma de Max estaba clara: necesitamos estar en contacto con nuestros sentimientos para saber qué comunicamos.

Pero a Marta se le escapaba todavía un punto importante: identificado el sentimiento, si este es de alegría, o de amor, no tendremos ningún problema en comunicarlo. Pero si se trata del miedo, de la tristeza o del enfado, ¿qué hacemos con él?

No fue hasta después de un par de horas de búsqueda en sus notas que Marta encontró la solución: antes de iniciar la comunicación, es necesario superar nosotros ese sentimiento. Debemos trabajar sobre él para hacer que desaparezca; transformarlo en serenidad y paz.

Esto significaba que, inevitablemente, Marta tenía que resolver en su interior el enfado con su compañera antes de ir a hablar de nuevo con ella; si no lo hacía, el resultado sería un nuevo enfrentamiento. Solo cuando sintiera paz y serenidad, y ni el más mínimo atisbo de resentimiento, podría abordar un diálogo constructivo. Debía explorar en las causas por las que se sentía enfadada y hacer ella el trabajo. Recordaba las palabras que tantas veces le había repetido Max: “No nos hacen enfadar. Somos nosotros quienes nos enfadamos”.

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Antes de acostarse, redactó un escueto mensaje para Max, con copia a Clara y a Alberto. Decía: “Para poder comunicar lo que de verdad quiero comunicar, he de estar en todo momento en contacto con mis sentimientos, porque si no sé lo que siento, no sabré lo que de verdad comunico. A mi entender, esta es la segunda habilidad necesaria para relacionarse positivamente con los demás. Y siento que es la que más falta me hace en estos momentos…”.

Aquella misma noche, los tres amigos recibieron puntual confirmación de Max: “Comunicamos lo que sentimos, y lo que sentimos no se puede esconder. Esta es una realidad que estos días he podido constatar en mi propia piel. Estoy seguro de que mis alumnos captan el pánico que siento en estas primeras semanas cuando piso el aula por la mañana. Pero confío en que también perciban la ilusión con la que imparto cada sesión. Estar en contacto con nuestros sentimientos es, en efecto, la segunda gran habilidad para las buenas relaciones. Y solo se adquiere mirando en nuestro interior y siendo, por encima de todo, honestos y sinceros con nosotros mismos”.

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